Los libros de la buena memoria: Julián Axat y “Cuándo las gasolineras sean ruinas románticas”

julien ax

El poeta y compañero de H.I.J.O.S. conversa con Ramón Inama en la columna literaria sobre su noveno libro que recientemente salió a la luz, “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas”. El abogado encuentra en el registro poético el espacio para indagar acerca de la realidad poética. “Es posible hacer de los restos y de las ruinas castillos hermosos, y hacerlo desde la poesia”, dice Julián: https://radiocut.fm/audiocut/libros-buena-memoria-julian-axat-cuando-gasolineras-sean-ruinas-romanticas/?adredirect=0

 

PRESENTACIÓN “CUANDO LAS GASOLINERAS SEAN RUINAS ROMÁNTICAS” BUKOWSKI BAR 15/6/2019

 

 

El armapoesías de City Bell (presentación de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” de Julián Axat)

Por Enrique Schmukler

1.Días atrás, cuando me invitó a participar de esta presentación, tuvimos con Julián un breve intercambio por WhatsApp sobre algunos temas próximos a su poesía. Recuerdo que hablamos de la poesía de Nicolás Prividera, del concepto de pos-memoria y de la idea de ruina (Julián me envió la imagen de tapa de un libro de Jean-Yves Jouannais que se ocupa de la relación entre las ruinas y la literatura y que, según él, lo había inspirado para escribir este libro). En ese momento, casi estropeo nuestra conversación respondiéndole con uno de esos pulgarcitos para arriba de color amarillo, seguido de la palabra “interesante”.Por suerte, él continuó su reflexión escribiéndome que lo que a él le interesaba de las ruinas es que vinieran del futuro; que esas ruinas románticas de las gasolineras de los Epigramas de Ernesto Cardenal llegaran (¿por primera vez?) del futuro.

De ese diálogo, en el que mi participación no fue muy destacada, Julián extrajo un germen para darle continuidad a la conversación y, sobre todo, a su propia reflexión. Cuando me pregunto por qué me gusta charlar con Julián hace tantos años, no encuentro otra respuesta que esta: Julián garantiza que las palabras nunca caigan en saco roto, que la amistad sea, como quería Blanchot, una “conversación infinita”.

Hay un poema, en “Cuando las gasolineras…” que resume muy bien esto que quiero decir. El poema se llama “Matilda & el armapoesías de City Bell” y en él se habla de un juego privado entre Julián y su hija Matilda en el que se despliegan palabras sobre una mesa para armar con ellas poesías. No sé cómo es ese juego, no me lo imagino; en el poema solo se precisa que se busca con él que “las oraciones encajen con palabras”. Verso original: que las oraciones encajen con palabras. Yo hubiera jurado que en general funcionamos al revés; que hacemos que las palabras encajen en oraciones. En todo caso, ese poema invita a una lectura especular: si hay algo que nos llega de la poética de Julián casi como una experiencia inmediata, es que la palabra es el núcleo de vida que irradia la potencia del poema.

Recuerdo algo más de ese diálogo por WhatsApp: el final. Cuando Julián me dijo que le interesaba la idea, paradójica, de que las ruinas vinieran del futuro, yo le contesté que eso no me parecía tan raro porque lo que hacemos, en realidad, yendo hacia el futuro, es ir al pasado; que el futuro, siempre viene del pasado.

2.Pero todo este ida y vuelta se había producido antes de que me sentara a leer el libro. Cuando por fin lo hice, cuál no fue mi sorpresa al constatar que ambas concepciones del tiempo y de las ruinas estaban presentes. “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es una urgente conjetura poética sobre el tiempo y la historia que hay que leer en clave benjaminiana. De hecho, Julián no oculta esa procedencia, todo lo contrario. No le hace falta mencionar el Angelus Novus en el poema “Sueño con el cuadro de Klee” para invitarnos a leer nuestra historia contemporánea a partir de la tesis IX de “Sobre el concepto de historia”.

 

Me pregunto cuántos son los muertos

que se apilan a los pies de la Historia.

Cuál es su peso

Su posible gravamen

La dimensión de sus rostros

Y la pila en el cuadro de Klee moviéndose como torre oscura.

 

Haciéndose eco de la crítica progresista benjaminiana, creo que Julián transforma el Angelus Novus en un Gran Vidrio duchampiano. Al igual que el Ángel de Klee, sobrecogido observa las catástrofes del pasado, la derrota pretérita, y no esquiva ni se desentiende de la impotencia que nos devuelve la “alquimia del verbo”. Quiero decir: no es indiferente, Julián, a que, pese a nuestros esfuerzos, no conseguiremos despertar a los muertos para que se “venguen”.

“Cuando la torre de muertos /

supera siempre la de los vivos /

no alcanza a doblegar su destino humillante”;

Y, sin embargo, el verbo consigue ver más allá; consigue a pesar de todo apartar de sí los ojos sesgados del Ángel esclavo dela muerte y el trauma para, inventándole unos ojos “no retinianos”, conseguir una mirada periférica que permita ver en todas direcciones y, sobre todo, ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Porque aunque la derrota le haga fantasear melancólicamente con una “daga” que impida sentirse tan solo “o acaso tan existencial”, es la poesía, máquina soltera, la que se encargará de asegurar la transmisión; de traernos una vez más el combustible de las ruinas del futuro; ese mismo combustible que, por ejemplo, tal vez haga arder, en el poema “Sueño de Francisco”, la Catedral de Buenos Aires y que terminará por despertar de un sobresalto al jesuita mientras duerme entre sus almidonadas sábanas vaticanas. El poema debería llamarse, en realidad, la “Pesadilla de Francisco”, porque lo que sueña el soñado por Julián son carretas colmadas de cabezas guillotinadas luego de pasar por el cadalso, una Argentina bajo el “terror” de un Roberspierre criollo y, entre otras ruinas, los “restos de un Cabildo (no abierto) / más bien descuartizado (jesuíticamente un resto jeroglífico)”. La pregunta es: ¿Logrará despertarse, al fin, el jesuita, de la pesadilla revolucionaria que lo subyuga?

Pero el combustible que hará arder la historia es, también, el de otra gasolinera (llamada, entre nosotros, estación de servicio). El poema se llama “Estación Shell Autopista La Plata Buenos Aires”. Allí, el armapoesías se encuentra con el Negro Chaves, compañero de militancia de su padre en los años 1970. Los pocos minutos que dura la conversación les alcanzan, al compañero y al hijo, para “entrarle a la derrota”, ese “tema que nadie quiere tocar por estos tiempos /pero al que acaba de dedicarle [Chaves] un libro”. ¿Quién es aquí el Ángelus Novus? ¿El “cabizbajo como siempre ‘Negro Chaves’” o el poeta? Nuevamente la alquimia del verbo. El poeta busca en los ojos del pasado el oráculo que, sonrisa ladina, le devuelve, como una inscripción votiva hallada entre las ruinas de la derrota, otra cita del derrotado Benjamin. Deja caer Chaves: “la Historia voraz un fárrago de posibilidades / el futuro hay que inventarlo”. Julián entonces va hasta su auto y regresa con un regalo: uno de sus libros de poemas. ¿Qué significa ese intercambio? No creo que el libro sea un regalo en señal de agradecimiento ni nada por el estilo. Es otra cosa. Es una transacción tan paradójica como las ruinas que vienen del futuro. Quiero decir: no ya el viejo militante legando un testimonio, una memoria, para que el menor atesore, sino que es el hijo quien le hereda al pasado (que es el fantasma del padre desaparecido, claro) devenido presente un mensaje cifrado de lo que pudo haber sido y no fue,aunque puede serlo algún día.

3.“Entrarle a la derrota” para que el futuro nos permita imaginar una Historia voraz de posibilidades, es una de las divisas de este libro y, diría, de toda la poesía de Julián.

Quisiera, para terminar, detenerme en un último poema titulado “Armando puzzles luego de la destrucción” en el cual el rompecabezas del título hace posible que aquello que “fue pulverizado /deje un lugar para nacer”. De manera que el puzzle –y quien dice puzzle, también podría decir montaje, collage, azar y demás palabras claves de la vanguardia– es un procedimiento que, en Julián, establece una distancia que vuelve experimentable “la derrota”.  Y a la derrota, deja en claro el poeta, hay que experimentarla. A la derrota hay que vivirla, “entrarle”, poder mirarla de frente,pues el nuevo objeto creado, el nuevo “orden”, el Poema, “la germinación” siempre será “la esperanza de la Ruina de las “nuevas generaciones / ante la catástrofe:

 

Pues así ha sido siempre / &

Es así la Historia con los olvidados

Tarde o temprano

El objeto ha crecido

Para volver a

Su destrucción

 

Yo creo que en estos versos circulares del poema se teje la gran apuesta de este libro que es, en verdad, una pregunta que nos interpela a todos en el presente, como nos ha interpelado en tantos otros momentos. La pregunta sería la siguiente: “Si “tarde o temprano / El objeto ha crecido / para volver a / su destrucción”, si “con los restos de la destrucción se arma cierto orden nuevo natural”, si “la germinación es la esperanza de la ruina, para que nazca y crezca el objeto que habrá de “volver a su destrucción”, la pregunta sería, insisto, entonces “¿cómo deberíamos sentirnos ante la derrota?”. La respuesta de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es utópica pero no candorosa, estos tiempos no nos permiten darnos el lujo de la ingenuidad: “Entrarle a la derrota”, mirar la muerte a los ojos para darnos cuentas de que, al inversa de Pavese, ella no puede, ni debe, tener nuestros ojos, supone, para Julián, concederle a la derrota, a la muerte y al olvido el poder de lo fatalmente real; no es otra la fatalidad que, por suerte, hace que necesitemos desempolvar, todas las veces que sea necesario, el “armapoesías”.

 

 

Rugby, VIRUS y Revolución  La música de Jorge Moura, el sargento “Manuel”

Rugby, VIRUS y Revolución

 La música de Jorge Moura, el  sargento “Manuel”

                                                                                        Por Julián Axat y Francisco Massera

 

 

Jorge Horacio Moura, nació el 10 de enero de 1949 en la ciudad de La Plata. Hijo de “Pico” Jorge Federico Moura y de Velia Oliva, es el segundo de seis hermanos. La historia de la familia Moura ha sido contada repetidas veces en las reconstrucciones sobre la historia de la banda de Rock “Virus”.  Todas ellas dicen más o menos lo mismo: familia tradicional, perteneciente al círculo chico de la ciudad de La Plata; ambiente liberal profesional, con cierta inclinación hacia los estudios, las artes y el deporte. Por las tardes, en la casa de 12 y 64 solía sonar el piano de Velia, era el clan Moura que preparaba sus oídos para lo que vendría.

La historia de Marcelo, Julio y Federico está marcada por esa música. En un principio era un piano, pero más tarde una guitarra, la voz, batería y así la hermandad familiar que devendrá “Dulcemebriyo”, “Las Violetas” y finalmente el furor de VIRUS. La vida de Jorge, si bien no es ajena a los mismos encantos de sus hermanos, el recorrido de sus inquietudes estaba marcado por otra música.

El encuentro de Jorge con el rugby, acontece, el día que acompaña a un entrenamiento a un primo Pablo Martín, y encantado con el juego pidió probarse. Tenía 9 años, su primo 11. A partir de ese día comenzó a jugar en una categoría superior a la que le correspondía. “Jugó hasta los 17 años, y lo hizo de Apertura” cuenta su mamá. Siempre en LPRC. “Lo hacía muy bien, parecía tener cierta habilidad innata para los deportes” dice Velia como si todavía lo estuviera viendo con la casaca amarilla puesta. Más tarde serán Marcelo, Julio y Federico quienes seguirán los pasos de su hermano mayor. Julio cuenta que “Jorge fue el que más sintió el deporte ovalado… fue el primero que empezó a ir al club. Tenía muchas amistades y compañeros ahí y además le gustaban mucho los deportes. De a poco, el resto de nosotros empezamos a ir a verlo y nos fuimos enganchando hasta que terminamos jugando todos… jugaba de apertura… siempre fue capitán y pateador…” (entrevista, Rugby-fun)

Padi Wilkinson, fue un famoso entrenador de LPRC que enseñó a toda una camada de jóvenes entre 1968 y 1975 los mejores valores del rugby (véase Los diarios del Rugby: www.detectivessalvajes.blogspot.com.ar). Los jugadores de aquella época: Hernán Roca, Santiago Sánchez Viamonte, y muchos otros que lo incluye a Jorge, quedarían marcados a fuego por esas enseñanzas: compañerismo, honestidad, respeto, disciplina, lealtad, sacrificio y altruismo. El juego era limpio y colectivo. No había márgenes para individualidades. El “Try” como consecuencia natural del avance en equipo. Nunca un acto egoísta.

 

Por entonces apareció Patricia Orione. Rondaba los 16. Su familia estaba vinculada a LPRC. Una tarde que acompañó a su cuñado, éste le  presentó “al más bueno de todos los chicos”; o eso le dijo durante el tercer tiempo frente a un muchacho timorato que se sentó a su lado. El “más bueno” era Jorge. A partir de ahí comenzaron a estar de novios. En los dos años que siguieron el mundo se repartió entre el club, el grupo de amigos del club, los bares, peñas, almuerzos y cenas en familia. En octubre de 1970 se casaron. Un año después nació su primer hijo Federico. El nombre “Federico” se repite tres veces en la familia Moura y en la vida de Jorge: El padre (Jorge Federico). Su hermano (Federico José). Y su hijo (simplemente Federico).

La música era el mundo de Marcelo, Julio y Federico que por entonces germinaban el VIRUS de los 80. El rugby ya estaba lejos para Jorge. El calor de la casa de sus padres, también. A fines de 1971, Jorge asume fuertes compromisos militantes. Tras algún paso fallido por el Siloismo, junto con su compañero de rugby Hugo “Pinino” Lavalle; ambos se meten de lleno dentro de la juventudes guevaristas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). (Véase: Pinino Lavalle, del Rugby al monte Tucumano, en http://coleccionlosdetectivessalvajes.blogspot.com/2013/03/pinino-lavalle-del-rugby-canario-al.html

En palabras de Velia, cuando hoy tiene que explicar la elección de su hijo y el papel de la militancia en su vida aclara con emoción: “tenía el ideal de un mundo mejor, y estaba dispuesto a luchar por eso aunque tuviera que entregar su vida”. . En palabras de Patricia Orione: “hubo un momento en que Jorge ya estaba jugado”. Para Julio Moura: “Durante los años setenta, y al mismo tiempo que jugaba, Jorge comenzó a involucrarse activamente en política…”.

Corre 1972. Jorge decide dejar el hogar. El hecho coincide con el asesinato de un profesor de teatro con quien compartían militancia. Entonces ingresa en la clandestinidad. Como cuadro en preparación del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) viaja en secreto al monte Tucumano, lo hace para entrenarse; pero regresa pronto. Desde entonces su nombre de guerra dentro de la organización será “Manuel”.

La proletarización de Jorge, vino de la mano del oficio de transportista. Consiguió trabajo trasladando jugo para la fabrica Sacetru. Mientras asumía ese oficio, vivía la militancia clandestina en una célula urbana del ERP. Fue ahí cuando se enamoró de Perla. Hija de una conocida psicoanalista platense (Reina Diez), Perla Diez también era una comprometida militante. De esa unión nacerán más tarde, sus dos hijas Clarisa y Lucía.

En la memoria de la familia Moura está la historia de que Guillermo Massera (cuñado de Jorge, esposo de su hermana más grande Virginia Moura, padre de uno de los que escribe esta nota). Guillermo, hijo de un constructor, tenía experiencia en el ramo, y le enseñó algunas tretas para manejar todo tipo de camiones y acoplados. Una de las pocas anécdotas que se saben de Jorge “transportista revolucionario” es su participación en un conocido operativo de diciembre de 1975. Al menos así lo cuenta Gustavo Plis Sterembeg en la página 239 de su libro Monte Chingolo, la mayor batalla de la guerrilla argentina (Planeta, 2003): “A las 18:50 el conscripto Bufalari estaba por cerrar el candado cuando el sargento Manuel del ERP giró el volante del Mercedes Benz hacia su izquierda llevándolo contra el portón. No logró tirarlo abajo, pero las dos hojas se abrieron violentamente… El portón semiabierto permitió el paso del camión y el resto de l columna guerrillera… sorprendido por la barrera de fuego, cuando las primeras balas se habían incrustado en el parabrisas, Manuel detuvo el Mercedes Benz…” (Véase también En Busca de Abigail: http://www.pensamientopenal.org/en-busca-de-abigail-el-desaparecido-18-de-la-plata-rugby/ )

 

Por entonces, el sargento Manuel o Jorge Moura era buscado en forma intensa. La mañana del 8 de marzo de 1977, luego de secuestrar a Diana Carmen Diez y José Luis Alberto Rentani en calle 17 y 530, el operativo del ejército se trasladó a la calle Vergara y Bélgica de City Bell. La cuadra quedó rodeada al acecho con gran despliegue. Pero antes dos militares se disfrazaron de empleados de Segba y pidieron permiso para ingresar por un supuesto desperfecto, y así irrumpir desde adentro en la casa.

 

Por entonces Perla Diez estaba presa en Devoto, sus hijas Lucía y Clarisa con sus suegros en aquella casa. También estaban Marcelo y Julio. La historia del secuestro que reconstruye Perla desde la cárcel, la explica en el Juicio por la Verdad, en 2009: “… ese día estaba Jorge Federico Moura, Velia Oliva, sus dos hermanos Julio y Marcelo Moura. Una amiga Bernarda Luna y estaban mis dos hijas Clarisa Moura y Lucía Moura, de tres años y un año y pico… se hace presente gente que aparenta ser personal de Segba, que utilizando, digamos, este, una escenificación de que van a hacer una zanja, eh, piden acceso a la vivienda, una vez tomada la vivienda, ingresa más personal armado y esperan a Jorge, a que vuelva de su trabajo…. se lo llevan aproximadamente a las seis de la tarde… Simultáneamente había habido un operativo en casa de mi madre, en 6 y 80, también preguntando por él y diciendo que si no aparecía Manuel… se llevaban a mi mamá, Reina… se comunican por Walky Toky, a eso de las cinco de la tarde, dicen: “ya lo tenemos a Manuel”. Entonces levantan el operativo en 6 y 80…”

Julio Moura que vivió el secuestro dice: “Ese día a la mañana a Jorge lo vinieron a buscar a mi casa. Tocaron la puerta presentándose como el Comando de Operaciones Tácticas y entraron. A su vez, cuatro personas, también militares, fingían estar arreglando algo eléctrico en la esquina a modo de “campana”. Inmediatamente cerraron todas las puertas y ventanas de la casa herméticamente e intervinieron el teléfono. A mí me despertaron con una ametralladora apuntándome a la cabeza… al principio, tuve mucho miedo. Después me pude tranquilizar y manejar un poco más la situación. Pero cada tanto me amedrentaban diciéndome “vos sabés todo, nosotros te conocemos bien. Tu hermano es muy hábil, lo estamos buscando hace mucho tiempo”… Insistentemente me preguntaban por Jorge y al mismo tiempo hacían un simulacro de disparo… Pero realmente no sabía a dónde estaba mi hermano porque ya no vivía en casa. Él manejaba un camión y venía de vez en cuando a quedarse por unos días con la familia… fueron siete horas muy largas las que vivimos. Aunque ellos se lo tomaron sin desesperarse… La casa era una “ratonera” en donde lo esperaron con mucha paciencia. A la tardecita apareció mi hermano pero nunca llegué a verlo. Sólo escuché su voz que dijo “¿Qué pasa?” e inmediatamente todos los hombres se fueron…” (entrevista Rugby-fun)

 

Días después del secuestro ocurre un extraño suceso, el cruce entre Jorge y su madre en el Parque Pereyra Iraola. Velia es llevada a ver por última vez a su hijo. La historia se cuenta en la Página 415 del libro monte Chingolo: “Jorge Horacio Moura (sargento Manuel) fue secuestrado por el ejército el 8 de marzo de 1977. “Mientras estaba chupado y por no se qué tipo de relación de su madre con gente de muy arriba, se encontraron. Lo llevaron a una especie de furgoneta cerrada a un lugar, al costado de un camino, para que ella se despidiera del hijo. Manuel sale y le dicen que se despida, que no la iba a ver nunca más. Él mucho no podía hablar. Hacía gestos como que estaba desamparado. La madre lo besa y los militares le dicen: ¡Olvídese de lo que ha visto! Entonces cierran el furgón y se van. Lo llevan a Campo de Mayo porque estaba implicado en la ejecución de un militar”.

 

Pero el destino de Jorge es confuso. Perla ha tratado de dar con datos y distintas fuentes. Dos versiones modificarían el relato de Plis-Steremberg. Una carta recibida por Reina Diez (madre de Perla) de parte de una amiga de la infancia de Jorge, quien dice haber visto a Jorge a principios de 1978 en un semáforo de 7 y 48, en la cabina de un camión del Ejército. La carta refiere “… nos miramos de una manera inteligente, nos cruzamos las miradas y él me da a entender que no lo reconozca, o sea, que no haga nada. Yo no hago nada, cuando arranca, o sea cuando el semáforo da paso al camión, él me hace un guiño como diciendo soy yo…”. La segunda versión es la declaración Oscar Horacio Molino, sobreviviente y que pasó por La Cacha entre los primeros días y fines de marzo (recordemos Jorge cae el 8 de marzo). Molinos refiere hablado con una persona “Mouras”,  que le contó secuencias de Monte Chingolo y de Silo. Pero estas dos versiones vuelven a quedar en la duda, y recobra fuerza la hipótesis que desliza Plis-Sterenberg a partir de una declaración de un sobreviviente de apellido Scarpatti, quien reconoce por fotos a Jorge, y dice parecer haberlo visto en Campo de Mayo.

Pasaron 36 años de la desaparición de Jorge Moura. Su historia compone el mosaico de los 19 jugadores de LPRC desaparecidos. El vínculo entre el rugby y la militancia, aparece circunstancial, aleatorio, casi ficcional. Sin embargo la efectiva convergencia merece destacarse, como un evento que solo pudo haber ocurrido en un especial espacio y tiempo. Un espacio de compromiso

 

Nada más se sabe acerca del destino de Jorge. Hoy Patricia lo recuerda con pasión. Perla incansable militante intenta dar con más pistas sobre su destino. Su madre y hermanos confrontan su ausencia física, al amparo del afecto que irradia su recuerdo, y la simbología de su lucha. El otro Federico tiene 43 años, dieciséis más que se padre cuando desapareció. Al igual que sus tíos, también eligió la música. “La música es la forma de conexión con mi pasado”, dice y es como si estuviera buscando la mejor melodía para hablar de Jorge, la partitura de un cuerpo, el sueño de la revolución.

 

 

 

 

“Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” Por María Ester Alonso Morales

“Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” de Julián Axat

ruina gasolinera 1

 

Axat es un poeta que deambula por gasolineras en ruinas. Viajando en el tiempo visita el pasado, vislumbra el futuro.

En un tono cálido, personal e íntimo él escribe este diario poético donde verso a verso va abriendo su pecho desplegando su mundo interior, buceando en su “Weltinnenraum” haciendo caso de este modo a las recomendaciones de Rainer Maria Rilke en sus “Cartas a un joven poeta”.

Así es el hijo que baja de una nave y echa lágrimas en la lluvia.

Es el padre de una niña de siete años que encuentra el “armapoesías” perdido y dice “…viste que ya soy poeta…”.

Es el nieto de Gelman exclamando “¡Oh abuelo y vos padrecito a reescribir! ¡Contra qué o quién escribir!”.

Y a veces se convierte en su propio padre desaparecido -a su misma edad- y conversa en la cafetería de una estación de servicio con “el Negro” sobre la derrota, pensando que el futuro como decía Walter Benjamin hay que inventarlo.

Axat continúa su viaje viendo pasar las ruinas románticas de las gasolineras, restos de civilizaciones perdidas.

En un alto hace un “Inventario bolañano luego del divorcio” donde unas de las cláusulas es “———QUEDATE CON——QUE-DATE CON TODO———NO—— CON ESTO…”

Porque la poesía no se negocia en Juzgados de Familia.

En “Poema para lxs que se enamoran de los poetas & viceversa” el deseo es un abismo de sed. Sed que se apaga con el agua de los labios. Y nos recuerda a Adela de Federico García Lorca cuando dice “mirando sus ojos siento que bebo su sangre lentamente”.

En esta poética a pesar del dolor y la tristeza hay esperanza porque “Cuando se muere un poeta peronista” canta un ruiseñor anunciando la llegada de tiempos mejores.

Más adelante Axat sueña con el cuadro de Klee y se pregunta “cuántos son los muertos que se apilan en los pies de la Historia/ cuál es supeso/ su posible gravamen/ la dimensión de sus rostros”. Para concluir que “Los muertos no se despiertan ni se vengan/ siguen al pie de la historia acumulados”.

Pero el poeta ya no está solo, ahora comparte el “peso formidable” con sus hijas buscando en la noche cierta luz” Algo que se apagó hace tiempo pero que sigue encendido/ el dínamo espectral del universo mira a los desheredados/ & todavía/ a pesar de todo/ desde aquella estrella/ exigen un legado”.

Casi al final del poemario el autor observa detenidamente la fotografía en blanco y negro de suspadres 42 años después y se pregunta “¿Qué dirán de la falta de rayo de mi generación?/¿Y si toda la tristeza de esos años se perdiera en nosotros?”.

El rayo —definitivamente— no cesa y como todos los días Axat sigue por la autopista de la vida rumbo a Buenos Aires.

María Ester Alonso Morales, Hamburgo 8 de junio 2019

El Hugo “Beto”

hugo beto

El Hugo “Beto

a Victoria Irene

 

En el medio de la pesadilla

en lo profundo de la noche

está Freddy Krueger

y todos los niños muertos

los que salen de su cuerpo derretido

brazos y piernas atormentados

cabezas deglutidas

manos con marca de estigma

el camposanto de la tierra yerma

 

¿se puede fotografiar la cara de toda

una generación de niños

reclutados y luego asesinados?

 

Uno de esos niños es Hugo Beto

cuya inocencia violada es el desacato del Padre Lombroso

de todos los terrores nocturnos infantiles sublimados

el espejismo de cierta inocencia mártir tercerizada

 

En todos los tiempos

los perpetradores

son coleccionistas de almas en los rostros

pero especialmente en estos tiempos

que la vecindad paga cuotas altas

para asegurarse el pseudo paraíso de su propio sacrificio

y luego mirarse

en una imagen

que ya no es suya

 

(La historia de Hugo Beto: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/hugo-beto-el-hombre-condenado-y-anorado-nid943945 )

 

 

La colección Los Detectives Salvajes (2007-2015) – Poesía, política y memoria en la Argentina reciente- Por Emiliano Tavernini

La tesis del Mag. Emiliano Tavernini, aborda la colección de poesía Los Detectives Salvajes (2007-2015) de la editorial platense Libros de la Talita Dorada, poniendo especial énfasis en las expresiones poéticas de hijos e hijas de militantes setentistas que componen el catálogo.

Por lo tanto, se aborda en una primera etapa el contexto editorial en el que se inserta el proyecto de la colección –de recuperar la poesía escrita por militantes políticos desaparecidos o asesinados por el Estado genocida-, estudiando sus características particulares y las continuidades y discontinuidades que establece con respecto a la edición de poesía durante la década previa.

Además, se analizan las tensiones que produjo al interior del campo de la poesía la formación cultural nucleada alrededor de Los Detectives Salvajes, reponiendo las intervenciones públicas y las polémicas internas y externas.

En un segundo momento, realizamos un análisis crítico de los poemarios de hijos e hijas publicados en el catálogo (Juan Aiub, María Ester Alonso Morales, Nicolás Prividera, Julián Axat, Emiliano Bustos y Pablo Ohde), con el fin de caracterizar estas producciones como un corpus histórico emergente identificable de manera más extensiva alrededor del año 2007.

El fenómeno a estudiar cruza los campos de los Estudios sobre memoria, los Estudios culturales, los Estudios sobre la edición, la Crítica literaria y la filosofía, motivo por el cual proponemos un punto de vista transdisciplinario que implica una mirada compleja de la relación entre las prácticas editoriales y poéticas y el proceso político social en el que se sitúan.

 

Para acceder a la tesis: http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/75218/Documento_completo.pdf-PDFA1b.pdf?sequence=1&isAllowed=y

 

JULIÁN

Nacio

JULIÁN

                                                            Por Enrique Schmukler

Estábamos en el homenaje a los desaparecidos que en el año 96, por septiembre creo, hicieron en el patio del Colegio Nacional. Es triste el patio. Cada día de la primavera los pelotones de egresados pintan sus nombres con la ilusión de un minúsculo porvenir sobre cada laja del piso, pero al año siguiente otros más jóvenes, más alegres y con una pintura más espesa, los cubren, los hacen desparecer a casi todos. Hacía dos años que habíamos egresado Julián y yo del colegio y ya dos generaciones nos habían barrido de las lajas. De los nombres, tengo nada más el recuerdo de unas letras pintadas en color amarillo.

Había mucha gente entre el público y de pronto Lucía García, me acuerdo muy bien de ella porque había sido compañera de mi hermana Julieta en la secundaria y también, creo, como yo, estudiaba periodismo (o no, pero siempre la veía en los pasillos de la Facultad de calle 44 con los de la Haroldo Conti), desde arriba del escenario de tirantes instalado cerca de los baños que dan al área de física, Lucía García, que más o menos para cuando yo me vine a París se fue a vivir a Brasil con un novio matemático y hacía no mucho había sido una de las fundadoras de HIJOS, micrófono en mano, dijo: entre otras cosas que todos aquellos que lo desearan podían subir al escenario a decir lo suyo.

Entonces Julián, indómito –esta es una palabra que le encanta, que en sus libros siempre aparece–, indómito y salvaje podría agregar, pero discretamente, se fue desplazando hacia el escenario. Como el observador de ojos maliciosos que soy, un tanto perdido y al mismo tiempo presente, yo avanzaba detrás de él en mi impune segundo plano. Dejamos atrás algunas sillas ubicadas en fila para la ocasión y nos detuvimos sobre la margen derecha del gentío.

En verdad no creía que nos acercáramos por eso. Suponía que no se animaría aunque el verbo es impertinente. No, animarse, no. Simplemente lo conocía. O lo leía desde mi confusión de esa época y me confundiera al pensarlo. Suponía que no le interesaría subir al escenario y hablar ante la multitud. Que no era su estilo. O que pudiendo formar parte de su estilo, su inteligencia, su compleja inteligencia no le permitiría decir algo perceptible para la multitud.

Hubo de mi parte un segundo de distracción. Lucía estaba de pie en medio del escenario secundada por otros Hijos. Comenzó a decir:

–Ahora les quiero presentar a un compañero, a un Hijo como nosotros… que también es egresado del Colegio… Julián, a ver, haganlé paso a Julián.

Julián se hizo paso entre el grupo de laderos de Lucía, tomó el micrófono y habló. Me acuerdo perfectamente lo que dijo porque fue en cierta manera escandalizador. Bochornoso. Pero de un modo raro. Una frase corta. Me corrijo: más que una frase fue una fórmula. O más que una fórmula, el resultado de una fórmula. Mi sensación fue que se trataba de una fórmula complejísima y subversiva que sólo en apariencia, por el resultado, parecía simple.

Dijo:

–Sólo decir que nunca fui yo… sino ellos.

Acto seguido devolvió el micrófono y se bajó del escenario. Yo comencé a regocijarme por la evidencia incontestable de que nadie comprendiera un pomo y en eso lancé una mirada especular. Vi ex-alumnos de generaciones más grandes, padres de familias o quizás abuelos ya cruzar miradas incrédulas. Puede que me causara gracia lo que no debía, y que mi reacción fuera inmoral. Lo cierto es que reía.

Julián me buscó entre la gente y vino a mi lado. Nos quedamos de pie sin decir nada. En el escenario una banda de rock adolescente comenzaba a instalar sus instrumentos. Detrás, Lucía García y su mirada extraviada por la impotencia en el intento de completar el espacio en blanco que había dejado Julián tras su paso. Creo que tosió dos veces antes de volver a tomar la palabra.

–Luego de las palabras del compañero… esperaremos a que los chicos terminen de enchufar los instrumentos. Son alumnos de quinto año del Colegio Nacional. El grupo se llama Don Otario. Van a hacer covers del rock nacional.

Al terminar de decir eso se movió hacia un costado. La banda comenzó por una versión de “Heroína”, de Sumo.

Para mí el homenaje no daba para más (su sentido había sido clausurado por la fórmula ¿desquiciada? de un hijo de desaparecidos). Sin embargo, nuestra salida se vio demorada por un hombre con barba candado y el típico aspecto de militante setentista en épocas menemistas. Le habló a Julián:

– Yo fui compañero de secundaria de tu viejo, ¿sabés? Podrías haber dicho algo más… qué sé yo… emotivo.

Yo no creía estar riendo ya en ese momento. Igualmente, el pelado me increpó.

– ¿Vos de que te reís? –me miró. No dije nada.

Luego dio media vuelta y volvió a donde su esposa los esperaba con un nene en brazos.

– Entiendo –dijo Julián.

Pero no me lo dijo a mí ni se lo dijo al compañero de secundaria de su papá que ya no podía escucharlo. Se lo dijo a él mismo y al mismo tiempo dudo que fuera una respuesta. Dijo: “entiendo” robóticamente. A nadie.

Con el bullicio creado por los rockeros novatos de fondo llegamos al puestito de hamburguesas emplazado a las puertas del Colegio. Bajo la arboleda de tilos, era célebre el polígono de chapa verde no por las hamburguesas que ahí se cocinaban, sino porque el tipo que atendía, al menos en esa época, vendía marihuana fuera del horario de clases. O quizás únicamente a nosotros, que éramos fumadores precoces, nos vendía marihuana. Nos sentamos a una mesa de acrílico blanco y pedimos una Quilmes.

 

 

Recuerdo una noche increíble. Vestíamos remeras de manga corta y eso tenía un atractivo especial pues era la salida del invierno y se sentía la hermosa frescura de una renovación en la piel. Yo tenía por costumbre, y ya era un hábito inmodificable, una pared solidísima, jamás preguntarle nada a Julián sobre lo que le había pasado a sus papás. No preguntaba porque no sabía qué preguntar. Porque en todo caso ¿qué más había que saber? ¿Qué necesitaba saber yo además de lo que ya era vox populi? Esa noche no fue la excepción, no pregunté sobre lo que había pasado con sus viejos. Pero sí dije que no había entendido un carajo de cuanto había ocurrido arriba del escenario.

– No sos vos… sino ellos… ¿porque no recordás? –pregunté y me arrepentí.

Como toda respuesta se limitó a decir:

– Fue una limadez –y se sonrió.

No sé por qué pero me tranquilicé. En algún instante entre mi pregunta y su respuesta, temí que algo irremediable pudiera ocurrir en la vida futura de Julián y en nuestra amistad. O dicho de otro modo: siempre fue importante para mí saber que Julián se mantenía erguido. Era necesario no sólo para mí, diría para todos tener la convicción de que no se quebraría por nada del mundo. Se trataba de mi reaseguro. Julián cumplía el rol de guía explorador en mi vida y no podía flaquear. ¿Qué podía llegar a quebrarse para siempre? No lo sé. Pero al mismo tiempo no me podía sacar de la cabeza aquello que había pensado. Lo entendía o creía entenderlo recién en ese momento: no tenía ningún recuerdo de ellos. Si no tiene recuerdos es lógico que él fuera ellos. Todo eso pensé en ese instante y volví a arrepentirme de haber llegado a esa misma conclusión. Pero no dije nada. Me atuve, como se dice, a las consecuencias.

Debí anticipar o sospechar que Julián no iba a dejar que aquella fuera su última respuesta. Entonces dijo que tenía un sueño que volvía una y otra vez desde que era chico.

– ¡¿Desde cuándo?!

– Desde quinto grado. Pero no siempre –insistió

Yo pensé en quinto grado y me di cuenta de que fue en ese momento que nos hicimos amigos, Fran, él y yo, que antes no éramos amigos. Íbamos al mismo grado de la escuela Anexa pero no éramos amigos. En cualquier caso, el 87 había sido un año soleado de enero a diciembre. Pensé en los skates y en una herida de diez puntos de sutura debajo de mi rodilla derecha. También en lo mucho que me gustaba Luciana Pagani en quinto grado. Luciana, cuándo no, había sido novia de Julián, pero en séptimo.

Entonces Julián tocó por primera y única vez el único el secreto, quizás. Y lo develó esa noche luego de un homenaje impersonal a los desaparecidos de nuestro colegio secundario.

– Es un sueño no muy original… –me advirtió apenas–. Estoy en el departamento de mi abuela Chicha a una edad como de quince años. La impresión es que soy alguien que ya da sus opiniones y que es escuchado. Está mamá y está papá. Y está mi abuela con un bebé en brazos que soy yo. Es la noche en que los chupan, de eso estoy seguro. Yo miro a mis viejos pero ellos no me miran. Fuman nerviosos y apenas, de cuando en cuando, se ponen de pie y lanzan miradas por el balcón. Yo siempre veo ese balcón y pienso en tirarnos. En que si llegaran a irrumpir los milicos por la puerta de entrada nos podríamos tirar todos por el balcón y yo, en el sueño, sé que no nos moriríamos. Que a pesar de ser un séptimo piso caeríamos de pie mis papás, la abuela conmigo en brazos y yo. Zafaríamos y nos iríamos corriendo hasta el presente. Pero en el sueño nunca pasa eso. Lo que pasa es que mientras mis viejos deliberan (a veces veo dos revólveres recostados sobre el cubrecama), yo me preocupo sobre todo por mi abuela Chicha y por el bebé. Es más, a veces, mis viejos me piden opinión sobre qué hacer, como zafar de los milicos y yo en cambio digo o creo que digo cosas sin ganas y me vuelvo hacia donde está mi abuela y hacia donde estoy yo. Eso pasa en todos los sueños, irremediablemente. Lo que más me gusta es que mi abuela está recontenta y yo a veces logro no estar preocupado. Como si fuera un problema real, pero no tan grave. Económico. Como si a mis papás los fueran a echar del trabajo o ya los hubieran echado y no que los fueran a chupar para siempre. Pero entonces caen los milicos. Pero en el sueño no se manifiestan. O yo no los veo. Pero sé que cayeron. Que en la habitación de mi abuela está pasando algo terrible mientras yo me escondo con el bebé en brazos en un armario de la cocina donde se guardan las escobas. Entonces, sí, sé (no los escucho) que mi abuela pega dos o tres gritos. Después nuevamente la calma. Salgo del armario acaricio al bebé y mi abuela me dice: “Ya pasó, Julián”.

Julián se frenó de pronto y yo serví más cerveza. Como no recomenzaba y me parecía que le faltaba algo al sueño, le pregunté.

– ¿Y después?

– Y… se termina el sueño. Me despierto ¿Qué más querés que pase?

– No sé, creía que había algo más

– No –me dijo serio– en general es eso lo que pasa. Yo no tengo recuerdos de mis viejos pero tengo ese sueño.

– ¿En general?

– Sí. Tiene pequeñas variaciones. Hay veces en que el sueño sigue un poco más. Yo salgo a caminar indómito por la calle nocturna con el bebé en brazos y trato de buscar un banco para sentarme. Termino en la plaza Moreno que queda a dos cuadras y me siento en un banco. Entonces, a veces, dejo el bebé sobre el banco y me escapo corriendo yo también

– ¿Y a dónde te vas? –le pregunté.

– No sé –me dijo y miró en dirección a la avenida uno, desierta.

No dije una palabra durante un lapso prolongado pues no sabía qué agregar. Así y todo el sueño seguía pareciéndome inconcluso. Por no insistir sobre ese punto iba a decirle que hacía un rato me había puesto a buscar los nombres de mi división, quinto octava, en las lajas del piso del patio, pero que no los había encontrado porque ya había otros nombres. Le iba a preguntar si él había encontrado su nombre, con los de su división, quinto cuarta, en las lajas del piso, pero no alcancé a decir nada porque ya estaba Julián retomando el sueño.

– Me acuerdo… a veces, creo, me voy a las casa de Alicia, mi exnovia, que queda en Plaza Paso. Sí, casi siempre me voy ahí. Pero eso no está muy claro. Y otras veces me voy a una comisaría, ¿no te parece perverso ir a una comisaría? Increíble. Ese es el peor de los finales. Estoy en una comisaría y hay un cana que me habla y me consuela inclusive tocándome el hombro. Y yo, lejos de indignarme, porque la indignación viene cuando me despierto, me tranquilizo, le creo. No sé que me dice el milico pero le creo…

Nos quedamos sin decir nada un momento más. Yo pensé que si ese final no fuera un sueño de Julián, literariamente estaría muy gastado, en efecto no funcionaría por nada del mundo. Pero era así, pasaba.

– Lo más vomitivo es que en el sueño el comisario me habla como si fuera un padre, con ese registro tranquilizador.

Julián se sonrió como con vergüenza.

– Misterios del inconsciente, Quique –dijo y bajó los ojos. Luego tomó el vaso e hizo el ademán de un brindis.

No sé por qué yo seguía un poco decepcionado con al historia. Debe ser mi petulante personalidad. Julián me preguntó si había algo para hacer esa noche. No sé, contesté, caminemos por ahí. Después agregué que por qué no llamábamos a Fran, que él siempre estaba al tanto de algo. Dijimos que sí con titubeos porque la verdad ya era muy tarde y Fran vivía con la mamá.

Antes de que se perdiera definitivamente la conversación volví a preguntar:

– ¿Y desde quinto grado que soñás eso?

– Sí –contestó.

– Desde el ochenta y siete –dije yo–, el año en que nos hicimos amigos.

– Sí, desde el ochenta y siete –coincidió–. Once años.

– ¿Y te gusta?

– ¿El sueño?

– Sí.

– Me gusta y no me gusta. Lo que me gusta es que a la mañana siguiente me levanto con ganas, contento.

Como seguía insatisfecho iba a preguntarle si en general se levantaba triste o si cuando el sueño terminaba con el afecto paternal del comisario abría los ojos al día también contento, pero ya la iba muy de psicólogo. Así que desistí. Además ¿quién se levantaba contento? Pedimos dos cervezas más y las bebimos despacio. A las doce cerró el puestito verde. La noche era un buen lugar para descansar. Despacio dejamos nuestras sillas de plástico y nos pusimos a caminar rumbo al centro por la calle cuarenta y ocho.