PABLO OHDE COLOCA SU CABEZA DENTRO DE LA GARGANTA DEL LEÓN – IN MEMORIAN

pablo odhe4
Tres veces sentado en el vientre de la ballena, / He confrontado
 el suicidio a manos del verdugo /Y sin embargo la palabra reconfortante
 de los poetas sibilinos me abrazó / Y un hombre sagrado del Este me abrió
 las puertas de la redención / ¡Hijo de esta consagración,
 no tiembles / Mantente firme y resiste!…
Carl Schmitt

En la literatura, la relación entre lo póstumo y el concepto de obra, suele tener que ver con la idea de totalidad, de reunión. Las “obras reunidas”, completan un ciclo de un autor pero también sustituyen un cuerpo, o se colocan en su lugar. Son pocas las veces que la obra reunida se publica en vida del autor. La obra reunida sustituye una ausencia de sentido o el lugar del vacío. Totaliza un recorrido aun cuando ese recorrido sea fragmentario, o repleto de saltos, idas y vueltas. Es decir, la filología desea o demanda la obra reunida, es voraz puede incluso cerrar aquello que estaba a medio camino, a punto de dar un salto cualitativo y es cortado por un precipicio.

¿Cómo pensar la obra reunida de Arthur Rimbaud, con solo 21 años, antes de viajar al África a traficar? ¿Rimbaud era todo lo que el poeta quería dejar o podría haber más? (los biógrafos de Rimbaud se devanaron los sesos con esta pregunta).  O viniendo más acá, haciendo una suerte pirueta en tiempo, espacio y autor: ¿Cómo pensar la obra reunida de Miguel Ángel Bustos, poeta desaparecido argentino, autor entre 1957 y 1970 de cuatro obras, y luego desaparecido por el terrorismo de Estado? ¿Bustos podría haber escrito algo luego de El Himalaya o la Moral de los pájaros? Quién junta las piezas de Bustos en una obra total se queda con la sensación de vacío o la necesidad (deseo ya no filológico sino pos-generacional) de volver al fragmento. En Kafka la obra tarda años en reunirse, Max Brod junta las piezas pero se demora en dar a conocer el corpus pese a los deseos de su amigo. En medio está la biografía, el viaje a Israel, la edición de los diarios, y algunos fragmentos que van y vienen.

Lo reunido es un cuerpo que traspone a otro cuerpo (no escritura) que termina o desaparece, insisto, aun cuando fragmentario o en camino a un proyecto literario mayor, se torne la clausura por el Mal, fuerza mayor o por propia voluntad. En el caso del poeta Pablo Ohde, la “obra reunida” cierra el ciclo, y el proyecto literario se unifica como corpus-legado, excediendo lo estrictamente funerario. “Lo fragmentario” existe, aunque de los nodos de ese proyecto sean un libro cerrado, total diría paradójicamente. Me refiero a “Atlante” y a “Panteo” (dos obras con un sistema interno propio, una lógica, reglas. La montaña, el honor, los pájaros, el cíclope y el fin de un Imperio, al decir de Atlante. La guerra entre el instinto y la Bestia, y su hija la Criatura, al decir de Panteo. Panteo como la masa del mundo la cruzada de la materia y el espíritu, la argamasa de la Poesía y el Mal).

El resto de las piezas del puzzle Ohde forman parte de una tensión por constituir “Obra”, cerrar obra con método. Es decir Pablo no era prolífero, era de los escritores buscadores de poemas justos y necesarios dentro de su propio sistema. El método de trabajo parece ser el siguiente: poemas dentro de un poema mayor (Atlante-Panteo); y un cajón para poemas sueltos que no terminan de componer el poema mayor, pero que tienen algún tipo de conexidad (Herejías, Prevert, las Evas). El procedimiento habla de un poeta exquisito, y bien dice Fernando Alfón en la contratapa de la obra reunida: “a la manera de Schopenhauer; imaginó un único autor, un único tiempo, un solo poema”. También podemos pensar en un poeta romántico y clasicista.  La idea de “obra reunida” en este tipo de poetas, es entonces compleja; pues no sabemos nunca si en vida el poeta hubiera pensado en reunir o no en el mismo plano textos diversos, que él por su propia exquisitez y trabajo de depuración, hubiera reunido. El trabajo del albacea, el criterio de duelo familiar, o los amigos; y también el ámbito de recepción académico y literario son los que juzgan el procedimiento ex post de “reunión”. Claro que siempre algo queda afuera, un resquicio, un resto para revalorizar.

Conocí  a Pablo a través de Esteban Rodríguez, allá por el 2008. Era una lectura de poetas organizado por La Grieta. Seríamos siete poetas. El único que recitó de memoria y no leyó lo suyo fue Ohde, quien prefirió recitar el poema de Boccanera “Sordomuda”; la impresión que me causó el sujeto, estaba basada en lo presuntuoso: tiene poemas propios, pero no los lee, prefiere recitar lo ajeno. Después recitó a María Elena Walsh (con qué irreverencia ante un grupo de poetas que pretenden salir de los 90, un sujeto al que se desconoce recita a María Elena Walsh y la elogia como si fuera Violeta Parra). Bebimos bastante ese día, y terminé llevándolo a su casa. Sin conocer nada o bien poco, supe esa noche que editaría a ese poeta de los que no quedan.

Creo que el trabajo de Fernando Alfón ha sido de una generosidad y de una entrega, un tipo de donación por la amistad que pocas veces he visto. Sabemos que Fernando y Pablo tenían una relación literaria con idas y vueltas, de admiración mutua, de obsesión, de intercambio por lo absoluto. Ohde veía a Alfón como un hermeneuta o escolástico; Alfón veía a Ohde como su Evaristo Carriego. En ese pacto de amistad Alfón lo presentaba en público: “Aquí Ohde”.

El día que Fernando me sugirió editar a Pablo, pensé en la Eva de las tres muertes, quizás los poemas con un tono más político, más cercanos al proyecto que dirijo. Pero al leer Panteo (Pablo lo tenía subido a un blog), entendí el lugar del poeta. Las Evas eran un proyecto inconcluso, luego le seguirían otros poemas sin continuidad.

El prólogo ya estaba cocinado, Alfón presentaba a un poeta secreto, inolvidable, de culto, de aquellos de los que no quedan. Remataba con un vaticinio: “En la ciudad de la Plata, aun, casi nadie advierte la relevancia y singularidad de este hombre. Esto algún día cesará, y muchos poetas locales, hoy, de cierto renombre, querrán cambiar sus obras completas por dos o tres versos de Ohde…”  ¿Ocurrió esto? ¿Cuántos cambiarían sus obras por un puñado de versos de Ohde? Yo las cambiaría. Cada vez que vuelvo a Panteo siento por momentos estar leyendo el capítulo (no escrito o escrito en forma poética) por Sir Thomas Hobbes. Leviatán en la poesía, la bestia.

Para saber quien es quien
Se toma un amigo al azar
Y se le pide
Que levante un puño en alto
Que levante la voz en alto
Y en alto grite
“PRESENTE”
Si lo hace
Y los muebles empiezan a temblar
Bien
Eso está bien
Invítalo a tu casa
Y que beba a la salud de cualquier cosa
Pero
Si la voz se le quiebra
El brazo se le dobla
O de su garganta brota el silbido de un jilguero
Ignóralo
Nunca va a pelear por lo suyo
Nunca va a hacer una revolución
Ni nunca va a tener los cojones
Para acatar o impartir una orden
Se va a esconder
Y tarde o temprano
Te va a traicionar  

(de Test de Judas)

“Poeta del dos mil” sugiere Juan Bautista Duizeide. Pienso en un test, el de “Judas”. Cuántos poetas lo resisten ese test?  ¿Se puede armar una Antología de poesía con ese único criterio, pasar la prueba de judas? Supongamos que los poetas del dosmil, como dice Duizeide, posean como criterio de pertenencia haber pasado por el test de judas de Ohde (al fin y al cabo la vibración que reclama Ohde, es la que surgía de la voz de Maiakovski, o de Huidobro “poeta no debes cantar a la lluvia, debes hacer llover”).  Los poetas de la vibración, de la transformación, de la lealtad entre sí. Un estado de salvajismo.

El mundo arcaico, salvaje subyace debajo del mundo ultramoderno tecnológico, un hormigueo constante devuelve el pasado al presente y así. El mismo cazador va hacia su presa, el asesino espera al acecho a su víctima. El ente descansa sobre la batalla del instinto y su presa bestial en el año 2057, como tres mil años A.C. La poesía es la misma.

Fachadas azules que esconden ángeles de arena
Enormes ojos de acero
Murallas infranqueables
Un edificio camina hacia el cielo de humo
El metal de las puertas cerrándose
Sobre las antenas
El ruido de las palomas y abajo más abajo
Los alcoholes ardientes del sol en el asfalto
Una vieja olfatea entre los desperdicios
Niños que caminan y fuman en silencio
No hay duda
Ni misterio
Los hombres están escondidos
Tras el torso gigante
De la ciudad del miedo

Un joven moreno se esconde detrás de la reja
Casi desnudo
Sostiene en su mano el mágico resplandor del oro
Y firme en la otra
La música aguda del filo de una navaja
Descalzo entre los charcos
Seguro en el refugio de la sombra
Brotan como fruto los dos peces de su mirada
Dentro de la pupila negra se ve reflejado el medio sol naranja
De un atardecer en África
Los pájaros
El bramido de un ciervo
El viento de arena
Y en el centro
Un rinoceronte que jadea cansado
En su ojo hambriento
Están todas las preguntas

¿Esta calle será desierto?
¿Qué esperan los muertos del reino de las ratas?
¿Por qué la humedad y la arcilla si arriba está el dios sol?

La presa se acerca a un Cadillac blanco
Esta será su última noche en la selva 

(de Nueva York)

Vuelvo a “Sordomuda” que tanto lo obsesionaba y que lo escuché recitar la noche que lo conocí, poema que más tarde lo vi recitar cientos de veces como si fuera suyo y se lo hubiese apropiado. Yo ahora lo pienso así: El poeta Pablo Ohde mete su cabeza dentro de la boca del león, ¿qué busca? ¿La lástima del público? ¿Qué tenga lástima el león? ¿Busca su propia lástima? …. Y el público, ¿está loco? ¿Por qué aplaude? …

El que vive la poesía con esa intensidad, va a tientas, a pesar de la lastima ajena o propia. La incomprensión, la necedad o imbecilidad infinita del mundo constituye lo absurdo de la condición humana; ¿Qué diferencia hay entre la actitud del poeta que teatraliza una crueldad fallida, lastimosa, de domador de circo, para darse lastima de sí o que el público que tarde o temprano, sabe que la cabeza del domador es su propia cabeza, entonces comienza a sentir lastima del público. Los poetas suicidados por la sociedad o la sociedad suicidada por los poetas. ¿la búsqueda de un puñado de versos escritos en algún lado, cifrados bajo una extraña belleza, o cabalística, bastarían para salvar la miseria del mundo de la Maldad de la condición humana?

La obra reunida de Ohde es lo que queda de un domador, no es una traslación de un cuerpo como totalidad que lo sustituye en el tiempo. La elaboración de un duelo a través de su poesía es valida, Pablo es y no es esta obra reunida. Pero hay algo que sí es, es lo que queda, el rezago o resto vivo de haber colocado durante 42 años la garganta dentro del León, a pesar de la risa ajena, y la lástima o la inmortalidad resultante.

Imagino a Pablo sentado acá como un fantasma, abriendo la boca del León en este momento y colocando su cabeza delante de todos nosotros; y riéndose, incluso, de su propia obra reunida. No hay lástima posible en esa proeza. El poeta y su obra. ¿Quién se mete en la garganta de quién? Riéndose dentro de la boca del tiempo o del testimonio. Ohde se ríe de la muerte.

City Bell, 14/6/2013

Memento de gasolineras

domenech

Me complace saber que el fotógrafo y amigo Ernesto Domenech (y no digo acá Juez Penal) tenía una serie de fotos sobre Gasolineras que yo me había perdido, un memento de estaciones de servicio abandonadas subidas a su blog y que (feliz coincidencia) ahora me comparte y les comparto, a propósito de escribirme y contarme que le pareció mi último libro sobre las gasolineras románticas. Acá se los dejo, él se mete adentro y busca detalles de ese abandono futurista:

https://ernestodomenech.blogspot.com/2009/09/las-pausas-y-los-otros-memento-de-las.html?m=1&fbclid=IwAR0E0QB-a3Sud1lr4IK3gHtcsImp1gf5yLXGUlmXPQgfW8zuGOvKEWhvNbU

 

Un Banco Central sin alpargatas

las topper

La nostalgia guardada en la caja Topper por el gerente del Banco Central, cuando cierra Alpargatas

Por Julián Axat

Hace poco leí una novela escrita por el actual vicepresidente del Banco Central, el segundo de Guido Sandleris, Nicolás Gadano, que  lleva por título la “La caja Topper” (1).  Lo que en principio me pareció el ejercicio de narrativa autobiográfica interesante (en la línea del periodista Martín Sivak, con su magnífico “el salto de Papá”), terminó teniendo un cierto sabor amargo.

No contaré aquí de que va la historia, solo diré que la tapa del libro reproduce una nostálgica caja de zapatillas Topper, de la que salen de su interior cartas amarillentas y fotos que, en la novela sirven como baúl de recuerdos para disparar un ajuste de cuentas generacional (al estilo de la Carta al padre de Kafka) entre un padre sesentista (ahora Kirchnerista) y un hijo, que se enfrenta a ese legado, y terminará como funcionario de alto rango de este gobierno.

Para seguir leyendo acá el link del Blog del Cohete a la Luna: https://www.elcohetealaluna.com/un-banco-central-sin-alpargatas/

 

 

 

Los libros de la buena memoria: Julián Axat y “Cuándo las gasolineras sean ruinas románticas”

julien ax

El poeta y compañero de H.I.J.O.S. conversa con Ramón Inama en la columna literaria sobre su noveno libro que recientemente salió a la luz, “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas”. El abogado encuentra en el registro poético el espacio para indagar acerca de la realidad poética. “Es posible hacer de los restos y de las ruinas castillos hermosos, y hacerlo desde la poesia”, dice Julián: https://radiocut.fm/audiocut/libros-buena-memoria-julian-axat-cuando-gasolineras-sean-ruinas-romanticas/?adredirect=0

 

PRESENTACIÓN “CUANDO LAS GASOLINERAS SEAN RUINAS ROMÁNTICAS” BUKOWSKI BAR 15/6/2019

 

 

El armapoesías de City Bell (presentación de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” de Julián Axat)

Por Enrique Schmukler

1.Días atrás, cuando me invitó a participar de esta presentación, tuvimos con Julián un breve intercambio por WhatsApp sobre algunos temas próximos a su poesía. Recuerdo que hablamos de la poesía de Nicolás Prividera, del concepto de pos-memoria y de la idea de ruina (Julián me envió la imagen de tapa de un libro de Jean-Yves Jouannais que se ocupa de la relación entre las ruinas y la literatura y que, según él, lo había inspirado para escribir este libro). En ese momento, casi estropeo nuestra conversación respondiéndole con uno de esos pulgarcitos para arriba de color amarillo, seguido de la palabra “interesante”.Por suerte, él continuó su reflexión escribiéndome que lo que a él le interesaba de las ruinas es que vinieran del futuro; que esas ruinas románticas de las gasolineras de los Epigramas de Ernesto Cardenal llegaran (¿por primera vez?) del futuro.

De ese diálogo, en el que mi participación no fue muy destacada, Julián extrajo un germen para darle continuidad a la conversación y, sobre todo, a su propia reflexión. Cuando me pregunto por qué me gusta charlar con Julián hace tantos años, no encuentro otra respuesta que esta: Julián garantiza que las palabras nunca caigan en saco roto, que la amistad sea, como quería Blanchot, una “conversación infinita”.

Hay un poema, en “Cuando las gasolineras…” que resume muy bien esto que quiero decir. El poema se llama “Matilda & el armapoesías de City Bell” y en él se habla de un juego privado entre Julián y su hija Matilda en el que se despliegan palabras sobre una mesa para armar con ellas poesías. No sé cómo es ese juego, no me lo imagino; en el poema solo se precisa que se busca con él que “las oraciones encajen con palabras”. Verso original: que las oraciones encajen con palabras. Yo hubiera jurado que en general funcionamos al revés; que hacemos que las palabras encajen en oraciones. En todo caso, ese poema invita a una lectura especular: si hay algo que nos llega de la poética de Julián casi como una experiencia inmediata, es que la palabra es el núcleo de vida que irradia la potencia del poema.

Recuerdo algo más de ese diálogo por WhatsApp: el final. Cuando Julián me dijo que le interesaba la idea, paradójica, de que las ruinas vinieran del futuro, yo le contesté que eso no me parecía tan raro porque lo que hacemos, en realidad, yendo hacia el futuro, es ir al pasado; que el futuro, siempre viene del pasado.

2.Pero todo este ida y vuelta se había producido antes de que me sentara a leer el libro. Cuando por fin lo hice, cuál no fue mi sorpresa al constatar que ambas concepciones del tiempo y de las ruinas estaban presentes. “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es una urgente conjetura poética sobre el tiempo y la historia que hay que leer en clave benjaminiana. De hecho, Julián no oculta esa procedencia, todo lo contrario. No le hace falta mencionar el Angelus Novus en el poema “Sueño con el cuadro de Klee” para invitarnos a leer nuestra historia contemporánea a partir de la tesis IX de “Sobre el concepto de historia”.

 

Me pregunto cuántos son los muertos

que se apilan a los pies de la Historia.

Cuál es su peso

Su posible gravamen

La dimensión de sus rostros

Y la pila en el cuadro de Klee moviéndose como torre oscura.

 

Haciéndose eco de la crítica progresista benjaminiana, creo que Julián transforma el Angelus Novus en un Gran Vidrio duchampiano. Al igual que el Ángel de Klee, sobrecogido observa las catástrofes del pasado, la derrota pretérita, y no esquiva ni se desentiende de la impotencia que nos devuelve la “alquimia del verbo”. Quiero decir: no es indiferente, Julián, a que, pese a nuestros esfuerzos, no conseguiremos despertar a los muertos para que se “venguen”.

“Cuando la torre de muertos /

supera siempre la de los vivos /

no alcanza a doblegar su destino humillante”;

Y, sin embargo, el verbo consigue ver más allá; consigue a pesar de todo apartar de sí los ojos sesgados del Ángel esclavo dela muerte y el trauma para, inventándole unos ojos “no retinianos”, conseguir una mirada periférica que permita ver en todas direcciones y, sobre todo, ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Porque aunque la derrota le haga fantasear melancólicamente con una “daga” que impida sentirse tan solo “o acaso tan existencial”, es la poesía, máquina soltera, la que se encargará de asegurar la transmisión; de traernos una vez más el combustible de las ruinas del futuro; ese mismo combustible que, por ejemplo, tal vez haga arder, en el poema “Sueño de Francisco”, la Catedral de Buenos Aires y que terminará por despertar de un sobresalto al jesuita mientras duerme entre sus almidonadas sábanas vaticanas. El poema debería llamarse, en realidad, la “Pesadilla de Francisco”, porque lo que sueña el soñado por Julián son carretas colmadas de cabezas guillotinadas luego de pasar por el cadalso, una Argentina bajo el “terror” de un Roberspierre criollo y, entre otras ruinas, los “restos de un Cabildo (no abierto) / más bien descuartizado (jesuíticamente un resto jeroglífico)”. La pregunta es: ¿Logrará despertarse, al fin, el jesuita, de la pesadilla revolucionaria que lo subyuga?

Pero el combustible que hará arder la historia es, también, el de otra gasolinera (llamada, entre nosotros, estación de servicio). El poema se llama “Estación Shell Autopista La Plata Buenos Aires”. Allí, el armapoesías se encuentra con el Negro Chaves, compañero de militancia de su padre en los años 1970. Los pocos minutos que dura la conversación les alcanzan, al compañero y al hijo, para “entrarle a la derrota”, ese “tema que nadie quiere tocar por estos tiempos /pero al que acaba de dedicarle [Chaves] un libro”. ¿Quién es aquí el Ángelus Novus? ¿El “cabizbajo como siempre ‘Negro Chaves’” o el poeta? Nuevamente la alquimia del verbo. El poeta busca en los ojos del pasado el oráculo que, sonrisa ladina, le devuelve, como una inscripción votiva hallada entre las ruinas de la derrota, otra cita del derrotado Benjamin. Deja caer Chaves: “la Historia voraz un fárrago de posibilidades / el futuro hay que inventarlo”. Julián entonces va hasta su auto y regresa con un regalo: uno de sus libros de poemas. ¿Qué significa ese intercambio? No creo que el libro sea un regalo en señal de agradecimiento ni nada por el estilo. Es otra cosa. Es una transacción tan paradójica como las ruinas que vienen del futuro. Quiero decir: no ya el viejo militante legando un testimonio, una memoria, para que el menor atesore, sino que es el hijo quien le hereda al pasado (que es el fantasma del padre desaparecido, claro) devenido presente un mensaje cifrado de lo que pudo haber sido y no fue,aunque puede serlo algún día.

3.“Entrarle a la derrota” para que el futuro nos permita imaginar una Historia voraz de posibilidades, es una de las divisas de este libro y, diría, de toda la poesía de Julián.

Quisiera, para terminar, detenerme en un último poema titulado “Armando puzzles luego de la destrucción” en el cual el rompecabezas del título hace posible que aquello que “fue pulverizado /deje un lugar para nacer”. De manera que el puzzle –y quien dice puzzle, también podría decir montaje, collage, azar y demás palabras claves de la vanguardia– es un procedimiento que, en Julián, establece una distancia que vuelve experimentable “la derrota”.  Y a la derrota, deja en claro el poeta, hay que experimentarla. A la derrota hay que vivirla, “entrarle”, poder mirarla de frente,pues el nuevo objeto creado, el nuevo “orden”, el Poema, “la germinación” siempre será “la esperanza de la Ruina de las “nuevas generaciones / ante la catástrofe:

 

Pues así ha sido siempre / &

Es así la Historia con los olvidados

Tarde o temprano

El objeto ha crecido

Para volver a

Su destrucción

 

Yo creo que en estos versos circulares del poema se teje la gran apuesta de este libro que es, en verdad, una pregunta que nos interpela a todos en el presente, como nos ha interpelado en tantos otros momentos. La pregunta sería la siguiente: “Si “tarde o temprano / El objeto ha crecido / para volver a / su destrucción”, si “con los restos de la destrucción se arma cierto orden nuevo natural”, si “la germinación es la esperanza de la ruina, para que nazca y crezca el objeto que habrá de “volver a su destrucción”, la pregunta sería, insisto, entonces “¿cómo deberíamos sentirnos ante la derrota?”. La respuesta de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es utópica pero no candorosa, estos tiempos no nos permiten darnos el lujo de la ingenuidad: “Entrarle a la derrota”, mirar la muerte a los ojos para darnos cuentas de que, al inversa de Pavese, ella no puede, ni debe, tener nuestros ojos, supone, para Julián, concederle a la derrota, a la muerte y al olvido el poder de lo fatalmente real; no es otra la fatalidad que, por suerte, hace que necesitemos desempolvar, todas las veces que sea necesario, el “armapoesías”.

 

 

Rugby, VIRUS y Revolución  La música de Jorge Moura, el sargento “Manuel”

Rugby, VIRUS y Revolución

 La música de Jorge Moura, el  sargento “Manuel”

                                                                                        Por Julián Axat y Francisco Massera

 

 

Jorge Horacio Moura, nació el 10 de enero de 1949 en la ciudad de La Plata. Hijo de “Pico” Jorge Federico Moura y de Velia Oliva, es el segundo de seis hermanos. La historia de la familia Moura ha sido contada repetidas veces en las reconstrucciones sobre la historia de la banda de Rock “Virus”.  Todas ellas dicen más o menos lo mismo: familia tradicional, perteneciente al círculo chico de la ciudad de La Plata; ambiente liberal profesional, con cierta inclinación hacia los estudios, las artes y el deporte. Por las tardes, en la casa de 12 y 64 solía sonar el piano de Velia, era el clan Moura que preparaba sus oídos para lo que vendría.

La historia de Marcelo, Julio y Federico está marcada por esa música. En un principio era un piano, pero más tarde una guitarra, la voz, batería y así la hermandad familiar que devendrá “Dulcemebriyo”, “Las Violetas” y finalmente el furor de VIRUS. La vida de Jorge, si bien no es ajena a los mismos encantos de sus hermanos, el recorrido de sus inquietudes estaba marcado por otra música.

El encuentro de Jorge con el rugby, acontece, el día que acompaña a un entrenamiento a un primo Pablo Martín, y encantado con el juego pidió probarse. Tenía 9 años, su primo 11. A partir de ese día comenzó a jugar en una categoría superior a la que le correspondía. “Jugó hasta los 17 años, y lo hizo de Apertura” cuenta su mamá. Siempre en LPRC. “Lo hacía muy bien, parecía tener cierta habilidad innata para los deportes” dice Velia como si todavía lo estuviera viendo con la casaca amarilla puesta. Más tarde serán Marcelo, Julio y Federico quienes seguirán los pasos de su hermano mayor. Julio cuenta que “Jorge fue el que más sintió el deporte ovalado… fue el primero que empezó a ir al club. Tenía muchas amistades y compañeros ahí y además le gustaban mucho los deportes. De a poco, el resto de nosotros empezamos a ir a verlo y nos fuimos enganchando hasta que terminamos jugando todos… jugaba de apertura… siempre fue capitán y pateador…” (entrevista, Rugby-fun)

Padi Wilkinson, fue un famoso entrenador de LPRC que enseñó a toda una camada de jóvenes entre 1968 y 1975 los mejores valores del rugby (véase Los diarios del Rugby: www.detectivessalvajes.blogspot.com.ar). Los jugadores de aquella época: Hernán Roca, Santiago Sánchez Viamonte, y muchos otros que lo incluye a Jorge, quedarían marcados a fuego por esas enseñanzas: compañerismo, honestidad, respeto, disciplina, lealtad, sacrificio y altruismo. El juego era limpio y colectivo. No había márgenes para individualidades. El “Try” como consecuencia natural del avance en equipo. Nunca un acto egoísta.

 

Por entonces apareció Patricia Orione. Rondaba los 16. Su familia estaba vinculada a LPRC. Una tarde que acompañó a su cuñado, éste le  presentó “al más bueno de todos los chicos”; o eso le dijo durante el tercer tiempo frente a un muchacho timorato que se sentó a su lado. El “más bueno” era Jorge. A partir de ahí comenzaron a estar de novios. En los dos años que siguieron el mundo se repartió entre el club, el grupo de amigos del club, los bares, peñas, almuerzos y cenas en familia. En octubre de 1970 se casaron. Un año después nació su primer hijo Federico. El nombre “Federico” se repite tres veces en la familia Moura y en la vida de Jorge: El padre (Jorge Federico). Su hermano (Federico José). Y su hijo (simplemente Federico).

La música era el mundo de Marcelo, Julio y Federico que por entonces germinaban el VIRUS de los 80. El rugby ya estaba lejos para Jorge. El calor de la casa de sus padres, también. A fines de 1971, Jorge asume fuertes compromisos militantes. Tras algún paso fallido por el Siloismo, junto con su compañero de rugby Hugo “Pinino” Lavalle; ambos se meten de lleno dentro de la juventudes guevaristas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). (Véase: Pinino Lavalle, del Rugby al monte Tucumano, en http://coleccionlosdetectivessalvajes.blogspot.com/2013/03/pinino-lavalle-del-rugby-canario-al.html

En palabras de Velia, cuando hoy tiene que explicar la elección de su hijo y el papel de la militancia en su vida aclara con emoción: “tenía el ideal de un mundo mejor, y estaba dispuesto a luchar por eso aunque tuviera que entregar su vida”. . En palabras de Patricia Orione: “hubo un momento en que Jorge ya estaba jugado”. Para Julio Moura: “Durante los años setenta, y al mismo tiempo que jugaba, Jorge comenzó a involucrarse activamente en política…”.

Corre 1972. Jorge decide dejar el hogar. El hecho coincide con el asesinato de un profesor de teatro con quien compartían militancia. Entonces ingresa en la clandestinidad. Como cuadro en preparación del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) viaja en secreto al monte Tucumano, lo hace para entrenarse; pero regresa pronto. Desde entonces su nombre de guerra dentro de la organización será “Manuel”.

La proletarización de Jorge, vino de la mano del oficio de transportista. Consiguió trabajo trasladando jugo para la fabrica Sacetru. Mientras asumía ese oficio, vivía la militancia clandestina en una célula urbana del ERP. Fue ahí cuando se enamoró de Perla. Hija de una conocida psicoanalista platense (Reina Diez), Perla Diez también era una comprometida militante. De esa unión nacerán más tarde, sus dos hijas Clarisa y Lucía.

En la memoria de la familia Moura está la historia de que Guillermo Massera (cuñado de Jorge, esposo de su hermana más grande Virginia Moura, padre de uno de los que escribe esta nota). Guillermo, hijo de un constructor, tenía experiencia en el ramo, y le enseñó algunas tretas para manejar todo tipo de camiones y acoplados. Una de las pocas anécdotas que se saben de Jorge “transportista revolucionario” es su participación en un conocido operativo de diciembre de 1975. Al menos así lo cuenta Gustavo Plis Sterembeg en la página 239 de su libro Monte Chingolo, la mayor batalla de la guerrilla argentina (Planeta, 2003): “A las 18:50 el conscripto Bufalari estaba por cerrar el candado cuando el sargento Manuel del ERP giró el volante del Mercedes Benz hacia su izquierda llevándolo contra el portón. No logró tirarlo abajo, pero las dos hojas se abrieron violentamente… El portón semiabierto permitió el paso del camión y el resto de l columna guerrillera… sorprendido por la barrera de fuego, cuando las primeras balas se habían incrustado en el parabrisas, Manuel detuvo el Mercedes Benz…” (Véase también En Busca de Abigail: http://www.pensamientopenal.org/en-busca-de-abigail-el-desaparecido-18-de-la-plata-rugby/ )

 

Por entonces, el sargento Manuel o Jorge Moura era buscado en forma intensa. La mañana del 8 de marzo de 1977, luego de secuestrar a Diana Carmen Diez y José Luis Alberto Rentani en calle 17 y 530, el operativo del ejército se trasladó a la calle Vergara y Bélgica de City Bell. La cuadra quedó rodeada al acecho con gran despliegue. Pero antes dos militares se disfrazaron de empleados de Segba y pidieron permiso para ingresar por un supuesto desperfecto, y así irrumpir desde adentro en la casa.

 

Por entonces Perla Diez estaba presa en Devoto, sus hijas Lucía y Clarisa con sus suegros en aquella casa. También estaban Marcelo y Julio. La historia del secuestro que reconstruye Perla desde la cárcel, la explica en el Juicio por la Verdad, en 2009: “… ese día estaba Jorge Federico Moura, Velia Oliva, sus dos hermanos Julio y Marcelo Moura. Una amiga Bernarda Luna y estaban mis dos hijas Clarisa Moura y Lucía Moura, de tres años y un año y pico… se hace presente gente que aparenta ser personal de Segba, que utilizando, digamos, este, una escenificación de que van a hacer una zanja, eh, piden acceso a la vivienda, una vez tomada la vivienda, ingresa más personal armado y esperan a Jorge, a que vuelva de su trabajo…. se lo llevan aproximadamente a las seis de la tarde… Simultáneamente había habido un operativo en casa de mi madre, en 6 y 80, también preguntando por él y diciendo que si no aparecía Manuel… se llevaban a mi mamá, Reina… se comunican por Walky Toky, a eso de las cinco de la tarde, dicen: “ya lo tenemos a Manuel”. Entonces levantan el operativo en 6 y 80…”

Julio Moura que vivió el secuestro dice: “Ese día a la mañana a Jorge lo vinieron a buscar a mi casa. Tocaron la puerta presentándose como el Comando de Operaciones Tácticas y entraron. A su vez, cuatro personas, también militares, fingían estar arreglando algo eléctrico en la esquina a modo de “campana”. Inmediatamente cerraron todas las puertas y ventanas de la casa herméticamente e intervinieron el teléfono. A mí me despertaron con una ametralladora apuntándome a la cabeza… al principio, tuve mucho miedo. Después me pude tranquilizar y manejar un poco más la situación. Pero cada tanto me amedrentaban diciéndome “vos sabés todo, nosotros te conocemos bien. Tu hermano es muy hábil, lo estamos buscando hace mucho tiempo”… Insistentemente me preguntaban por Jorge y al mismo tiempo hacían un simulacro de disparo… Pero realmente no sabía a dónde estaba mi hermano porque ya no vivía en casa. Él manejaba un camión y venía de vez en cuando a quedarse por unos días con la familia… fueron siete horas muy largas las que vivimos. Aunque ellos se lo tomaron sin desesperarse… La casa era una “ratonera” en donde lo esperaron con mucha paciencia. A la tardecita apareció mi hermano pero nunca llegué a verlo. Sólo escuché su voz que dijo “¿Qué pasa?” e inmediatamente todos los hombres se fueron…” (entrevista Rugby-fun)

 

Días después del secuestro ocurre un extraño suceso, el cruce entre Jorge y su madre en el Parque Pereyra Iraola. Velia es llevada a ver por última vez a su hijo. La historia se cuenta en la Página 415 del libro monte Chingolo: “Jorge Horacio Moura (sargento Manuel) fue secuestrado por el ejército el 8 de marzo de 1977. “Mientras estaba chupado y por no se qué tipo de relación de su madre con gente de muy arriba, se encontraron. Lo llevaron a una especie de furgoneta cerrada a un lugar, al costado de un camino, para que ella se despidiera del hijo. Manuel sale y le dicen que se despida, que no la iba a ver nunca más. Él mucho no podía hablar. Hacía gestos como que estaba desamparado. La madre lo besa y los militares le dicen: ¡Olvídese de lo que ha visto! Entonces cierran el furgón y se van. Lo llevan a Campo de Mayo porque estaba implicado en la ejecución de un militar”.

 

Pero el destino de Jorge es confuso. Perla ha tratado de dar con datos y distintas fuentes. Dos versiones modificarían el relato de Plis-Steremberg. Una carta recibida por Reina Diez (madre de Perla) de parte de una amiga de la infancia de Jorge, quien dice haber visto a Jorge a principios de 1978 en un semáforo de 7 y 48, en la cabina de un camión del Ejército. La carta refiere “… nos miramos de una manera inteligente, nos cruzamos las miradas y él me da a entender que no lo reconozca, o sea, que no haga nada. Yo no hago nada, cuando arranca, o sea cuando el semáforo da paso al camión, él me hace un guiño como diciendo soy yo…”. La segunda versión es la declaración Oscar Horacio Molino, sobreviviente y que pasó por La Cacha entre los primeros días y fines de marzo (recordemos Jorge cae el 8 de marzo). Molinos refiere hablado con una persona “Mouras”,  que le contó secuencias de Monte Chingolo y de Silo. Pero estas dos versiones vuelven a quedar en la duda, y recobra fuerza la hipótesis que desliza Plis-Sterenberg a partir de una declaración de un sobreviviente de apellido Scarpatti, quien reconoce por fotos a Jorge, y dice parecer haberlo visto en Campo de Mayo.

Pasaron 36 años de la desaparición de Jorge Moura. Su historia compone el mosaico de los 19 jugadores de LPRC desaparecidos. El vínculo entre el rugby y la militancia, aparece circunstancial, aleatorio, casi ficcional. Sin embargo la efectiva convergencia merece destacarse, como un evento que solo pudo haber ocurrido en un especial espacio y tiempo. Un espacio de compromiso

 

Nada más se sabe acerca del destino de Jorge. Hoy Patricia lo recuerda con pasión. Perla incansable militante intenta dar con más pistas sobre su destino. Su madre y hermanos confrontan su ausencia física, al amparo del afecto que irradia su recuerdo, y la simbología de su lucha. El otro Federico tiene 43 años, dieciséis más que se padre cuando desapareció. Al igual que sus tíos, también eligió la música. “La música es la forma de conexión con mi pasado”, dice y es como si estuviera buscando la mejor melodía para hablar de Jorge, la partitura de un cuerpo, el sueño de la revolución.