Los “heraldos negros” leídos por el Che

 

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ME GUSTARÍA

YEVGUENI YEVTUSHENKO

ME GUSTARÍA

Me gustaría nacer en todos los países,
tener un pasaporte para todos
que provoque el pánico de las cancillerías;
ser cada pez en cada océano
y cada perro en las calles del mundo.
No quiero arrodillarme ante ídolo alguno
ni hacer el papel de un ruso ortodoxo hippie,
pero me gustaría hundirme
en lo más hondo del Lago Baikal
y salir resoplando en otras aguas,
¿por qué no en las del Mississippi?
En mi maldito universo amado
me gustaría ser una hierba humilde,
nunca un Narciso delicado que se besa
en el espejo.
Me gustaría ser
cualquiera de las criaturas de Dios,
incluso la última hiena sarnosa,
pero nunca un tirano,
ni siquiera el gato de un tirano.
Me gustaría reencarnar como hombre
en cualquier imagen:
víctima de una cárcel de tortura,
un niño vagabundo en los tugurios de Hong Kong ,
un esqueleto viviente en Bangladesh,
un pordiosero sagrado en el Tíbet,
un negro de Ciudad del Cabo,
pero nunca encarnar la imagen de Rambo.
Sólo odio a los hipócritas,
hienas sazonadas en espesa melaza.
Me gustaría tenderme
bajo el bisturí de todos los cirujanos del mundo,
ser un tullido, un ciego,
sufrir todo mal, toda deformidad y herida,
ser un mutilado de guerra,
o el que recoge las colillas del suelo,
con tal de que no las penetre
el infame microbio de la prepotencia.
No quisiera formar parte de la élite,
ni, por supuesto, del rebaño de cobardes,
ni perro de manada,
ni pastor servil al abrigo de su rebaño.
Y quisiera ser feliz,
pero no a costa de los infelices.
Y quisiera ser libre,
pero no a costa de los que no lo son.
Quisiera amar a todas las mujeres del mundo,
y ser también una mujer
sólo una vez.
La madre naturaleza ha menospreciado al hombre.
¿Por qué no lo hizo capaz de ser madre?
Si se agitara un niño bajo su corazón,
acaso el hombre sería menos cruel.
Quisiera ser el pan de cada día,
digamos, ser la taza de arroz
de la sufriente madre vietnamita,
el vino barato
en las tabernas de los obreros napolitanos,
o el tubito de queso
en la órbita lunar.
Que me coman
que me beban,
dejadme ser útil
en la muerte.
Quisiera pertenecer a todas las edades,
atolondrar la historia
y atontarla con mis travesuras.
Quisiera llevarle a Nefertiti
en una troika á Pushkin.
Quisiera multiplicar
cien veces el espacio de un instante
para que al mismo tiempo
pueda beber vodka con los pescadores siberianos,
y junto a Homero, Dante, Shakespeare y Tolstoi
sentarme a beber cualquier cosa,
salvo, por supuesto, Coca-Cola.
Y bailar al ritmo de los tam-tam en el Congo,
estar en huelga en Renault,
jugar a la pelota con los muchachos brasileños
en la playa de Copacabana.
Quisiera hablar todas las lenguas,
como las aguas ocultas bajo la tierra,
y hacer todo tipo de trabajo de una vez.
Me aseguraría
de que sólo fue poeta un Yevtushenko,
el otro un clandestino
en alguna parte,
no puedo decir dónde
por razones de seguridad.
El tercero, un estudiante en Berkeley,
y el cuarto un entusiasta huaso chileno.
El quinto sería tal vez
un maestro de niños esquimales en Alaska,
el sexto
un joven presidente
en cualquier parte, modestamente digamos Sierra Leona,
el séptimo
podría entretenerse en la cuna con un sonajero,
y el décimo, el centésimo, el millonésimo.
Para mí, ser yo mismo no es bastante,
¡dejadme ser todo el mundo!
Estaré en miles de ejemplares hasta mi último día
para que la tierra vibre conmigo
y las computadoras enloquezcan
procesando mi censo universal.
Quisiera combatir en todas tus barricadas,
humanidad,
y morir cada noche como una luna exhausta,
y amanecer cada día como sol recién nacido
con una suave mancha inmortal
en la cabeza.
Y cuando muera,
un Francois Villon siberiano,
que no descanse mi cuerpo
ni en la tierra francesa,
ni italiana,
sino en la tierra rusa, amarga,
en una colina verde,
donde por vez primera
me sentí todo el mundo.

EL HOMBRE QUE FUE MARTES

EL HOMBRE QUE FUE MARTES

Infiltrarse
Infiltrarse en la gente
& armar asociaciones oscuras
Malignas altamente peligrosas
Inventar terroristas subversivos & hechiceros
Herejes brujos exorcizados cancerberos
Infiltrar al hombre que fue jueves & viernes & sábado
Infiltrar las novelas de Chesterton con periodismo barato
No leer a los demonios de Dostoievski
& desobedecer los panegíricos de Sion
Ni en la eternidad por los astros de Blanqui
o en las largas cabelleras de los comuneros llenas de infiltrados de Paris
aquellos que hicieron la Revolución
Los únicos terroristas son polis infiltrados que lucen de terroristas
& terroristas que no existen sino en la mente del estado terrorista
infiltrados Lenin el presidente los senadores el celador el docente el ama de llaves
infiltrados los talleres de poesía & la rutina de box
La realidad infiltrada por los que ya no están a salvo de la infiltración
& se miran unos a otros preguntándose infiltrados hasta los tuetanos
¿a quién de todos estos infiltrados hay que limpiar?

ESTRELLA CERCANA

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Estrella cercana

Por Julián Axat

Hace pocos días, el reconocido pianista tucumano, Miguel Ángel Estrella brindó un recital para los presos alojados del Penal de Chimbas, en San Juan.  Como siempre, ofreció un repertorio de música clásica y popular y, entre tema y tema, conversó con los internos. Habló sobre su fundación “Música Esperanza”, proyecto que nació y fue tomando forma en cautiverio; allá por 1976, cuando tras el exilio argentino, los militares uruguayos lo secuestraron.  Miguel Ángel, siempre cuenta que mientras lo golpeaban, se ensañaban particularmente, por el hecho de ser pianista: ‘vos nunca más vas a tocar el piano’ le espetaban mientras le martillaban las manos y amenazaban con cortarle los dedos.

Estrella también cuenta que en ese momento de profundo dolor, sintió la presencia de algo trascendente, como si Dios le hablara o le escuchara y que le pidió no morirse. Una promesa que desde ese momento el músico decidió cumplir. En esa mazmorra en la que lo tenían, hubo algo así como un dialogo o un llamado del más allá. Y la música se convirtió para él en una suerte de mensaje o misión para ayudar a los demás. Entonces tenía 38 años, y con Marta, su mujer, decidieron llevar la música por todos aquellos lugares donde existía opresión, encierro e injusticia.

Los conciertos de piano de Miguel Ángel, empezaron en las cárceles de Francia, en el año 1982, siguieron por el resto de Europa y, tarde o temprano, retornaron a la Argentina. Ex embajador de la UNESCO durante el gobierno anterior, el proyecto “Música Esperanza” lleva más de cuarenta años, viaja y se expande por las Villas, arma coros en las cárceles, fomenta y prepara orquestas infantiles, apadrina músicos y organiza conciertos. La música salva, tal como lo salvó a Miguel Ángel del horror de una dictadura sangrienta.

Es así como hace pocos días, Miguel Ángel llega al Penal de San Juan. Tocaba para los internos, les contaba -como siempre- su historia intercalando piezas de Bach; cuando ya terminando su repertorio uno de los presos tímidamente se le acerca con un papelito al atril, lo hace pidiendo permiso para ejecutar una pieza. Estrella cede respetuosamente su pequeño órgano al solicitante, claro que sorprendido por el gesto. Entonces el hombre toma su lugar y pasa a interpretar un tango. Al finalizar la melodía levanta su rostro y balbucea unas frases sobre la unión de los argentinos y una nueva argentina;  mientras, vemos el rostro del músico sentado enfrente, como desconcertado, sus ojos vidriosos. El ejecutante de pronto se para y le tiende la mano. Recién más tarde, Miguel Ángel se enterará que ese hombre, el ex militar Jorge Olivera, preso a perpetua por torturas y asesinatos masivos entre 1976/1983, había tocado en su piano.

***

En las imágenes lo vemos a Olivera gozoso por el momento vivido. Las imágenes captadas por el Servicio Penitenciario Federal (y subidas a la web por el mismo Servicio) no parecen ser ingenuas, hay algo de la situación directamente dirigida a banalizar el horror, sorprendiendo a la víctima de 77 años, imponiéndole una escena que, estoy seguro, nunca se esperaba.

Olivera, estrecho colaborador del poderoso general Carlos Guillermo Suárez Mason, jefe del Primer Cuerpo de Ejército, condenado a perpetua, viene de ser recapturado luego de estar prófugo por mucho tiempo.  Olivera, el desaparecedor y  torturador de la modelo franco-argentina Marie Anne Erize, intenta acercarse y ejecutar (casi militarmente como un réquiem) una pieza de tango “la Comparsita”, para lograr ser puente con la otra pieza de Bach que un pianista de la talla de Estrella acababa de dejar sonando en la sala.

No es el crimen ejecutado como una de las bellas artes, como diría De Quincey, es la ignorancia y la banalidad del mal lo que irrumpe y digita esa escena. Es el contexto político actual, pretendiendo poner en el mismo plano al verdugo y a la víctima, como si sus dedos hurgaran el mismo arte, acaso la misma música o sensibilidad que los unificara en un dialogo posible.

Olivera nunca tuvo sensibilidad alguna en sus manos, como esbirro del genocidio,  ni siquiera se asemeja al capitán Nazi Wilm Hosenfeld, quien una noche de 1943 se encontró con el pianista judío Wladyslaw Szpilman, y en vez de exterminarlo, pidió probar su condición de músico, a lo que Szpilman, con las manos aún entumecidas, tocó el “Nocturno en cis moll” de Chopin.  Entonces, conmovido, lo ayudó a fugarse del horror. La escena  recreado por Roman Polanski en la película “El pianista”, que en 2003 obtuvo el Premio Oscar, no deja de ser la obsesión de un director en su demostración que, hay veces que el Mal, salva al Bien.  Pero el verdugo y la víctima no se igualan frente al arte si no están en el mismo infierno, y el dialogo si es –acaso- posible, es entre dos personas que sienten el arte en sus máximas pulsiones. Pues, no me queda duda, de que el capitán Olivera es la bestia que hubiera despedazado los dedos de Miguel Ángel Estrella, en vez de salvarlo de su fatal destino.

En las imágenes del penal de Chimbas, uno puede pensar en los dedos de Miguel Ángel y luego observa los dedos de Olivera sobre el mismo teclado. Los dedos del torturador Olivera, pesados, toscos, ensangrentados… Y los dedos que le quisieron arrancar al concertista para que nunca más siga tocando. Los dedos gráciles, como palomas que se mueven y luchan contra el olvido y el terror en “re menor”. Los dedos de Estrella que hablan con Dios y le prometen, y –pese a todo- continúan tocando.

 

Los videos:

https://www.youtube.com/watch?time_continue=6&v=Pt4zUaZiMVw https://www.youtube.com/watch?v=S0kUg8mecRk

La nota:

http://www.tiempodesanjuan.com/sanjuan/2017/10/10/represor-olivera-toco-piano-concierto-miguel-estrella-penal-193219.html

 

 

Sofía o la lucha por la memoria

Sofía o la lucha por la memoria

Por Julián Axat, abogado

 

Al principio fue un accidente. O eso es de lo que se enteró Sofía Caravelos Swica más tarde, a los 13 años. Uno, dos, tres… Ya está… ¡que vuelvan! Ahora sí. A soplar las velitas. La escena se repite con cada torta. La de Heidi. La de chocolate con colores… La que sólo tenía las velitas de los 8 años. Ausencia renovada en cada confirmación de que el regreso, no sucedía. De que los automóviles vistos desde el micro al volver de la escuela no anunciaban nada. Solo estaban allí, parados frente a la puerta de lo de su abuela Anna.

Al principio o a los 13 años, Sofía escuchó hablar a los adultos de unos “cuerpos” encontrados en un lugar que ella no conocía, aunque intuyó que se trataba de sus padres reducidos en la conversación a: cuerpos hallados tras un accidente de autos.  Eso fue un 21 de julio de 1978, a las 4:30 de la mañana. Figuraron como NN en el expediente judicial, y eran los de sus padres Lucía Swica y Jorge Caravelos. Ambos militantes revolucionarios de FAL (Frente Argentino de la Liberación). Su desaparición denunciada el 18 de mayo, en un habeas corpus presentado y rechazado por el mismo juez platense, Carlos Mayón, que luego colocarapara siempre la carátula de NN.

El parte policial hablaba de dos cuerpos arrasados por el fuego el 21 de julio de 1978. Mutilados tras un accidente de tránsito. Un vehículo Fiat 125 -que había sido robado un día antes- en llamas, a la vera de la ruta provincial 53, a la altura de Florencio Varela. En los alrededores, y a salvo del fuego, fueron encontrados un carnet de conducir a nombre de Jorge Caravelos, y como detalle: un par de anteojos y un mocasín.

Por la evidencia, era lógico que el habeas corpus que Mayon tenía en su despacho coincidía con el habeas corpus que él había rechazado con costas. Pero en esa lógica de la banalidad del mal represora, a solo tres días del hallazgo, la firma del juez en lo criminal platense, dispuso la extinción de la acción penal en la causa “que se le siguiera a NN masculino o Caravello Jorge por homicidio culposo del que resultara víctima NN femenino en la localidad de Florencio. Varela.” (Sic). Es decir, para el silogismo de un asesino de escritorios, el NN masculino había sido responsable de la muerte de la NN mujer, por accidente. Y así mandó a que quede fosilizado como carátula en aquel expediente fraguado, y en dos tumbas sin identificar por muchos años en el cementerio de Florencio Varela.Todo, hasta que Sofía Caravelos, ya abogada treinta años después entra en escena y desentierra la verdad.

En la investigación posterior, Sofía va armando el rompecabezas, descubre que el 18 de mayosu mamásalió de Berisso para tomar el micro a La Plata. Se va a encontrar con Jorge, que la noche anterior, no había dormido en su casa. El encuentro es en la esquina de 6 y 45. Frente a la famosa librería de Emilio Pernas. Van a un bar. Toman un café. Discuten. Se pelean y de pronto suben la voz. Salen del bar, siguen discutiendo. Tienen la mala suerte de que el movimiento llama la atención de la policía que pasaba. Los levantan. Según testimonios posteriores,ambos fueron vistos en el centro clandestino de detención conocido como La Cacha (ubicado en la localidad de Olmos) y más tarde trasladado el 19 de junio a la comisaría 8va de La Plata.

De la reconstrucción surge que tanto la fecha de ingreso como la de egreso de esa dependencia -20 de julio de 1978- fueron informadas entonces al juez por el comisario a cargo de la Unidad Regional La Plata, Juan Fiorillo, quien falleció hace ya una década mientras estaba detenido con prisión domiciliaria en la causa por los crímenes en otra comisaría platense, la 5ta, entre los que está la desaparición y apropiación de Clara Anahí TeruggiMariani. Todo esto lo sabía Carlos Mayón, el ex juez y actual titular de Derecho Constitucional de la Facultad de derecho de la UNLP, quien ocultó y avaló un accidente fraguado por la policía tras un asesinato, y luego inhumó los cuerpos como NN en un cementerio, culpando al padre del (falso) homicidio de la madre.

El tiempo que baraja el peso de la ausencia, el gramaje del dolor es esa incertidumbre cotidiana entre los vivos y el peso de los muertos. Los hijos, como Sofía buscan y buscan, y su justicia es tan titánica en su desenfreno, como poética. Pues el expediente judicial quedó allí, archivado. En su memoria burocrática sigue figurando:Jorge Caravelos autor de la muerte de Lucía Swica. Esta patraña burocrática es el mal de archivo, el deshonor de la memoria obliterada por los verdugos vencedores hecha palabra, sobre piras de papeles judiciales. Es así como Sofía, abogada o detective (salvaje) de su historia,desarchiva, pliega y repliega hasta que devuelve a la memoria de los suyos y del pueblo un sentido de las víctimas, su destino. Trae tranquilidad a los fantasmas.Primero el rescate e identificación de los cuerpos a través del equipo de antropología forenseexhuma y da nuevo entierro de Lucía y Jorge, junto al amor de sus hijos, familiares, militantes y amigos. Los restos siguen juntos, abrazados.Una lápida del cementerio de La Plata recuerda a Jorge y a Lucía con sus nombres completos, y dice:víctimas de desaparición forzada.

La segunda lucha de Sofía es hoy: declarar nulo el expediente fosilizado por el lenguaje del verdugo, encubriendo el asesinato por un accidente fraguado en el que Jorge mata a Lucía en el accidente. Los fiscales federales Juan Nogueira y Marcelo Molina hace pocos díassolicitaron la declaración de nulidad de “la cosa juzgada írrita” del expediente mandado al archivo por el entonces juez Mayón, quien a tono con la Corte Suprema y los vientos que corren, departe sus clases arengando que el derecho internacional de los derechos humanos no es vinculante para la jurisdicción local. El señor Mayón, jubilado vecino de la ciudad de La Plata, espera, como los cómplices civiles, que tarde o temprano redoblen sus campanas.

Alguna vez Sofía me contó que su obsesión es saber que pensaron Lucía y Jorge antes de recibir el tiro final. Entonces se los imagina con el puño levantado, a la luz de los faros.Seguramente ese grito en silencio, no los hace sentir tan solos en ese descampado camino a Florencio Varela. Levantar el puño y gritar, me dice Sofía…Y putear. Aunque las manos sigan detrás, en la espalda. Aunque la lengua estuviera seca. Gritar con la garganta y el puño izquierdo bien arriba, apretado, hasta sentir por fin, ese pesado golpe un poco más arriba de la nuca.

Publicado en diario Pagina12:  https://www.pagina12.com.ar/58654-sofia-o-la-lucha-por-la-memoria

 

Profunda esta noche

Profunda esta noche

                                                                      a MNC

 

“Penetrate the evening that the city sleeps to hide…”

Jim Morrison. Moonlight Drive

 

 

Conocí a N. un viernes de invierno. En realidad, debo decir que ya nos habíamos cruzado varias veces, por momentos en los pasillos de la Universidad, alguna que otra vez en la típica monotonía nocturna de esta ciudad. Yo la miraba de reojo al pasar, ella me clavaba la vista sin vacilaciones. No recuerdo las primeras palabras de N. cuando me acerqué para bailar, solo vienen a mi los detalles de sus ojos suavemente achinados que me miraban, y me miraban; y sus labios que con el transcurrir de la noche se acercaban a mis oídos para susurrar algo que yo apenas escuchaba sino a jirones; siempre distraído en las formas que tomaban, tornándose cada vez mas sensuales, moviéndose como si succionaran con frenesí algún objeto extraño contemplado en el vacío.

Esa noche hablamos poco, pero lo suficiente y sincero como para presentarnos; y lograr darme cuenta que esa mujer era un todo indisoluble de alma y cuerpo, mientras yo me perfilaba como una pieza afilada y cortante, que gustaba diseccionar falsos platonismos. Recuerdo que la acompañé a su casa, y sin dudarlo me invitó a pasar. No recuerdo cuantas veces estuvimos follando, pero sí recuerdo que desperté a eso del mediodía y N. todavía dormida, sostenía mi cuerpo entre sus finos brazos, mientras me acariciaba la cabeza con tanta dulzura y dedicación que hasta llegué a emocionarme (N. es la única mujer que puede mantener la caricia durante toda la noche mientras permanece dormida).

Por aquellos días mi mujer y mi hija estaban de viaje, por lo que volvimos a encontrarnos con la misma intensidad la noche siguiente, y desayunamos juntos, y se hizo la tarde del domingo, y nos contamos con detalle cada una de nuestras historias. Algo me decía que esa velada no podría repetirse de la misma forma sin que yo me iniciara en toda una preocupación por los tiempos en los que se daría cada encuentro. Pero de algo estaba seguro: cada momento sería infinito, podría perderme en los brazos de N. y avanzar en la noche como si tocara fondo, como si nunca llegase a hacerse de día.

La historia de N. no me parecía tan compleja. Vivía con su hermano G. unos años menor que ella, quien permanecía poco en la casa. Sin embargo, cuando él se aparecía gustaba recluirse sigilosamente en la cocina, sentarse a comer y mirar televisión durante horas, sin molestar a N. (siempre preocupada por la vida y los movimientos de aquel personaje ermitaño). Se notaba que entre el uno y el otro había bastante respeto.

De tanto en tanto, los visitaba también su madre, una mujer de una belleza sumamente extravagante, pero con una impostura afrancesada en la voz, que le alejaba rápidamente la simpleza tan particular de aquellos rasgos finísimos y delicados. Ella entraba, observaba el estado general de la casa, lavaba los platos, barría los pisos, y se marchaba dando alguna que otra instrucción a su hija que la miraba distanciada, casi sin escucharla, como si el largo silencio mantenido entre ellas de pronto se fuera a romper, y aquellas palabras tensadas se convirtieran en un largo llanto alguna vez apagado con el propósito de no culparse. Pero N. en realidad me contaba que sufría por su papá, quien por alguna rara casualidad llevaba un nombre muy breve, que comenzaba con la misma letra que el mío, pero que a su vez, por alguna misteriosa coincidencia, era también el segundo nombre de mi padre. Y cuando hablaba de él, sus ojos achinados se cerraban mas de lo normal, dejando entrever una pequeña angustia instalada por un momento en su pecho, hasta que una gota se perdía entre los vértices de su lagrimal.

  1. se llamaba su padre. Era abogado. N. ya a punto de recibirse seguía sus pasos; y para justificarlo se despachaba de las injusticias sociales, de cuando lo echaron del laburo, de todo lo que sufrió, de su desgano actual ante el mundo. Algo me decía que seguir la profesión de su papá, mas que una vocación, en N. se transformaba en alguna forma de esperanza, una fuerza o incentivo paralelo que le permitiría redimirse y devolver la alegría perdida que existiera alguna vez sobre el rostro de su progenitura .

Como siempre, no tardé en despacharle a N. toda mi historia de ser hijo de desaparecidos, historia que – si bien desde un principio no parece tan simple -, la mayoría de las veces se torna en un vanidoso relato de presentación, un señuelo, una carta, un trofeo, la pantalla que tarde o temprano me hace mas parecido al “otro” de lo que yo intento apartarme. Solo para mostrarme extravagante.

Recuerdo nuevamente aquella noche en la que nos conocimos. Fue muy breve. Habíamos dejado de bailar y estábamos sentados en un rincón del salón. N., a pesar de la música a todo volumen, me escuchaba con dedicada atención: “Sabes como viene la mano con los desaparecidos” – le dije, “… Sí, creo que sí” – dijo N. pensativa, “… tengo una amiga que también tiene los padres desaparecidos y vive con la abuela, lo raro es que nosotras siempre lo supimos y ella nunca jamás hizo un comentario al respecto. Alguna vez me gustaría tener la posibilidad de hablar con ella y que me cuente un poco lo que le pasó, que se yo, darle un abrazo, preguntarle como se siente. Pero el tema de la muerte … sí eso sí lo viví bastante de cerca, mi tío enfermó y falleció también hace un tiempo. Fue para todos una tragedia, los chicos se quedaron solos…, pero igual sé que el tema no tiene nada que ver con lo tuyo…”. Y cuando terminó de decir estas palabras me abalancé sorpresivamente sobre sus labios, y no recuerdo cuanto tiempo pasó, ni que movimiento hicimos; si sé que por un momento abrí los ojos y no había ni música, ni gente, ni nada mas que N. y yo sentados frente a frente. Creo que esa noche faltaba el mundo.

Hablamos mas de la muerte, de los caminos de la memoria, de la lucha perdida de los setenta, de la lucha actual; en fin, debo decir que en principio subestimé un poco a N.. Poco después, creo que fue cuando me escribió una carta titulada “Ella y Él”, cuando pude darme cuenta que no solo me equivocaba, sino que por el contrario, N. tenía toda la capacidad para fundirse en todo mi asunto. La carta que hoy conservo dice algo así:

 

“Mamá: perfección de la pureza, ojos de almendra, simpleza; Papá retrato de la dureza, del hombre trabajador, de aquel que utiliza la fuerza con fines loables, J. : síntesis, el tercero, que se pregunta si debía llorar más… mamá, ella, se pregunta si su hijo la extraña, lo necesita, desespera, llora, sufre. Todo a solas. ¿Por qué?, ¿Qué perseguía?. Todo estaba hablado de antemano, todo se sabía. Se había arreglado con quién y en manos de quién quedaría J. . Papá: tiene la seguridad de que el amor de su mujer lo haría mas fuerte. Sabía que ella era incondicional. Que dejaría todo por él. Que sin él no podría soportar la vida, que su hijo, el único, el que amo y desea desde la concepción. Sí, desde el primer momento en que ella con su mirada espejada, llena de lagrimas le comunicó que dejarían de ser dos, para pasar a ser tres. Pero quien se haría cargo de esa pequeña vida. Ellos sabían el destino. Estaba escrito en sus corazones. El objetivo era firme, los ideales también. Entonces, lo dejaron a salvo, cual mecías que recorre un río sin tener conciencia del destino final. El amor de estos seres proféticos se proyecta en el tercero, que es la vida, la proyección del amor. Es lo único que dejaron, le dejaron la carga mas pesada que un hombre puede tener … encontrar la mujer que personifique a ella, y llegar a ser el hombre que lo personifique a él.”.

 

Firmaba simplemente M.N.C. Con estas palabras sabía que N. sería inolvidable, al punto que  ya comenzaba a sentir un poco de miedo.

El circulo vicioso lo llamábamos; sí, algo que iba y venía, el eterno retorno de lo mismo (Nietzsche!!), el rostro de N. que nunca envejece hoy en mi memoria y se repite incansable como los días; y la veo acercarse tan aniñada, me abre la puerta de su casa llevando en todo momento una sonrisa cargada de suma dulzura, y se sonríe picara diciéndome que pase, mientras me besa con falsa inocencia la mejilla. Esta escena o retrato se repite como en Wilde, como la primer novela que le regalé a N., que mejor dicho le arrojé por debajo de la puerta para sorprenderla, y ella al otro día ya la tenía leída, y se desesperaba por enseñarme cada uno de sus comentarios.

La voracidad intelectual de N. no tenía fin, leía cuanto le prestaba, le regalaban y le llegaba de alguna que otra forma a sus manos: filosofía, historia política Argentina, arte, literatura, derecho; no paraba de leer, quería intercambiar sus opiniones con migo, quería enseñarme su punto de vista del mundo antes o después de hacer el amor. Yo la miraba y me perdía nuevamente en el movimiento de sus labios, en sus ojos levemente achinados. Y se viene de pronto a mi mente la obra de Cortázar, recuerdo aquella tarde tirados en los largos pastos de la plaza San Martín cuando le regalé aquella novela monumental llamada Rayuela, que rápidamente pasó a ser fragmentos de cada encuentro, de nuestras palabras, de sus ojos que ya no serían los de N., sino los de la Maga, del lugar que se convertiría rápidamente en un Paris del exilio; del Capitulo 9, poniéndonos a jugar al cíclope, de las idas y venidas de Horacio. La Maga, – dijo N.: … sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora es la noche, su puente el Pont des Arts … y mirá que apenas nos conocíamos, y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente (escrito detrás de una vieja foto en blanco y negro, con la carita de una chinita regordeta y hermosa que no debe tener mas de un año).

Pero al fin y al cabo, por pequeños momentos que duraran cada uno de nuestros abrazos, siempre eran tan intensos y frugales que perdía toda noción del mínimo de racionalidad que alguna vez me caracterizara; porque sin duda, yo tenía absolutamente fuera de control toda la situación. Así vivía: me escapaba por las noches en forma sigilosa mientras mi mujer dormía (o se hacía la que dormía). Sin duda, estaba desenfrenadamente obnubilado con el cuerpo de N. que me esperaba y recibía con urgencia abierto, desnudo en la profundidad de la noche para envolverme, y yo la penetraba mientras cerraba los ojos sin querer nunca mas abrirlos, susurrándole al oído cosas perversas y maravillosas, hasta que bien en lo alto de no se qué epicentro, mareados de placer, nos dejábamos caer al precipicio, hasta que el sufrimiento aparecía rápido, efectivo, cortante (en realidad, de alguna forma ya estaba instalado desde un inicio), y nos despegábamos suavemente del aluvión de flujo que nos unía, porque tenía que dejarla, sí, en ese mismo y preciso lugar en el que me había recibido, ahora tan fría y sola arrojada en su propio regazo. Cuando me despedía, yo presentía que N. luego lloraba mucho; mucho, mucho. Pero no sé porqué tenía la falsa esperanza de que pronto se quedaría dormida.

Ese año fue bastante difícil para mí, estaba cansado de trabajar en la Obra Social, la militancia, estaba como delegado gremial, la difícil o casi imposible convivencia con mi mujer, mi hija que crecía y necesitaba de su papá, también escribía un poco cuando podía (puros mamarrachos), el ritmo de la terapia, y hasta las últimas materias que me quedaban de la maldita facultad; sí, el bodriejo de Abogacía que de un último esfuerzo pude terminar. En todo este fabulosos marasmo, en este cóctel explosivo de circunstancias, N. (sin dejar de ser ajena a toda esa confusión), pretendía ayudarme, me alentaba, me decía que no me preocupara, que si no me recibía ese año lo haría como ella el año entrante. Yo apenas la escuchaba, en todo caso, prefería perderme en sus ojos o en el silencio de cada una de sus caricias.

Estudié mucho recuerdo, aquellos últimos meses se mezclan con bastantes cosas yendo y viniendo en mi cabeza. Pobre N., ahora me doy cuenta en el medio de qué embrollo la tenía metida. Pero lo hablábamos, yo le trataba de explicar lo transitorio de las circunstancias, ella parecía entender (o eso es lo que yo creía). Y asentía con su cabeza sin indiferencia como segura de lo que hacía, tomándome de la mano, buscando mostrarse como una verdadera compañera mientras me decía que aquello no tenía un santo remedio, que la ausencia no se llena así tan fácil de un golpe y se acabó. A esto viene la siguiente parábola que N. me escribió por aquellos días:

 

“A J. le falta una pieza. La perdió y no se acuerda dónde la dejó. Piensa que no la va a encontrar más, que la pieza es de tamaño tan pequeño, y a la vez de importancia tan grande, que no la hallará nunca. Él está convencido (o cree estarlo) del hecho de que si no obtiene esa pieza, el rompecabezas forma una figura que no consigue ser perfecta. Lo que no sabe J. es que a todos los hombres les sucede lo mismo (Nota: esta generalización nunca me gustó). Si abriera el corazón, si se dejara llevar por el amor, si me dejara entrar en él despacito, de a poco, por ahí, quien sabe, el rompecabezas no le pesaría tanto.”

 

Lo titulaba Rompecabezas, y volvía a firmar M.N.C.

El año terminaba y mi cabeza estaba a punto de estallar. Se vino la inevitable separación con mi mujer, se precipitó a su vez el viaje a Europa planeado desde hacía una década con mi amigo F. Para ese entonces yo estaba muy mal, pero recuerdo que N. todavía estaba ahí, y la frecuentaba mas seguido, dormía en su casa muchas noches y hacíamos el amor con desenfreno durante horas, como recuperando todo ese tiempo que nos faltaba para el cuerpo y nos tenía tan limitados. Para ese entonces N. se había mudado a la habitación de sus padres, un lugar bastante húmedo, cerrado y desolado en el medio de la casa, que por su estado general, daba la sensación de que nadie dormía allí desde hacía bastante tiempo. Ella ponía el despertador bien temprano, se levantaba, preparaba dos tazas de café con leche bien caliente, y me despertaba con besos suaves y puntuales, hasta que volvíamos a hacer el amor, y salíamos con otra frescura cada uno para nuestros respectivos trabajos. Pasaron unos días y me contó que había soñado con migo, “Yo nunca sueño con un hombre que me hace el amor”- me dijo, “Solo con A. pude alguna vez soñar”. A. era su antiguo novio al que ya poco se cruzaba. Entonces volví a tener miedo, y le dije a N. que la quería mucho. Para ese entonces creo que la quería demasiado.

En los días que siguieron, a veces buscaba distanciarme a propósito de N., pero cuando pasaba nuevamente por su casa, la encontraba angustiada, con tantas ganas de llorar; y me preguntaba porqué me no había pasado a verla. Qué le podía decir. Nada. Solo necesitaba que la abrazara, y así lo hacía, durante un largo rato. No sé exactamente cuanto.

Viajé a Madrid a fines de Diciembre, el viejo mundo me esperaba con los brazos abiertos. Necesitaba despejarme un poco, caminar solo, conocer lugares, sumergirme en otros aires.  N. sabía que a mi regreso algo iba a cambiar, eso era seguro, porque así lo habíamos hablado. Sin embargo, mantuvimos una extensa correspondencia electrónica donde yo la hacía parte de cada uno de los detalles que vivía; ella me narraba los cambios internos que estaba sufriendo, por momentos dejaba traslucir cierta melancolía, por otros me daba letra y se despachaba risueña de las travesuras que uno podría llegar a hacer en todo aquel inolvidable periplo.

Fue por aquellos días que caminando por las callecitas de la deslumbrante y renacentista Florencia, cuando compré el gastado libro de lomo antiguo y de páginas amarillentas con el que completé día a día las cosas que me iban sucediendo, los lugares que visitaba adobado con fragmentos de prosa que desde meses atrás ya eran parte de nuestro mundo. El diario de viaje o mejor dicho: el cuaderno de bitácora, estaba dedicado a N.: Esa maravillosa mujer…, y significaba para mi, de alguna que otra manera, la necesidad de actualizar su presencia en ese lugar; en definitiva: todo lo que la extrañaba.  Esas páginas garabateadas a tientas con un desgarbado lápiz, las recibió de mis manos la noche misma que nos volvimos a ver.

En efecto, volví del Viaje a principios de Febrero,  bajé del avión y esperé a N. en un Hotel de la ciudad como habíamos convenido. Todo un pacto secreto tejido sobre el reencuentro. No tardó en llegar, sonriendo como siempre en la noche, pero algo andaba mal, no sé, sus ojos que intentaban decir algo que su boca le prohibía. Yo percibía de a poco su preocupación. El abrazo de ese reencuentro fue uno de los mas hermosos que recibí en mi vida, estuvimos entrelazados bajo un árbol de la plaza durante mucho tiempo, yo apretaba a N. contra mi pecho, y ella hacía esfuerzos por contener el llanto. Cogimos, follamos, hicimos el amor con desenfreno casi toda la noche. Le conté algo mas sobre el viaje (ya era una experta del recorrido). Por la mañana tomamos una ducha  juntos, nos secamos cuidadosamente, y en eso, justo cuando comenzaba a vestirse aproveché para tomarle las dos fotos que aún me quedaban cargadas en la cámara. Le apunté ahí, contra la ventana que daba a la plaza, y de pronto sentí como si gatillara sobre su imagen buscando un movimiento de captura, como si en aquella foto le estuviera robando el alma para siempre. Sé que en principio, cuando se las mostré no le gustaron (eran fotografías en blanco y negro que dejaban ver los detalles mas pequeños de su rostro), pero luego supe que las había pegado en su habitación, y todo aquel que por alguna casualidad por allí pasaba, siempre le elogiaba la imagen. La foto. Repito lo que dije en un principio, N era indisoluble, pero a partir de ese momento N. había dejado de tener alma.

Pasaron varias semanas y volví a encontrarme con N.. Hicimos el amor solo algunas veces mas. Una de esas noches insistí nuevamente en fotografiarla, pero esta vez sería sin nada, completamente desnuda. Pensé que se negaría, pero accedió sin problemas. Ella se tapaba el rostro y yo jugaba a ser un pequeño panóptico u ojo que se metía donde quería, de forma de ir cortando y atrapando con cautela cada porción suelta de su alma. Detrás de aquellas íntimas postales hoy rezan algunas frases que una noche solitario y extasiado apunté:

 

“Ruedan tus cabellos

         por tus cándidas formas

  como un extraño río,

       que esparce

           su raudal

           crespo y sombrío

                     y las rosas

encendidas de mis besos

alguna vez

           en esta imagen,

    yo agónico

          y sediento,

           pertinaz vampiro

que de tu sangre pude dar sustento,

       solo tengo

                  la sombra

 la que esa vez se desprendió

de tu cuerpo

                      para duplicarte,

   y me hace el amor todas las noches,

mantiene los pezones

                               trémulos

                                     erguidos

    y me los clava

                   cuando suspiro,

    así te recuerdo.

                       N…”

 

¡Cuántas poesías como esta quedaron guardadas en mis alforjas durante aquellos tiempos!. N.  recibía solo alguna de tanto en tanto. Como siempre se las encontraba arrojadas por debajo del portón del garaje. A veces me pregunto que habrá hecho con todas ellas, ¿las tiró?, ¿las conservó?, ¿las leyó…?. Sé que al principio las tenía todas juntas apiladas en la biblioteca de su cuarto, ahí también había otros libros regalados, cartas, escritos cifrados en servilletas; en definitiva, un montón de mensajes – manuscritos no solo bajo la sencilla característica de la inutilidad (como este cuento que escribo!!!), sino que guardan, a su vez, la opacidad propia de la mayoría de las poéticas ensimismadas y jactanciosas (suena a falsa modestia, pero es así).

En fin, creo que para esa altura sus padres y amigas estaban demasiado preocupados por ella, todo nuestro asunto ya se había tornado en un entramado complejo y oscuro, por lo que para N. significó, una difícil pero necesaria decisión: cortar con toda esta locura de una buena vez.

El último roce con N. se sucede dentro de un boliche justo al lado de su casa, creo que ella estaba borracha, yo había tomado bastante, pero podía controlar perfectamente lo que ella hacía. N., ya sin alma (puro cuerpo), está con las amigas, no me ve; o como siempre se hace la que no me ve. Yo me le acerco lentamente – hay mucha gente en ese lugar -, ella le sonríe a su gran amiga, la hermosa señorita L., quien acostumbra a sostener su cigarro con absoluta seguridad y elegancia, para luego arrojar el humo en uno de los gestos mas sensuales que haya podido observar en mi vida (no sé porqué, pero me gustaría atribuirle este encanto a un exceso de psicoanálisis). En eso N. me ve, la sonrisa se le borra de la cara. Le pido de hablar, duda por un momento, pero se acerca. Al principio conversamos solo pavadas, volvemos a perdernos alrededor de toda esa gente, como la primera vez que la conocí, solo ella y yo, entre las voces, el humo, y la música que se cruza disonante. Todos están como si no estuvieran. No interesan. N. me pide que la acompañe afuera, que sus amigos están reunidos en su casa. La acompaño entonces a la entrada de la casa, de pronto se acerca y en un instante la sostengo con fuerza contra mi pecho. N. por fin se relaja, y se deja abrazar, pero continúa triste, muy triste; lo sé porque a pesar de estar un tanto borracha, guarda silencio, un silencio sepulcral. Me alejo mientras la miro, ella me saluda para siempre y entra a la casa.

***

Hasta acá, y por todo lo que he contado, se supone que mi actitud ante N. ha sido siempre demasiado cobarde, arrojado a una inútil y estúpida distancia contemplativa, una especie de voyeurismo insípido del lenguaje y de la poética, que además de no llevar a nada, ponía en funcionamiento esa máquina absurda de la vanidad que permite desear, permite sentir, permite querer; pero uno, en el mismo juego, como si estuviera masturbándose a cada instante, nunca se termina decidiendo – valga la redundancia- , mas que por uno mismo.

Pero N. siempre ahí, sola y su cuerpo. No olvidemos aquel momento…  puro cuerpo.

Lo que sucedió después nadie lo sabe, ni siquiera N. Lo cierto es que volví del viaje a Europa y me alquilé con urgencia un departamento para vivir solo (esto sí lo sabe N., porque creo que pasó allí una noche), y en él estuve encerrado por bastante tiempo. No veía a nadie, solo leía y pensaba en todas las cosas que entraban, estallaban y se fugaban de mi cabeza sin dejar un mensaje consistente. A veces N. estaba presente en aquellas reflexiones; pero ya solo por esas frases escritas fechadas el 21/IX/00. Hacía ya un tiempo que ella se había encargado de llevar la nota muy temprano a mi trabajo, en un sobre cerrado que decía tan solo: “Para J.”. Su contenido acá lo transcribo:

 

“Me pregunto que pensarás o sentirás por mí. A veces te siento tan distante, que te invento y creo cerca de mí. Disfruto extrañarte … pero mas disfruto estar a tu lado. No se sentís lo mismo que yo… Cómo saberlo?. Nunca dudes de mis sentimientos. Te advierto que mis actitudes pueden darte a pensar que no tengo interés en vos. De hecho me interesas mas de lo que te imaginas. Es muy finita la imaginación?. Si tu imaginación es grande, proyectá un jardín para los dos. Quiero vivir ahí, pero no sola, te deseo a mi lado. Te llenaría de besos, de flores, de mi olor. Te bañaría y cuidaría. A veces pienso que necesitas muchos mimos. A mi me encanta hacer mimos. Vos necesitas lo que yo tengo. Si vos querés, algún día … en ese jardín te voy a dar eso que andas buscando.”

 

Esta vez solo firmaba N.

Releí la nota tantas veces que ya me la sabía de memoria. Y la recitaba para mi mismo mientras caminaba, le modificaba las oraciones de lugar al punto de analizar si tenía algún mensaje oculto que por imprevisión yo hubiese pasado por alto.

Una de esas noches no pude dormir, las palabras de N. (ahora la arrogante Dra. N.) bailaban con desenfreno en mi cabeza: pro-yec-ta-un-jar-dín-pa-ra-los-dos-vi-vir-a-hí-te-de-se-o-be-sos-flo-res… Salí temprano, creo que eran eso de las siete de la mañana. Estaba decidido a dejarlo todo por ella, no me importaba nada mas que tocarla por primera vez (solo cuerpo), dejar atrás la esterilidad de las palabras para mostrarle efectivamente todo lo que la amaba. Y volver a abrazarla; sí, abrazarla hasta el cansancio, consumirla entre mis brazos, acariciarla con toda la  dedicación que ella me había dado durante esos días. Volver a la potencia infernal de la primer vez que nos fundiéramos (en la noche), como cuando volví de Europa (en la noche), como la última vez que nos habíamos visto (en la noche).

Mientras caminaba para su casa, N. seguía ahí, revoloteando en las ideas (ahora también mi cuerpo), punzando mi cabeza casi a punto de estallar. De pronto recordé:

 

“Por lo menos una vez al día siempre me imagino tu rostro. Qué difícil, siempre tan lleno de grises, de surcos abiertos como en tinieblas…”.

 

Pero al llegar a la puerta algo me dijo que todo esto era una locura. Pero decidí seguir adelante con el inicial impulso de llegar hasta allí. En ese instante, justo allí parado, vacilé mareado: ¿dónde está N.?., ¿N. existe?, ¿quién escribe N.?, ¿estoy enfermo …?. Alguien salió de la casa como de golpe, no me vio; yo me hice a un lado en un rápido movimiento impensado, quise estirar mi brazo y alcanzar ese cuerpo, pero nadie me reconoció. Seguí sobre sus pasos lentamente, acechando una sombra, un espectro sin nombre, mi suplica desesperada que se perdía, se desencontraba convirtiéndose en un grito de desgarro sin respuesta.

 

***

Me casé con N. hace ya unos años. Tenemos tres hijos de los cuales dos son de ella. Vivimos lejos del ruido, mas precisamente en el campo. Olvidamos los desencuentros, y con ello la poesía que se vive, la ausencia de la que se habla, las angustias y rencores que se acumulan. Hace ya un tiempo que con N. decidimos dejar juntos la maldita profesión. Ahora disfruto solo su cuerpo, y en silencio. Acá sobra el silencio. Y el roce de su mano sobre mi espalda meciéndose lentamente durante la noche; porque N. todavía me seduce con los encantos y el misterio del mimo mientras duerme. Hay mucha humildad en todo esto. Durante el día cocina para todos, y yo la ayudo. N. parece feliz, y ahora le gusta sonreír en cada abrazo que nos pierde.

 

 

 Tandil. Agosto del 2002.

 

LOS MIRABAN DE LEJOS

LOS MIRABAN DE LEJOS

a M. G.

 

 

“de chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan, la ñata contra el vidrio, en un azul de frío…”

  1. Manzi.

 

Los miraban de lejos, era como si se acercaran lentamente dos puntos negros que iban tomando formas varias a medida que se acercaban. Una mujer y un hombre. Ella apenas rubia, o con una tonalidad que tanta oscuridad no dejaba ver, el pelo suelto y las manos perceptibles que lo acomodaban detrás de una oreja en un gesto delicado, o acaso, la sencillez de las facciones: delgada o desgarbada, restos milimétricos de una adolescencia perdida tantas veces recobrada, movimientos dóciles, suaves, en una cadencia de silencio la fragilidad entera de sus pasos, parejos, acompasando los pasos de su compañero, ahora a su lado: hombros gruesos, labios gruesos, seño fruncido, piernas claramente chuecas formando un extraño y gracioso paréntesis a la distancia, pasos pesados como golpes, perfil romano,  nubes grises en la mirada que evidencian larga lucha por despejarse. Caminan de la mano, no se sueltan, van como riendo, van por calle Valenzuela, Buenos Aires, San Telmo, día viernes de invierno, por la noche. Está oscuro, algunas farolas iluminan las esquinas dónde todavía, a esa hora,  se avizora cierto movimiento.

Los miraban de lejos, pero ahora están cada vez más cerca y a sólo pocos metros, la pareja no los vé o parece que sí, pasan delante de ellos pero los ignoran. Martín y Mariana están tirados en el piso sobre un costado de la vereda, comparten una botella de cerveza que Martín pudo comprar con las monedas que junta todas las tardes cuidando autos en Bilinghurst y Corrientes.

 

– Son lindos, -dice Mariana – ella se ríe todo el tiempo, él seguro que se la pasa diciéndole pavadas…

– Vos lo decís de envidiosa… es porque te gusta la pilcha que llevan-. Martín se enfurece, siente impotencia cada vez que su novia se pone a mirar a la gente que pasa y hace comentarios sobre ropa, movimientos, caras, etc. Para Martín, su chica es como su mamá frente al televisor, todo el día hablando sobre la pilcha de la Legrand, que el auto de Susana Giménez, viste los zapatos de Tinnelli…

– Podemos seguirlos – dice Martín- veamos qué pasa, a dónde van; a mí me parece que el tipo ese no es más que un cheto, un porteño cajetilla que se quiere levantar a la minita, se cree que ésta es su noche; sinó mirá como camina el muy ganso, a estos me los conozco de memoria, les cuido el auto todos los días…

– Dale, Martín, vamos, te apuesto lo que quieras que el tipo lleva a la chica a cenar a un lugar bárbaro.

 

Martín piensa que esa noche no tiene un mango, que le gustaría llevar a Mariana a comer unos ravioles con tuco a la Fonda de doña Chola, jugar unos pool con bermucito, y terminar haciendo el amor borrachos de vino en el telo del rioba. Pero esas son fantasías, vuelve a pensar Martín, cuando no hay guita, no hay guita.

Aproximadamente treinta metros más adelante sigue caminando la pareja ensimismada en su charla, engolosinados en un aire de encantamiento, un halo mutuo que impide se contagie o distraiga con banalidades de la calle. Se abrazan, se besan, caminan unos pasos, se ríen cómplices, se vuelven a abrazar, se besan, caminan. Atrás, Martín y Mariana los siguen mientras observan cada actitud, cada movimiento que clasifican y comentan entre ellos con suma curiosidad. Cómo les gustaría ser aquellos dos, aunque sea por esa noche, naufragar así bajo el mismo encanto, la misma mirada, la misma cadencia: Martín pisando fuerte, Mariana levitando dócil. Dejar atrás esa calamitosa realidad que los persigue desde chicos, desvestirse de su condición social al menos esa noche. Soñar es lo único que pueden hacer. Pueden abusar de los sueños, piensa Martín ya casi a dos metros de la pareja.

De pronto, los ven ingresar a un taberna conocida de San Telmo, allí parece hay mucha gente, se sientan afuera, bajo el toldo en una mesa larga tipo tablón, en la que hay sentada otra pareja. Adentro suena una guitarra, las voces de la gente confunden la melodía del instrumento en un cuchicheo ruidoso y  sucio. Martín y Mariana están afuera, los observan perplejos desde la vereda y a través de un pequeño ángulo que deja abierto el toldo. La pareja toma la carta y sigue departiendo vaya a saber sobre que tema; de repente ella se para y se dirige hacia dentro, quizás al baño, quizás a preguntar algo. Allí Martín decide entrar en escena, Mariana lo intenta detener, Martín se abalanza hacia el hombre que ahora está sentado justo en la cabecera de la mesa leyendo concentrado la carta.

 

– Señor, disculpe, tiene una moneda para el micro,– El hombre ni siquiera lo mira, lleva automáticamente la mano a su bolsillo derecho y le extiende una moneda de un peso sin siquiera llevar los ojos hacia arriba. Martín agradece y sale enfurecido.

 

Mariana observa los movimientos de su compañero, por momentos le da mucha gracia la situación desopilante que desencadenó su comentario que los llevó hasta allí. Por momentos, Mariana alcanza a sentir una profunda tristeza por estar ahí parada; más ahora que regresa Martín cargado de frustración y total impotencia.

 

– Me dio una moneda de un peso ese hijo de puta…

 

Ahora los dos se sientan en el cordón, Martín saca un montón de moneditas del bolsillo, las cuenta: cuatro pesos con veinticinco centavos. Lo dice con euforia, como dándose ganas:

 

– ¡Cuatro pesos con veinticinco centavos!

 

Mariana suspira, lo mira con la misma tristeza que hace un instante, lo piensa: “las locuras de Martín, lo amo profundamente…”.

La noche está estrellada, fría noche de viernes. San Telmo comienza a llenarse de gente. El tiempo corre, pero Mariana y Martín siguen atrapados con los movimientos de esa pareja, están como obsesionados, en cada mirada se proyectan en ellos como si alguna vez también pudieran estar allí sentados, cenando, sin todo ese desasosiego que hoy llevan adentro.

El hombre, sigue muy cómodo en la cabecera del tablón, la chica a un costado lo escucha, o hace como que lo escucha, tienen sobre la mesa una bandeja enorme de papas fritas que, ante el asombro de Martín, han dejado intacta casi sin probar bocado. El hombre habla y habla con pasión, mueve las manos acompañando sus palabras con gestos, hace dibujos explicativos en el aire como si fueran la performance de un político que trata de convencer a un inocente ciudadano. De tanto en tanto ella se sonríe y le replica algo, parece muy precisa, juiciosa, sin exabruptos y con pocas palabras se afirma ante la vista del otro que ya parece resignarse. De lejos pareciera que están teniendo una larga conversación sobre los amores de la vida, de alguien en especial quizás, de tiempos perdidos, de frustraciones, sentidos de la vida… no lo sabemos. El hombre frunce el rostro como en desacuerdo, pero luego de unos segundos estalla en una sonrisa, se abrazan, se besan, brindan con un vino al que Martín, siguiéndolos de lejos con la mirada, le trata de descifrar la etiqueta, sabiendo que quizás nunca en su vida tenga la posibilidad de probar.

Pero ahora, extrañamente, conversan con una pareja sentada a su lado en la misma mesa. Cómo puede ser, piensa Mariana, si estaban solos, qué rápido se hace amiga esta gente…

 

– No te digo, estos son muy chetos, negrita, ni se conocen y ya se ponen a hablar como que son amigos de toda la vida…te digo que así son los de la farándula, no vistes la revista esa, cómo se llama, CARAS, son todos conocidos esos…- Martín sigue enfurecido, tiene como ganas de llorar, pero prefiere reservarse ante Mariana.

 

Pasada una hora de charla, una de las parejas se retira de la mesa. El hombre y la muchacha siguen abrazados sobre la cabecera, se ríen, de ellos, de la charla con los otros, nunca lo sabremos; lo cierto es que ahora están sumidos en un mutuo silencio, ya no hablan. Se tocarán debajo de la mesa…, piensa Martín. Pero en eso, piden la cuenta, pagan y se retiran. Pasan justo caminando al lado de Martín y Mariana que siguen entrelazados en el cordón.

 

– Viste, nada, ni una miradita, nada, somos como basura, somos como insectos,- dice Mariana-, ni nos miran esos chetos…

 

La pareja cruza la calle y se dirige al boliche ubicado frente al restaurant: “Moliere”, consigna un cartel sobre la esquina. Se forman en una cola de gente que está entrando y comienzan a avanzar. No tardan en verlos ingresar.

 

– Hasta aquí llegamos,- dice Mariana.- ya está, ellos adentro, nosotros afuera. Así es como debió ser desde un principio, esta vez: nada de buscar rendijas para pispiar…

– ¡Ni minga!,- explota Martín.- nos quedamos acá hasta que salgan… por culpa tuya llegamos hasta acá, ahora te la bancas hasta que salgan, negrita.

 

Estuvieron hora y media contemplando la calle; de tanto en tanto, se merodeaba un policía que cuidaba la cuadra, pero con mucha suerte Martín lo conocía, así que no decía nada. El “vigi” pasaba silbando para hacerse notar nomás, para que la gente lo vea que estaba allí, paseando la gorra, haciendo su trabajo para dejar tranquilos a los comerciantes y a los consumidores de San Telmo. Sólo para que no se aparezcan a molestar gente como ellos. Por si las moscas, piensa Martín y se ríe tirado todavía en el suelo.

Cuando salieron estaban como amodorrados, Mariana empezaba a dormirse sobre las rodillas de su compañero, así que tuvieron que pararse de un gólpe y seguirlos de cerca, romper con ese estado letárgico que los comenzaba a envolver, caminar rápido para que el frescor les pegue bien en la cara, al trote si era necesario. Los siguieron dos cuadras, hasta un estacionamiento privado. En eso los ven subir a un auto color verde agua y salir a paso de tortuga por calle Chile hacia Medrano. En ese instante, Martín siente que se le echa a perder toda esa noche:

 

– No se pueden ir, no ahora, ¡No se pueden ir…!

 

En eso pasa un Taxi. Martín lo para y piensa en los cuatro pesos con veinticinco centavos en monedas que tiene guardado en su bolsillo. Se suben y le piden al taxista que siga ese Renault verde. Hacen varias cuadras, el coche se detiene, el Taxi también. Por suerte la pareja no se da cuenta que los están siguiendo, desde atrás, Martín y Mariana  alcanzan a divisar sombras que se cruzas entre los asientos.

 

– Se están besando,- dice por lo bajo Mariana y se retuerce ahora tan enfurecida como su compañero.

 

El auto vuelve a arrancar, dan varias vueltas sin un sentido lógico alguno. Qué hacen piensa Martín, están locos, a dónde van… Van y vuelven por dos transversales de San Telmo, qué buscan… El marcador del Taxi lleva tres pesos con ochenta centavos, si no paran en cuatro cuadras estamos perdidos, piensan ahora desesperados Martín y Mariana.

 

– Que paren ya o estamos muertos, que paren, que paren….

 

Por una casualidad telepática que desconocemos, el auto verde se detiene y estaciona frente a un Hotel Alojamiento conocido del barrio de San Telmo. La pareja se baja rápidamente y desaparece. Mientras tanto, Martín y Mariana intentan explicarle al Taxista que solo tienen cuatro pesos con veinticinco centavos y les faltan veinticinco más para completar los cuatro cincuenta que dice el marcador.

Cuando bajan del Taxi, se dan cuenta que se quedaron solos, que ellos ya no están,  que están perdidos, a algún lado se fueron, la noche misteriosamente se los tragó. Pues la noche ya estaba preparada de antemano para tragarlos, al menos, eso estaba escrito en el mapa de sus rostros y no lo supieron leer… Recordemos a un inicio: eran dos puntos traídos por la noche desde la distancia que, tarde o temprano, cierta inercia o ley gravitatoria desconocida, tendía a unirlos y hacerlos desaparecer en la misma distancia. O como bien le gusta decir a Eduardo Galeano: “ellos eran dos, que por error, la noche corrige…”.

 

– En fin,  estarán ahora en vaya a saber uno que habitación de ese Hotel de mierda haciendo el amor y nosotros acá, muertos de frío y sin un mango…,- dice Mariana sumida al límite de la mayor frustración.

 

Martín estudia el auto verde estacionado, lo mira con detenimiento y exclama:

 

– Este gil deja el auto así en la calle como si nada, y ni siquiera tiene Alarma… queso servido a las ratas sin trampera… mirá que linda compactera que tiene… el Rulo me la compra por buena guita…

– Qué vas a hacer Martín…, ¡Ni se te ocurra que vamos en cana, che!, ¡Martín!, ¡Martín!.

 

Mariana lo trata de parar, pero Martín se sulfura a patadas contra el vidrio del lado del acompañante, se ayuda con una laja que arranca de la vereda y lo hace estallar. Saltan miles de partículas de vidrio por todos lados, no hay tiempo, el sereno del Hotel se va avivar y avisarle a la policía, hay que actuar rápido, piensa Martín. Su novia lo mira azorada, ya está hecho, ahora no tiene tiempo para retarlo, lo tiene que ayudar, lo tiene que ayudar. Juntos tiran del aparato de música, está bien agarrado al tablero, hacen fuerza, palanca con los pies, en esa acción Martín descarga toda la impotencia acumulada esa noche, Mariana toda su tristeza. Después de unos segundos de tirar, logran arrancar de cuajo el aparato, los cables cuelgan atrás como tendones flácidos, desnudos, jirones ateridos a la intemperie.

 

– ¡Lo hicimos!, ¡lo hicimos!,- exclaman triunfantes los dos a la vez momentos antes de salir corriendo y tomar al azar unos discos compactos de la guantera.

 

Martín corre con todas sus fuerzas, lleva el aparato de música debajo de la remera.  Mariana lleva bien agarrados los discos compactos que pudo manotear a tientas. Los dos se ríen de felicidad mientras corren. Todavía queda tiempo, piensa Martín para sí, queda tiempo para llevar a Mariana a sentarse en aquél tablón de San Telmo y comer papas fritas, y charlar con los de la misma mesa y tomar unos vinos de esa etiqueta extraña…

 

– Qué contradicción, y pensar que mi trabajo consiste en cuidar coches en Bilinghurst y Corrientes…,- dice Martín y se ríe, se ríe a carcajadas de sí mismo.

 

Corren rápido, corren hacia la inmensidad de la noche, como si una estampida los siguiera y les rozara los talones para luego pasarlos por encima. Lo hacen con tal intensidad, que ellos también pueden ser observados a la distancia. Como nosotros, que los vemos  perderse como dos puntos oscuros que se van disolviendo en uno.