El método generacional. Por Guido L. Croxatto y Julián Axat

Image

En “En torno a Galileo” (1933), un texto clásico, Ortega y Gasset sostiene que el desarrollo de la Historia puede explicarse a partir de la sucesión de generaciones. Una generación es el conjunto de personas que han nacido en la misma época y que tienen incidencia sobre este marco; pero no basta el hecho biológico compartido, es necesario que una generación se defina por su capacidad de acción, es decir, de producir o crear una cosa nueva a partir de una sensación compartida, generada. Los dos significados de generación (el sustantivo y el verbo) no pueden separarse.   El método generacional para medir la historia es arbitrario, en tanto periodiza en función de recortes  de quien la cuenta, colocando en su interior un ethos común que puede variar entre las personas que se ha elegido para representarla. Este abuso taxonómico de quien fabrica una generación para dar cuenta de ella o favorecerse (tan común en la periodización y el mundillo literario) en las generaciones políticas (que puede incluir a la literaria) queda desbordado por la capacidad real de organizar y sostener la irrupción de un conjunto de personas nacidas por cercanía, y que –por transcurso de un tiempo y pertenencia- están maduras para ejecutar un cambio. Es decir, no basta la idea de proximidad generacional para pensar “generación política”. Es necesario medir su potencia transformadora de la historia. Y ello se da o no se da. Si no logra potencia, entonces muere. Es generación de papel, o una expresión de deseo de quien la alienta.Asumamos ese riesgo.   Cuando decimos la generaciones de 1810, la de 1837 o de 1880, miramos hacia atrás y pensamos en un conjunto de personas que han nacido en la misma época y que definieron pautas de nación en un momento en que coagulan voluntades de transformación histórica de la vida del país. En ese derrotero grupos de personas (que lejos estaban de ser una vanguardia, sino en todo caso la irrupción de un vitalismo anónimo mediado por nombres que luego ocupaban cargos o se transformaban en personalidades) por pensamiento y acción, dejaron una marca inevitable en la invención de la historia institucional argentina.   Hay dos citas muy interesantes que contienen el concepto de generación y que al cruzarse permiten pensar la idea de transferencia (generacional), como un problema de “justicia”. La primera es de Juan D. Perón (gran lector de Ortega) en una carta dirigida a la generación del año 2000, escrita en 1947, que dice: “La juventud argentina del año 2.000 querrá volver sus ojos hacia el pasado y exigir a la historia una rendición de cuentas…”. La segunda es de Walter Benjamin: “A nosotros como a cada generación del pasado nos fue concedida una débil fuerza mesiánica, sobre la que el pasado hace valer un requerimiento” (Tesis IV)  Percibimos que la generación a la que le habla Perón, es la que nació a partir de 1970, atravesó la dictadura con pocos años, o recién nacía a principios de la democracia. El drama es la tensión dictadura-neoliberalismo-recuperación. Nuestros hermanos mayores fueron a Malvinas, nacieron en los 60 y adolecieron en dictadura, surgieron como “generación de tránsito o intermedia” entre dictadura, democracia y neoliberalismo. La diferencia generacional entre una y otra, es la que va del desencanto con la historia, hacia su reencuentro con la generación anterior.  Mientras la interpelación es el recorrido de un malestar a un recambio, la otra está interpelada por el corte y la novedad.   La interpelación se ejecuta o no. En el mensaje de Perón a la generación del 2000 es jacobina, juzga a sus padres. Les exige rendir cuentas. No ser obsecuentes con la herencia, tampoco dilapidarla. La idea de novedad, el corte de guillotina como consecuencia del “juicio” crítico generacional a la historia legada. El dilema no es memoria u olvido. El pasado subsiste aun cuando lo neguemos, el juicio de corte mantiene el cuerpo erguido del fantasma-padre. Así aparece la idea de búsqueda de un sentido, un deber: ¿con qué fragmento quedarse del pasado? El “mensaje” dejado por la anterior generación como requerimiento (político) y la capacidad de desobedecerlo (Hamlet): ¿Qué quieren o querían nuestros padres de nosotros como proyecto de Nación para el 2019? ¿Cómo pensaron y soñaron lo que estamos viviendo y los años que están por venir?   La generación de nuestros padres, en plena maduración elaboraba su potencia, asumiendo el mensaje de las generaciones pasadas (nuestros abuelos gorilas o peronistas atravesados por los golpes del 30 hasta el cambio 1945-55), pero en el momento de dar el salto de “voluntad”, fueron desaparecidas y aniquiladas por efecto del terror.   El Spleen de los 90 sigue atrapando a muchos de nosotros, aun apáticos y nihilistas no se sienten interpelados por un mensaje más allá del parricidio, la dilapidación o el olvido. El problema es si la capacidad generacional puede dar el juego político cayendo al vacío o osificarse en una burocracia. O quedar atrapados en referentes cuyo sesgo generacional es estar más cerca de nuestros hermanos mayores, y no funcionan como transito gradual entre un tiempo que no termina de morir y otro que no termina de nacer.Mientras la derecha coagula una pertenencia (también generacional) que -claramente- no quiere que deje de morir, hay otra elección que asume su tiempo para la transferencia, y de ese modo, cede expectante o subterránea a su turno del corte.    La historia no posee un fin, pero si actores que determinan las transformaciones en saltos, idas y vueltas, generaciones que se chocan, entrelazan, pierden, se diluyen o conquistan. Saliendo de la torre a la que fuimos confinados, asumimos el riesgo de que este método generacional sea exceso de atribución, incapacidad o error de cálculo. No perder la esperanza del mensaje es la clave de la sensibilidad compartida.

El mensaje truncado que hoy nos llega es una interpelación cuyo piso no es la revolución, sino rendición de cuentas y conquistas como las que van desde 2003 al 2013. A partir de allí todo el pasado se agolpa a nuestros pies y nos pide ir por más. Al igual que la generación de nuestros padres, ese “más” tiene que ver con una relación (distinta) con los débiles, con los desventajados, con todos los oprimidos de estos últimos 35 años de historia Argentina. Se trata de una relación de justicia basada en un modelo de país inclusivo, solidario, de “otredad” regional. La justicia no ya como juzgamiento. Como campo de ampliación y futuro.

La inseguridad en el asentamiento. Julián Axat Defensor Público Juvenil

(Entre Peajes, timing policial y justicia por mano propia)

 

 

La escena ocurre el día sábado 30 de marzo, y se desarrolla de la siguiente manera: un joven de 22 años y un amigo, deciden ir a comprar una cerveza a un kiosco ubicado a una cuadra de donde viven. El barrio es el llamado “Altos de San Lorenzo”, de los más humildes en las afueras de La Plata. Cuando salen, es ya de noche, una bandita en la esquina los para y les exige peaje.

 

 

“Pagar peaje” es una practica violenta arraigada en muchos barrios del conurbano. Los pibes históricos se la cobran a los recién llegados que pasan por su cuadra, y es una forma de generar señoríos y dominios sobre la fragmentación espacial. La apropiación de la cuadra es una practica cultural pocas veces tematizadas, y que en el fondo reproduce patrones narco-policiales (los dueños del territorio). Golbert Rocha, acababa de llegar de Bolivia para trabajar como albañil junto a su familia. Para Golbert Rocha, como recién llegado que era, pagar peaje era una puesta a prueba, la expectativa del dominio de “los otros” (que alguna vez también lo pagaron cuando desembarcaron en el barrio). Claro que si el peaje no se paga, entonces suele haber consecuencias. En el caso, la negativa al pago implicó amenazas, una pelea, y alguien que sacó un revolver y mató a Golbert en el acto.

 

 

Este tipo de homicidios dolosos coincide con los patrones e índices arrojados en el estudio publicado  por la Corte a fines de 2012, es decir, una modalidad cada vez más común de crímenes hacia dentro de las villas y asentamientos, que es producto de los procesos de pauperización simbólica y la violencia que la acompaña. Ahora bien, lo que por lo general no se analiza es cómo funciona o cómo se reproduce esta fragmentación en el tiempo de la re-victimización, y cómo cada uno de esos hechos vuelve a aparecer a partir del tipo de intervención policial, en cierta forma implicada. Me refiero a la gobernabilidad de la fragmentación y la violencia que desencadena los hechos.

 

 

En la historia que contamos aparece la policía, primero fuera de escena. Más tarde como el sujeto central que la gobierna en el hacer y no hacer. La policía del barrio suele tener una maqueta y prontuario de los dueños de la esquina que cobran peaje. Pues la policía, a su vez, les cobra peaje a los que cobran peaje; y ello puede venir con el paquete completo de menudeo y otros trabajos ilegales. Por eso el asesinato cometido por estas banditas, es desencadenante de una lógica policial que está siendo puesta a prueba, y corre riesgos de perder negocios. En esa lógica, nada mejor que la cautela, la espera, el tanteo o el olfato sobre las víctimas y su entorno. Esperar a su capacidad de visibilizar los hechos sin la ayuda policial, y en todo caso recién ahí intervenir o brindar su versión.

 

Ocurrido el asesinato de Golbert, pasan las horas y la policía no detiene a nadie. El malestar crece, los rumores sobre los posibles sospechosos pasan a tener nombre y apellido en una lista vecinal que enardece a la comunidad boliviana. Gente muy trabajadora y de la más cohesionada dentro del asentamiento, el crimen es un ramalazo, además de una afrenta interna a su origen y condición nacional. La reacción no se deja esperar y deviene pueblada hacia la comisaría. Los policías entonces salen a buscar nombres de un listado, y –a falta de verdaderas pruebas- los trae detenidos por supuestas contravenciones que nada tienen que ver con el más grave investigado. Luego los pasea por los calabozos para obtener información. El comisario se toma su tiempo, los lleva a reconocimiento médico, se comunica con la justicia, pero la explicación de la demora es para el fiscal irrazonable. El malestar de la comunidad boliviana ante la demora y la repentina liberación de los sospechosos, es percibido como tomada de pelo.

 

A partir de ahí nace la idea de hacer justicia por mano propia. La policía no lo desconoce. Solo maneja los hilos y tiempos. La justicia penal no actúa, porque espera que la delegación policial le traiga pruebas. La policía no lleva pruebas y es consciente de que aun no las tiene. La gente en su desesperación busca hacer algo que mitigue el dolor. Lo que sigue es una escena anunciada y repetida en el conurbano, y de la que tampoco existen estudios que den cuenta de ella: los vecinos retornan al barrio y una horda prende fuego cinco casillas en la que viven los supuestos sospechosos junto con sus familias y cantidad de niños.

 

 

Al otro día los hechos salen publicados en los diarios locales, sin mencionar los incendios, y toda la información está basada en fuentes policiales que, además, anuncia un posible sospechoso que pronto estará detenido. Los comentaristas on line piden mano dura, escuadrones y pena de muerte para los asesinos.

 

 

En algún momento de la tarde este defensor intenta hacer algo con la situación de treinta niños que quedaron esperando al lado de sus casas incendiadas. Pero como es Pascua, el único interlocutor posible sigue siendo la policía.

 

 

 

 

 

“Te quemo”. Una historia del fuego. Por Julián Axat

 

Hace poco intervine en la defensa de un adolescente que me contó cómo su pareja se prendió fuego un año atrás. El hecho que motivaba la entrevista era un robo, y la acostumbrada pregunta sobre antecedentes anteriores disparó el relato de cuando también quedara detenido. La historia era así (siempre según su relato): su ex pareja estaba muy mal desde que la conoció. Peleas con los padres, drogas, trifulcas con anteriores novios “ella buscaba un suicidio de a dos, prendiéndonos fuego nos purificábamos, decía”. Una tarde en la que discutían se puso violenta y le roció alcohol, pero como él logró zafarse, su pareja en señal de venganza tomó distancia y se echó el frasco por la cabeza. Prendió el encendedor ante su vista. Él trató de mojarla, tirarle mantas, pero no hubo forma. Murió a las pocas horas en el hospital. 

 

Mientras me contaba esta historia, ingresé al sistema y analicé las constancias. Efectivamente surgía la causa en la que el joven había sido detenido hace más de un año, pero liberado a los pocos días. La investigación fue breve. Existieron testigos que vieron la escena de lejos (por la ventana!) y dieron credibilidad a sus dichos. Hubo un Ferretero que contó a la policía cómo la mujer compró la botella de alcohol un día antes del episodio. Por otra parte existía un precedente similar en el que había intentado ejecutar el mismo acto en presencia de otro novio; y hasta una prima que se había suicidado de esa misma forma y a la que la chica idolatraba. Entonces la justicia creyó la versión del joven. Ahora, un año después, lo tenía ante mí por un robo en un kiosco y rememoraba el hecho rompiendo en un llanto: “No me puedo sacar la imagen de ella en el fuego ninguna noche, hay veces que siento ganas de hacer lo mismo, irme con ella…”.

 

La historia me llevó a investigar un poco más la cuestión. No por descreer la versión del joven, sino porque me inquietaba saber de casos que siguieran esa secuencia. Por lo visto, los suicidios a lo bonzo son menos, o encubren feminicidios. De Camboya a México y de Sudáfrica a Canadá, miles de mujeres viven con las marcas en su rostro de la violencia machista que usa como arma el fuego o el ácido. No hay estadísticas oficiales para evaluar fehacientemente cuántas son las víctimas de este instrumento de terror pero, según cálculos de la organización Acid Survivors Trust International (ASTI), se producen 1.500 de este tipo de agresiones al año, de las que, en su gran mayoría (el 80%) son víctimas las mujeres. El 90% de los atacantes son hombres; casi siempre conocidos o con alguna relación con la agredida.

 

Según un matutino en Argentina “… prenderse fuego entre parejas pareciera ser que ha sido la ultima moda a la hora de asesinar o dañar al supuesto ser amado. Entre el 2012 y 2013 se han registrado al menos diez casos de este tipo en su mayoría femicidios…” (La Gaceta, 2013) En Argentina, fue un símbolo el caso de Wanda Taddei, que murió en febrero de 2010, con graves lesiones luego de que su pareja (hoy condenado a 18 años de cárcel) la roció con alcohol y le prendió fuego. Desde entonces, más de 50 mujeres murieron quemadas en todo el país según el Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, coordinado por la asociación civil “La Casa del Encuentro”.

 

Pero la crónica periodística no se reduce al feminicidios. También da cuenta de mujeres que, por despecho o venganza, cierran la puerta de su casa y queman a su pareja adentro mientras ésta duerme. Presos que se queman entre sí, o prenden colchones en señal de protesta mientras sus carceleros no hacen nada para impedirlo (La masacre de Magdalena). Quemaduras de todos los grados rociándose con alcohol entre adultos y niños, o entre estos últimos “jugando”, situaciones que pone al descubierto la opacidad de estadística hospitalaria donde se presentan con la apariencia de accidentes domésticos, pero que los residentes saben bien se trata de violencia doméstica.

 

Hay sectores que tienen capacidad de invisibilizar o naturalizar los rastros de la violencia machista gracias al tándem policial-judicial que le es funcional, entre los sectores populares se hace más visible por la vulnerabilidad a la que están expuestos. La escena que más me impresiona es un fenómeno de extrema crueldad, del que pocas veces se habla: el linchamiento o ajusticiamiento popular en asentamientos que suele incluir el incendio de las casas (con o sin el agredido adentro) de supuestos violadores o asesinos en los barrios, cuando los vecinos descreen de la justicia, y la policía no se mete o libera la zona.  

 

Entre los sectores populares, en lugares donde no hay gas natural ni embasado, el fuego sigue siendo elemento central, metafórico y hasta literal del sistema de reproducción de la agresión. La frase “Te quemo” lo dice todo, y con ella se excede lo doméstico para pasar al ámbito netamente criminal. En el “Te quemo” está la ley del talión, también la apropiación de lo ajeno, y la inmolación; es decir, toda una cadena de violencia de espacios de disgregación, donde la idea de la purificación agresiva es mítica o, mejor dicho, arquetípica (Torquemada y la bruja en la hoguera).

 

Vuelvo a mi entrevista con el adolescente. Sus ojos clavados en la nada, como inyectados hablando de la perdida. En algún momento dudé, pero le pedí el nombre de la prima de su pareja; hurgué en el sistema. Todo se repetía: ferretería, familiares que observaban, amenazas anteriores y novio que contaba antecedentes similares de suicidio. Pensé en un falso copycat. Pensé en el tipo de justicia al que pertenecía. Miré a mi asistido, y continuamos con su robo. Declaró, y a los pocos días, recuperó la libertad.

 

 

 http://www.youtube.com/watch?v=fGg4uaSOygE

 

 

NADIE SABE LO QUE PUEDE UN CUERPO – Experiencias Teatrales en los Institutos de Encierro de Adolescentes de la Provincia de Buenos Aires.

Dejo aquí el link del brillante trabajo de Andres Cepeda, que facilita a los pibes encerrados a mejorar la confianza en ellos mismos y a encontrar en el cuerpo y el juego, una forma de ver el mundo. Como decía SPINOZA: “NADIE SABE LO QUE PUEDE UN CUERPO”: http://www.eltoldodeastier.fahce.unlp.edu.ar/numeros/numero6/LLDCepeda.pdf

NIÑOS QUE BRILLAN EN LA NOCHE. Por Julián Axat

Image

                                              a los pibes de Acumar

En el asentamiento sobre el Riachuelo

al mismo tiempo que la Curtiembre desova cromo

el agua ingresa en la sangre encendiéndola

la luz mala es alguien al acecho moviéndose en la noche

pobladores escondiéndose en sus casas y niños desovados

resplandor azul mezclandose con líneas aurigas dibujando formas

que el universo nunca hubiera previsto

LOS BORDES DE LA VERDAD. POEMA DEL DEFENSOR PUBLICO Y POETA GABRIEL E. GANON

Escribo en los bordes de la verdad
Entre las palabras tan falsas como precisas
Entre silencios, vacilaciones y mentiras
 
Recorro caminos sinuosos
ausentes de respuestas
cansado de escuchar y mirar
 
De escuchar y mirar el vació
el tortuoso vació de las palabras
ausentes cuando la muerte se viste de pobre
 
Entretanto desasosiego el tiempo avanza
veloz atravesado por sus custodios
viles guardianes de la palabra precisa
 
Las calles se cubren de sangre
de sangre humana también joven
de sangre pobre, de llanto
 
Llanto de lagrimas negras
como esa sangre q ya no es roja ni húmeda
porque a pesar del llanto cercano
la sangre esta seca, negra
 
sangre seca negra
como la tinta de los diarios q cubren la
crónica de la muerte de disparos policiales
sin respuesta pero peor aún sin preguntas
 
Ni preguntas ni respuestas sobre los balazos policiales
porque y para que preguntar si todos, todos, los balazos fueron en la espalda
Una espalda oscura de lo que fue un cuerpo joven
q no escucho más que el ruido, el ardor y el dolor
 
Ellos escribieron sin preguntas
sin preguntas sobre las coincidencias
Solo pusieron que se dicen que se dijo Alto Policía
 
Policía de Franco sin uniforme armado y en moto
unas motos que dicen así se escribió que
Facundo P., Facundo E. y Axel D. quisieron robar
 
Los Facundo y el Axel eran tan pobres
como jóvenes cuando la policía dice que dijo “Alto Policía”
y el ardor caliente que siguió al dolor tampoco se escribió