Profunda esta noche

Profunda esta noche

                                                                      a MNC

 

“Penetrate the evening that the city sleeps to hide…”

Jim Morrison. Moonlight Drive

 

 

Conocí a N. un viernes de invierno. En realidad, debo decir que ya nos habíamos cruzado varias veces, por momentos en los pasillos de la Universidad, alguna que otra vez en la típica monotonía nocturna de esta ciudad. Yo la miraba de reojo al pasar, ella me clavaba la vista sin vacilaciones. No recuerdo las primeras palabras de N. cuando me acerqué para bailar, solo vienen a mi los detalles de sus ojos suavemente achinados que me miraban, y me miraban; y sus labios que con el transcurrir de la noche se acercaban a mis oídos para susurrar algo que yo apenas escuchaba sino a jirones; siempre distraído en las formas que tomaban, tornándose cada vez mas sensuales, moviéndose como si succionaran con frenesí algún objeto extraño contemplado en el vacío.

Esa noche hablamos poco, pero lo suficiente y sincero como para presentarnos; y lograr darme cuenta que esa mujer era un todo indisoluble de alma y cuerpo, mientras yo me perfilaba como una pieza afilada y cortante, que gustaba diseccionar falsos platonismos. Recuerdo que la acompañé a su casa, y sin dudarlo me invitó a pasar. No recuerdo cuantas veces estuvimos follando, pero sí recuerdo que desperté a eso del mediodía y N. todavía dormida, sostenía mi cuerpo entre sus finos brazos, mientras me acariciaba la cabeza con tanta dulzura y dedicación que hasta llegué a emocionarme (N. es la única mujer que puede mantener la caricia durante toda la noche mientras permanece dormida).

Por aquellos días mi mujer y mi hija estaban de viaje, por lo que volvimos a encontrarnos con la misma intensidad la noche siguiente, y desayunamos juntos, y se hizo la tarde del domingo, y nos contamos con detalle cada una de nuestras historias. Algo me decía que esa velada no podría repetirse de la misma forma sin que yo me iniciara en toda una preocupación por los tiempos en los que se daría cada encuentro. Pero de algo estaba seguro: cada momento sería infinito, podría perderme en los brazos de N. y avanzar en la noche como si tocara fondo, como si nunca llegase a hacerse de día.

La historia de N. no me parecía tan compleja. Vivía con su hermano G. unos años menor que ella, quien permanecía poco en la casa. Sin embargo, cuando él se aparecía gustaba recluirse sigilosamente en la cocina, sentarse a comer y mirar televisión durante horas, sin molestar a N. (siempre preocupada por la vida y los movimientos de aquel personaje ermitaño). Se notaba que entre el uno y el otro había bastante respeto.

De tanto en tanto, los visitaba también su madre, una mujer de una belleza sumamente extravagante, pero con una impostura afrancesada en la voz, que le alejaba rápidamente la simpleza tan particular de aquellos rasgos finísimos y delicados. Ella entraba, observaba el estado general de la casa, lavaba los platos, barría los pisos, y se marchaba dando alguna que otra instrucción a su hija que la miraba distanciada, casi sin escucharla, como si el largo silencio mantenido entre ellas de pronto se fuera a romper, y aquellas palabras tensadas se convirtieran en un largo llanto alguna vez apagado con el propósito de no culparse. Pero N. en realidad me contaba que sufría por su papá, quien por alguna rara casualidad llevaba un nombre muy breve, que comenzaba con la misma letra que el mío, pero que a su vez, por alguna misteriosa coincidencia, era también el segundo nombre de mi padre. Y cuando hablaba de él, sus ojos achinados se cerraban mas de lo normal, dejando entrever una pequeña angustia instalada por un momento en su pecho, hasta que una gota se perdía entre los vértices de su lagrimal.

  1. se llamaba su padre. Era abogado. N. ya a punto de recibirse seguía sus pasos; y para justificarlo se despachaba de las injusticias sociales, de cuando lo echaron del laburo, de todo lo que sufrió, de su desgano actual ante el mundo. Algo me decía que seguir la profesión de su papá, mas que una vocación, en N. se transformaba en alguna forma de esperanza, una fuerza o incentivo paralelo que le permitiría redimirse y devolver la alegría perdida que existiera alguna vez sobre el rostro de su progenitura .

Como siempre, no tardé en despacharle a N. toda mi historia de ser hijo de desaparecidos, historia que – si bien desde un principio no parece tan simple -, la mayoría de las veces se torna en un vanidoso relato de presentación, un señuelo, una carta, un trofeo, la pantalla que tarde o temprano me hace mas parecido al “otro” de lo que yo intento apartarme. Solo para mostrarme extravagante.

Recuerdo nuevamente aquella noche en la que nos conocimos. Fue muy breve. Habíamos dejado de bailar y estábamos sentados en un rincón del salón. N., a pesar de la música a todo volumen, me escuchaba con dedicada atención: “Sabes como viene la mano con los desaparecidos” – le dije, “… Sí, creo que sí” – dijo N. pensativa, “… tengo una amiga que también tiene los padres desaparecidos y vive con la abuela, lo raro es que nosotras siempre lo supimos y ella nunca jamás hizo un comentario al respecto. Alguna vez me gustaría tener la posibilidad de hablar con ella y que me cuente un poco lo que le pasó, que se yo, darle un abrazo, preguntarle como se siente. Pero el tema de la muerte … sí eso sí lo viví bastante de cerca, mi tío enfermó y falleció también hace un tiempo. Fue para todos una tragedia, los chicos se quedaron solos…, pero igual sé que el tema no tiene nada que ver con lo tuyo…”. Y cuando terminó de decir estas palabras me abalancé sorpresivamente sobre sus labios, y no recuerdo cuanto tiempo pasó, ni que movimiento hicimos; si sé que por un momento abrí los ojos y no había ni música, ni gente, ni nada mas que N. y yo sentados frente a frente. Creo que esa noche faltaba el mundo.

Hablamos mas de la muerte, de los caminos de la memoria, de la lucha perdida de los setenta, de la lucha actual; en fin, debo decir que en principio subestimé un poco a N.. Poco después, creo que fue cuando me escribió una carta titulada “Ella y Él”, cuando pude darme cuenta que no solo me equivocaba, sino que por el contrario, N. tenía toda la capacidad para fundirse en todo mi asunto. La carta que hoy conservo dice algo así:

 

“Mamá: perfección de la pureza, ojos de almendra, simpleza; Papá retrato de la dureza, del hombre trabajador, de aquel que utiliza la fuerza con fines loables, J. : síntesis, el tercero, que se pregunta si debía llorar más… mamá, ella, se pregunta si su hijo la extraña, lo necesita, desespera, llora, sufre. Todo a solas. ¿Por qué?, ¿Qué perseguía?. Todo estaba hablado de antemano, todo se sabía. Se había arreglado con quién y en manos de quién quedaría J. . Papá: tiene la seguridad de que el amor de su mujer lo haría mas fuerte. Sabía que ella era incondicional. Que dejaría todo por él. Que sin él no podría soportar la vida, que su hijo, el único, el que amo y desea desde la concepción. Sí, desde el primer momento en que ella con su mirada espejada, llena de lagrimas le comunicó que dejarían de ser dos, para pasar a ser tres. Pero quien se haría cargo de esa pequeña vida. Ellos sabían el destino. Estaba escrito en sus corazones. El objetivo era firme, los ideales también. Entonces, lo dejaron a salvo, cual mecías que recorre un río sin tener conciencia del destino final. El amor de estos seres proféticos se proyecta en el tercero, que es la vida, la proyección del amor. Es lo único que dejaron, le dejaron la carga mas pesada que un hombre puede tener … encontrar la mujer que personifique a ella, y llegar a ser el hombre que lo personifique a él.”.

 

Firmaba simplemente M.N.C. Con estas palabras sabía que N. sería inolvidable, al punto que  ya comenzaba a sentir un poco de miedo.

El circulo vicioso lo llamábamos; sí, algo que iba y venía, el eterno retorno de lo mismo (Nietzsche!!), el rostro de N. que nunca envejece hoy en mi memoria y se repite incansable como los días; y la veo acercarse tan aniñada, me abre la puerta de su casa llevando en todo momento una sonrisa cargada de suma dulzura, y se sonríe picara diciéndome que pase, mientras me besa con falsa inocencia la mejilla. Esta escena o retrato se repite como en Wilde, como la primer novela que le regalé a N., que mejor dicho le arrojé por debajo de la puerta para sorprenderla, y ella al otro día ya la tenía leída, y se desesperaba por enseñarme cada uno de sus comentarios.

La voracidad intelectual de N. no tenía fin, leía cuanto le prestaba, le regalaban y le llegaba de alguna que otra forma a sus manos: filosofía, historia política Argentina, arte, literatura, derecho; no paraba de leer, quería intercambiar sus opiniones con migo, quería enseñarme su punto de vista del mundo antes o después de hacer el amor. Yo la miraba y me perdía nuevamente en el movimiento de sus labios, en sus ojos levemente achinados. Y se viene de pronto a mi mente la obra de Cortázar, recuerdo aquella tarde tirados en los largos pastos de la plaza San Martín cuando le regalé aquella novela monumental llamada Rayuela, que rápidamente pasó a ser fragmentos de cada encuentro, de nuestras palabras, de sus ojos que ya no serían los de N., sino los de la Maga, del lugar que se convertiría rápidamente en un Paris del exilio; del Capitulo 9, poniéndonos a jugar al cíclope, de las idas y venidas de Horacio. La Maga, – dijo N.: … sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora es la noche, su puente el Pont des Arts … y mirá que apenas nos conocíamos, y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente (escrito detrás de una vieja foto en blanco y negro, con la carita de una chinita regordeta y hermosa que no debe tener mas de un año).

Pero al fin y al cabo, por pequeños momentos que duraran cada uno de nuestros abrazos, siempre eran tan intensos y frugales que perdía toda noción del mínimo de racionalidad que alguna vez me caracterizara; porque sin duda, yo tenía absolutamente fuera de control toda la situación. Así vivía: me escapaba por las noches en forma sigilosa mientras mi mujer dormía (o se hacía la que dormía). Sin duda, estaba desenfrenadamente obnubilado con el cuerpo de N. que me esperaba y recibía con urgencia abierto, desnudo en la profundidad de la noche para envolverme, y yo la penetraba mientras cerraba los ojos sin querer nunca mas abrirlos, susurrándole al oído cosas perversas y maravillosas, hasta que bien en lo alto de no se qué epicentro, mareados de placer, nos dejábamos caer al precipicio, hasta que el sufrimiento aparecía rápido, efectivo, cortante (en realidad, de alguna forma ya estaba instalado desde un inicio), y nos despegábamos suavemente del aluvión de flujo que nos unía, porque tenía que dejarla, sí, en ese mismo y preciso lugar en el que me había recibido, ahora tan fría y sola arrojada en su propio regazo. Cuando me despedía, yo presentía que N. luego lloraba mucho; mucho, mucho. Pero no sé porqué tenía la falsa esperanza de que pronto se quedaría dormida.

Ese año fue bastante difícil para mí, estaba cansado de trabajar en la Obra Social, la militancia, estaba como delegado gremial, la difícil o casi imposible convivencia con mi mujer, mi hija que crecía y necesitaba de su papá, también escribía un poco cuando podía (puros mamarrachos), el ritmo de la terapia, y hasta las últimas materias que me quedaban de la maldita facultad; sí, el bodriejo de Abogacía que de un último esfuerzo pude terminar. En todo este fabulosos marasmo, en este cóctel explosivo de circunstancias, N. (sin dejar de ser ajena a toda esa confusión), pretendía ayudarme, me alentaba, me decía que no me preocupara, que si no me recibía ese año lo haría como ella el año entrante. Yo apenas la escuchaba, en todo caso, prefería perderme en sus ojos o en el silencio de cada una de sus caricias.

Estudié mucho recuerdo, aquellos últimos meses se mezclan con bastantes cosas yendo y viniendo en mi cabeza. Pobre N., ahora me doy cuenta en el medio de qué embrollo la tenía metida. Pero lo hablábamos, yo le trataba de explicar lo transitorio de las circunstancias, ella parecía entender (o eso es lo que yo creía). Y asentía con su cabeza sin indiferencia como segura de lo que hacía, tomándome de la mano, buscando mostrarse como una verdadera compañera mientras me decía que aquello no tenía un santo remedio, que la ausencia no se llena así tan fácil de un golpe y se acabó. A esto viene la siguiente parábola que N. me escribió por aquellos días:

 

“A J. le falta una pieza. La perdió y no se acuerda dónde la dejó. Piensa que no la va a encontrar más, que la pieza es de tamaño tan pequeño, y a la vez de importancia tan grande, que no la hallará nunca. Él está convencido (o cree estarlo) del hecho de que si no obtiene esa pieza, el rompecabezas forma una figura que no consigue ser perfecta. Lo que no sabe J. es que a todos los hombres les sucede lo mismo (Nota: esta generalización nunca me gustó). Si abriera el corazón, si se dejara llevar por el amor, si me dejara entrar en él despacito, de a poco, por ahí, quien sabe, el rompecabezas no le pesaría tanto.”

 

Lo titulaba Rompecabezas, y volvía a firmar M.N.C.

El año terminaba y mi cabeza estaba a punto de estallar. Se vino la inevitable separación con mi mujer, se precipitó a su vez el viaje a Europa planeado desde hacía una década con mi amigo F. Para ese entonces yo estaba muy mal, pero recuerdo que N. todavía estaba ahí, y la frecuentaba mas seguido, dormía en su casa muchas noches y hacíamos el amor con desenfreno durante horas, como recuperando todo ese tiempo que nos faltaba para el cuerpo y nos tenía tan limitados. Para ese entonces N. se había mudado a la habitación de sus padres, un lugar bastante húmedo, cerrado y desolado en el medio de la casa, que por su estado general, daba la sensación de que nadie dormía allí desde hacía bastante tiempo. Ella ponía el despertador bien temprano, se levantaba, preparaba dos tazas de café con leche bien caliente, y me despertaba con besos suaves y puntuales, hasta que volvíamos a hacer el amor, y salíamos con otra frescura cada uno para nuestros respectivos trabajos. Pasaron unos días y me contó que había soñado con migo, “Yo nunca sueño con un hombre que me hace el amor”- me dijo, “Solo con A. pude alguna vez soñar”. A. era su antiguo novio al que ya poco se cruzaba. Entonces volví a tener miedo, y le dije a N. que la quería mucho. Para ese entonces creo que la quería demasiado.

En los días que siguieron, a veces buscaba distanciarme a propósito de N., pero cuando pasaba nuevamente por su casa, la encontraba angustiada, con tantas ganas de llorar; y me preguntaba porqué me no había pasado a verla. Qué le podía decir. Nada. Solo necesitaba que la abrazara, y así lo hacía, durante un largo rato. No sé exactamente cuanto.

Viajé a Madrid a fines de Diciembre, el viejo mundo me esperaba con los brazos abiertos. Necesitaba despejarme un poco, caminar solo, conocer lugares, sumergirme en otros aires.  N. sabía que a mi regreso algo iba a cambiar, eso era seguro, porque así lo habíamos hablado. Sin embargo, mantuvimos una extensa correspondencia electrónica donde yo la hacía parte de cada uno de los detalles que vivía; ella me narraba los cambios internos que estaba sufriendo, por momentos dejaba traslucir cierta melancolía, por otros me daba letra y se despachaba risueña de las travesuras que uno podría llegar a hacer en todo aquel inolvidable periplo.

Fue por aquellos días que caminando por las callecitas de la deslumbrante y renacentista Florencia, cuando compré el gastado libro de lomo antiguo y de páginas amarillentas con el que completé día a día las cosas que me iban sucediendo, los lugares que visitaba adobado con fragmentos de prosa que desde meses atrás ya eran parte de nuestro mundo. El diario de viaje o mejor dicho: el cuaderno de bitácora, estaba dedicado a N.: Esa maravillosa mujer…, y significaba para mi, de alguna que otra manera, la necesidad de actualizar su presencia en ese lugar; en definitiva: todo lo que la extrañaba.  Esas páginas garabateadas a tientas con un desgarbado lápiz, las recibió de mis manos la noche misma que nos volvimos a ver.

En efecto, volví del Viaje a principios de Febrero,  bajé del avión y esperé a N. en un Hotel de la ciudad como habíamos convenido. Todo un pacto secreto tejido sobre el reencuentro. No tardó en llegar, sonriendo como siempre en la noche, pero algo andaba mal, no sé, sus ojos que intentaban decir algo que su boca le prohibía. Yo percibía de a poco su preocupación. El abrazo de ese reencuentro fue uno de los mas hermosos que recibí en mi vida, estuvimos entrelazados bajo un árbol de la plaza durante mucho tiempo, yo apretaba a N. contra mi pecho, y ella hacía esfuerzos por contener el llanto. Cogimos, follamos, hicimos el amor con desenfreno casi toda la noche. Le conté algo mas sobre el viaje (ya era una experta del recorrido). Por la mañana tomamos una ducha  juntos, nos secamos cuidadosamente, y en eso, justo cuando comenzaba a vestirse aproveché para tomarle las dos fotos que aún me quedaban cargadas en la cámara. Le apunté ahí, contra la ventana que daba a la plaza, y de pronto sentí como si gatillara sobre su imagen buscando un movimiento de captura, como si en aquella foto le estuviera robando el alma para siempre. Sé que en principio, cuando se las mostré no le gustaron (eran fotografías en blanco y negro que dejaban ver los detalles mas pequeños de su rostro), pero luego supe que las había pegado en su habitación, y todo aquel que por alguna casualidad por allí pasaba, siempre le elogiaba la imagen. La foto. Repito lo que dije en un principio, N era indisoluble, pero a partir de ese momento N. había dejado de tener alma.

Pasaron varias semanas y volví a encontrarme con N.. Hicimos el amor solo algunas veces mas. Una de esas noches insistí nuevamente en fotografiarla, pero esta vez sería sin nada, completamente desnuda. Pensé que se negaría, pero accedió sin problemas. Ella se tapaba el rostro y yo jugaba a ser un pequeño panóptico u ojo que se metía donde quería, de forma de ir cortando y atrapando con cautela cada porción suelta de su alma. Detrás de aquellas íntimas postales hoy rezan algunas frases que una noche solitario y extasiado apunté:

 

“Ruedan tus cabellos

         por tus cándidas formas

  como un extraño río,

       que esparce

           su raudal

           crespo y sombrío

                     y las rosas

encendidas de mis besos

alguna vez

           en esta imagen,

    yo agónico

          y sediento,

           pertinaz vampiro

que de tu sangre pude dar sustento,

       solo tengo

                  la sombra

 la que esa vez se desprendió

de tu cuerpo

                      para duplicarte,

   y me hace el amor todas las noches,

mantiene los pezones

                               trémulos

                                     erguidos

    y me los clava

                   cuando suspiro,

    así te recuerdo.

                       N…”

 

¡Cuántas poesías como esta quedaron guardadas en mis alforjas durante aquellos tiempos!. N.  recibía solo alguna de tanto en tanto. Como siempre se las encontraba arrojadas por debajo del portón del garaje. A veces me pregunto que habrá hecho con todas ellas, ¿las tiró?, ¿las conservó?, ¿las leyó…?. Sé que al principio las tenía todas juntas apiladas en la biblioteca de su cuarto, ahí también había otros libros regalados, cartas, escritos cifrados en servilletas; en definitiva, un montón de mensajes – manuscritos no solo bajo la sencilla característica de la inutilidad (como este cuento que escribo!!!), sino que guardan, a su vez, la opacidad propia de la mayoría de las poéticas ensimismadas y jactanciosas (suena a falsa modestia, pero es así).

En fin, creo que para esa altura sus padres y amigas estaban demasiado preocupados por ella, todo nuestro asunto ya se había tornado en un entramado complejo y oscuro, por lo que para N. significó, una difícil pero necesaria decisión: cortar con toda esta locura de una buena vez.

El último roce con N. se sucede dentro de un boliche justo al lado de su casa, creo que ella estaba borracha, yo había tomado bastante, pero podía controlar perfectamente lo que ella hacía. N., ya sin alma (puro cuerpo), está con las amigas, no me ve; o como siempre se hace la que no me ve. Yo me le acerco lentamente – hay mucha gente en ese lugar -, ella le sonríe a su gran amiga, la hermosa señorita L., quien acostumbra a sostener su cigarro con absoluta seguridad y elegancia, para luego arrojar el humo en uno de los gestos mas sensuales que haya podido observar en mi vida (no sé porqué, pero me gustaría atribuirle este encanto a un exceso de psicoanálisis). En eso N. me ve, la sonrisa se le borra de la cara. Le pido de hablar, duda por un momento, pero se acerca. Al principio conversamos solo pavadas, volvemos a perdernos alrededor de toda esa gente, como la primera vez que la conocí, solo ella y yo, entre las voces, el humo, y la música que se cruza disonante. Todos están como si no estuvieran. No interesan. N. me pide que la acompañe afuera, que sus amigos están reunidos en su casa. La acompaño entonces a la entrada de la casa, de pronto se acerca y en un instante la sostengo con fuerza contra mi pecho. N. por fin se relaja, y se deja abrazar, pero continúa triste, muy triste; lo sé porque a pesar de estar un tanto borracha, guarda silencio, un silencio sepulcral. Me alejo mientras la miro, ella me saluda para siempre y entra a la casa.

***

Hasta acá, y por todo lo que he contado, se supone que mi actitud ante N. ha sido siempre demasiado cobarde, arrojado a una inútil y estúpida distancia contemplativa, una especie de voyeurismo insípido del lenguaje y de la poética, que además de no llevar a nada, ponía en funcionamiento esa máquina absurda de la vanidad que permite desear, permite sentir, permite querer; pero uno, en el mismo juego, como si estuviera masturbándose a cada instante, nunca se termina decidiendo – valga la redundancia- , mas que por uno mismo.

Pero N. siempre ahí, sola y su cuerpo. No olvidemos aquel momento…  puro cuerpo.

Lo que sucedió después nadie lo sabe, ni siquiera N. Lo cierto es que volví del viaje a Europa y me alquilé con urgencia un departamento para vivir solo (esto sí lo sabe N., porque creo que pasó allí una noche), y en él estuve encerrado por bastante tiempo. No veía a nadie, solo leía y pensaba en todas las cosas que entraban, estallaban y se fugaban de mi cabeza sin dejar un mensaje consistente. A veces N. estaba presente en aquellas reflexiones; pero ya solo por esas frases escritas fechadas el 21/IX/00. Hacía ya un tiempo que ella se había encargado de llevar la nota muy temprano a mi trabajo, en un sobre cerrado que decía tan solo: “Para J.”. Su contenido acá lo transcribo:

 

“Me pregunto que pensarás o sentirás por mí. A veces te siento tan distante, que te invento y creo cerca de mí. Disfruto extrañarte … pero mas disfruto estar a tu lado. No se sentís lo mismo que yo… Cómo saberlo?. Nunca dudes de mis sentimientos. Te advierto que mis actitudes pueden darte a pensar que no tengo interés en vos. De hecho me interesas mas de lo que te imaginas. Es muy finita la imaginación?. Si tu imaginación es grande, proyectá un jardín para los dos. Quiero vivir ahí, pero no sola, te deseo a mi lado. Te llenaría de besos, de flores, de mi olor. Te bañaría y cuidaría. A veces pienso que necesitas muchos mimos. A mi me encanta hacer mimos. Vos necesitas lo que yo tengo. Si vos querés, algún día … en ese jardín te voy a dar eso que andas buscando.”

 

Esta vez solo firmaba N.

Releí la nota tantas veces que ya me la sabía de memoria. Y la recitaba para mi mismo mientras caminaba, le modificaba las oraciones de lugar al punto de analizar si tenía algún mensaje oculto que por imprevisión yo hubiese pasado por alto.

Una de esas noches no pude dormir, las palabras de N. (ahora la arrogante Dra. N.) bailaban con desenfreno en mi cabeza: pro-yec-ta-un-jar-dín-pa-ra-los-dos-vi-vir-a-hí-te-de-se-o-be-sos-flo-res… Salí temprano, creo que eran eso de las siete de la mañana. Estaba decidido a dejarlo todo por ella, no me importaba nada mas que tocarla por primera vez (solo cuerpo), dejar atrás la esterilidad de las palabras para mostrarle efectivamente todo lo que la amaba. Y volver a abrazarla; sí, abrazarla hasta el cansancio, consumirla entre mis brazos, acariciarla con toda la  dedicación que ella me había dado durante esos días. Volver a la potencia infernal de la primer vez que nos fundiéramos (en la noche), como cuando volví de Europa (en la noche), como la última vez que nos habíamos visto (en la noche).

Mientras caminaba para su casa, N. seguía ahí, revoloteando en las ideas (ahora también mi cuerpo), punzando mi cabeza casi a punto de estallar. De pronto recordé:

 

“Por lo menos una vez al día siempre me imagino tu rostro. Qué difícil, siempre tan lleno de grises, de surcos abiertos como en tinieblas…”.

 

Pero al llegar a la puerta algo me dijo que todo esto era una locura. Pero decidí seguir adelante con el inicial impulso de llegar hasta allí. En ese instante, justo allí parado, vacilé mareado: ¿dónde está N.?., ¿N. existe?, ¿quién escribe N.?, ¿estoy enfermo …?. Alguien salió de la casa como de golpe, no me vio; yo me hice a un lado en un rápido movimiento impensado, quise estirar mi brazo y alcanzar ese cuerpo, pero nadie me reconoció. Seguí sobre sus pasos lentamente, acechando una sombra, un espectro sin nombre, mi suplica desesperada que se perdía, se desencontraba convirtiéndose en un grito de desgarro sin respuesta.

 

***

Me casé con N. hace ya unos años. Tenemos tres hijos de los cuales dos son de ella. Vivimos lejos del ruido, mas precisamente en el campo. Olvidamos los desencuentros, y con ello la poesía que se vive, la ausencia de la que se habla, las angustias y rencores que se acumulan. Hace ya un tiempo que con N. decidimos dejar juntos la maldita profesión. Ahora disfruto solo su cuerpo, y en silencio. Acá sobra el silencio. Y el roce de su mano sobre mi espalda meciéndose lentamente durante la noche; porque N. todavía me seduce con los encantos y el misterio del mimo mientras duerme. Hay mucha humildad en todo esto. Durante el día cocina para todos, y yo la ayudo. N. parece feliz, y ahora le gusta sonreír en cada abrazo que nos pierde.

 

 

 Tandil. Agosto del 2002.

 

LOS MIRABAN DE LEJOS

LOS MIRABAN DE LEJOS

a M. G.

 

 

“de chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan, la ñata contra el vidrio, en un azul de frío…”

  1. Manzi.

 

Los miraban de lejos, era como si se acercaran lentamente dos puntos negros que iban tomando formas varias a medida que se acercaban. Una mujer y un hombre. Ella apenas rubia, o con una tonalidad que tanta oscuridad no dejaba ver, el pelo suelto y las manos perceptibles que lo acomodaban detrás de una oreja en un gesto delicado, o acaso, la sencillez de las facciones: delgada o desgarbada, restos milimétricos de una adolescencia perdida tantas veces recobrada, movimientos dóciles, suaves, en una cadencia de silencio la fragilidad entera de sus pasos, parejos, acompasando los pasos de su compañero, ahora a su lado: hombros gruesos, labios gruesos, seño fruncido, piernas claramente chuecas formando un extraño y gracioso paréntesis a la distancia, pasos pesados como golpes, perfil romano,  nubes grises en la mirada que evidencian larga lucha por despejarse. Caminan de la mano, no se sueltan, van como riendo, van por calle Valenzuela, Buenos Aires, San Telmo, día viernes de invierno, por la noche. Está oscuro, algunas farolas iluminan las esquinas dónde todavía, a esa hora,  se avizora cierto movimiento.

Los miraban de lejos, pero ahora están cada vez más cerca y a sólo pocos metros, la pareja no los vé o parece que sí, pasan delante de ellos pero los ignoran. Martín y Mariana están tirados en el piso sobre un costado de la vereda, comparten una botella de cerveza que Martín pudo comprar con las monedas que junta todas las tardes cuidando autos en Bilinghurst y Corrientes.

 

– Son lindos, -dice Mariana – ella se ríe todo el tiempo, él seguro que se la pasa diciéndole pavadas…

– Vos lo decís de envidiosa… es porque te gusta la pilcha que llevan-. Martín se enfurece, siente impotencia cada vez que su novia se pone a mirar a la gente que pasa y hace comentarios sobre ropa, movimientos, caras, etc. Para Martín, su chica es como su mamá frente al televisor, todo el día hablando sobre la pilcha de la Legrand, que el auto de Susana Giménez, viste los zapatos de Tinnelli…

– Podemos seguirlos – dice Martín- veamos qué pasa, a dónde van; a mí me parece que el tipo ese no es más que un cheto, un porteño cajetilla que se quiere levantar a la minita, se cree que ésta es su noche; sinó mirá como camina el muy ganso, a estos me los conozco de memoria, les cuido el auto todos los días…

– Dale, Martín, vamos, te apuesto lo que quieras que el tipo lleva a la chica a cenar a un lugar bárbaro.

 

Martín piensa que esa noche no tiene un mango, que le gustaría llevar a Mariana a comer unos ravioles con tuco a la Fonda de doña Chola, jugar unos pool con bermucito, y terminar haciendo el amor borrachos de vino en el telo del rioba. Pero esas son fantasías, vuelve a pensar Martín, cuando no hay guita, no hay guita.

Aproximadamente treinta metros más adelante sigue caminando la pareja ensimismada en su charla, engolosinados en un aire de encantamiento, un halo mutuo que impide se contagie o distraiga con banalidades de la calle. Se abrazan, se besan, caminan unos pasos, se ríen cómplices, se vuelven a abrazar, se besan, caminan. Atrás, Martín y Mariana los siguen mientras observan cada actitud, cada movimiento que clasifican y comentan entre ellos con suma curiosidad. Cómo les gustaría ser aquellos dos, aunque sea por esa noche, naufragar así bajo el mismo encanto, la misma mirada, la misma cadencia: Martín pisando fuerte, Mariana levitando dócil. Dejar atrás esa calamitosa realidad que los persigue desde chicos, desvestirse de su condición social al menos esa noche. Soñar es lo único que pueden hacer. Pueden abusar de los sueños, piensa Martín ya casi a dos metros de la pareja.

De pronto, los ven ingresar a un taberna conocida de San Telmo, allí parece hay mucha gente, se sientan afuera, bajo el toldo en una mesa larga tipo tablón, en la que hay sentada otra pareja. Adentro suena una guitarra, las voces de la gente confunden la melodía del instrumento en un cuchicheo ruidoso y  sucio. Martín y Mariana están afuera, los observan perplejos desde la vereda y a través de un pequeño ángulo que deja abierto el toldo. La pareja toma la carta y sigue departiendo vaya a saber sobre que tema; de repente ella se para y se dirige hacia dentro, quizás al baño, quizás a preguntar algo. Allí Martín decide entrar en escena, Mariana lo intenta detener, Martín se abalanza hacia el hombre que ahora está sentado justo en la cabecera de la mesa leyendo concentrado la carta.

 

– Señor, disculpe, tiene una moneda para el micro,– El hombre ni siquiera lo mira, lleva automáticamente la mano a su bolsillo derecho y le extiende una moneda de un peso sin siquiera llevar los ojos hacia arriba. Martín agradece y sale enfurecido.

 

Mariana observa los movimientos de su compañero, por momentos le da mucha gracia la situación desopilante que desencadenó su comentario que los llevó hasta allí. Por momentos, Mariana alcanza a sentir una profunda tristeza por estar ahí parada; más ahora que regresa Martín cargado de frustración y total impotencia.

 

– Me dio una moneda de un peso ese hijo de puta…

 

Ahora los dos se sientan en el cordón, Martín saca un montón de moneditas del bolsillo, las cuenta: cuatro pesos con veinticinco centavos. Lo dice con euforia, como dándose ganas:

 

– ¡Cuatro pesos con veinticinco centavos!

 

Mariana suspira, lo mira con la misma tristeza que hace un instante, lo piensa: “las locuras de Martín, lo amo profundamente…”.

La noche está estrellada, fría noche de viernes. San Telmo comienza a llenarse de gente. El tiempo corre, pero Mariana y Martín siguen atrapados con los movimientos de esa pareja, están como obsesionados, en cada mirada se proyectan en ellos como si alguna vez también pudieran estar allí sentados, cenando, sin todo ese desasosiego que hoy llevan adentro.

El hombre, sigue muy cómodo en la cabecera del tablón, la chica a un costado lo escucha, o hace como que lo escucha, tienen sobre la mesa una bandeja enorme de papas fritas que, ante el asombro de Martín, han dejado intacta casi sin probar bocado. El hombre habla y habla con pasión, mueve las manos acompañando sus palabras con gestos, hace dibujos explicativos en el aire como si fueran la performance de un político que trata de convencer a un inocente ciudadano. De tanto en tanto ella se sonríe y le replica algo, parece muy precisa, juiciosa, sin exabruptos y con pocas palabras se afirma ante la vista del otro que ya parece resignarse. De lejos pareciera que están teniendo una larga conversación sobre los amores de la vida, de alguien en especial quizás, de tiempos perdidos, de frustraciones, sentidos de la vida… no lo sabemos. El hombre frunce el rostro como en desacuerdo, pero luego de unos segundos estalla en una sonrisa, se abrazan, se besan, brindan con un vino al que Martín, siguiéndolos de lejos con la mirada, le trata de descifrar la etiqueta, sabiendo que quizás nunca en su vida tenga la posibilidad de probar.

Pero ahora, extrañamente, conversan con una pareja sentada a su lado en la misma mesa. Cómo puede ser, piensa Mariana, si estaban solos, qué rápido se hace amiga esta gente…

 

– No te digo, estos son muy chetos, negrita, ni se conocen y ya se ponen a hablar como que son amigos de toda la vida…te digo que así son los de la farándula, no vistes la revista esa, cómo se llama, CARAS, son todos conocidos esos…- Martín sigue enfurecido, tiene como ganas de llorar, pero prefiere reservarse ante Mariana.

 

Pasada una hora de charla, una de las parejas se retira de la mesa. El hombre y la muchacha siguen abrazados sobre la cabecera, se ríen, de ellos, de la charla con los otros, nunca lo sabremos; lo cierto es que ahora están sumidos en un mutuo silencio, ya no hablan. Se tocarán debajo de la mesa…, piensa Martín. Pero en eso, piden la cuenta, pagan y se retiran. Pasan justo caminando al lado de Martín y Mariana que siguen entrelazados en el cordón.

 

– Viste, nada, ni una miradita, nada, somos como basura, somos como insectos,- dice Mariana-, ni nos miran esos chetos…

 

La pareja cruza la calle y se dirige al boliche ubicado frente al restaurant: “Moliere”, consigna un cartel sobre la esquina. Se forman en una cola de gente que está entrando y comienzan a avanzar. No tardan en verlos ingresar.

 

– Hasta aquí llegamos,- dice Mariana.- ya está, ellos adentro, nosotros afuera. Así es como debió ser desde un principio, esta vez: nada de buscar rendijas para pispiar…

– ¡Ni minga!,- explota Martín.- nos quedamos acá hasta que salgan… por culpa tuya llegamos hasta acá, ahora te la bancas hasta que salgan, negrita.

 

Estuvieron hora y media contemplando la calle; de tanto en tanto, se merodeaba un policía que cuidaba la cuadra, pero con mucha suerte Martín lo conocía, así que no decía nada. El “vigi” pasaba silbando para hacerse notar nomás, para que la gente lo vea que estaba allí, paseando la gorra, haciendo su trabajo para dejar tranquilos a los comerciantes y a los consumidores de San Telmo. Sólo para que no se aparezcan a molestar gente como ellos. Por si las moscas, piensa Martín y se ríe tirado todavía en el suelo.

Cuando salieron estaban como amodorrados, Mariana empezaba a dormirse sobre las rodillas de su compañero, así que tuvieron que pararse de un gólpe y seguirlos de cerca, romper con ese estado letárgico que los comenzaba a envolver, caminar rápido para que el frescor les pegue bien en la cara, al trote si era necesario. Los siguieron dos cuadras, hasta un estacionamiento privado. En eso los ven subir a un auto color verde agua y salir a paso de tortuga por calle Chile hacia Medrano. En ese instante, Martín siente que se le echa a perder toda esa noche:

 

– No se pueden ir, no ahora, ¡No se pueden ir…!

 

En eso pasa un Taxi. Martín lo para y piensa en los cuatro pesos con veinticinco centavos en monedas que tiene guardado en su bolsillo. Se suben y le piden al taxista que siga ese Renault verde. Hacen varias cuadras, el coche se detiene, el Taxi también. Por suerte la pareja no se da cuenta que los están siguiendo, desde atrás, Martín y Mariana  alcanzan a divisar sombras que se cruzas entre los asientos.

 

– Se están besando,- dice por lo bajo Mariana y se retuerce ahora tan enfurecida como su compañero.

 

El auto vuelve a arrancar, dan varias vueltas sin un sentido lógico alguno. Qué hacen piensa Martín, están locos, a dónde van… Van y vuelven por dos transversales de San Telmo, qué buscan… El marcador del Taxi lleva tres pesos con ochenta centavos, si no paran en cuatro cuadras estamos perdidos, piensan ahora desesperados Martín y Mariana.

 

– Que paren ya o estamos muertos, que paren, que paren….

 

Por una casualidad telepática que desconocemos, el auto verde se detiene y estaciona frente a un Hotel Alojamiento conocido del barrio de San Telmo. La pareja se baja rápidamente y desaparece. Mientras tanto, Martín y Mariana intentan explicarle al Taxista que solo tienen cuatro pesos con veinticinco centavos y les faltan veinticinco más para completar los cuatro cincuenta que dice el marcador.

Cuando bajan del Taxi, se dan cuenta que se quedaron solos, que ellos ya no están,  que están perdidos, a algún lado se fueron, la noche misteriosamente se los tragó. Pues la noche ya estaba preparada de antemano para tragarlos, al menos, eso estaba escrito en el mapa de sus rostros y no lo supieron leer… Recordemos a un inicio: eran dos puntos traídos por la noche desde la distancia que, tarde o temprano, cierta inercia o ley gravitatoria desconocida, tendía a unirlos y hacerlos desaparecer en la misma distancia. O como bien le gusta decir a Eduardo Galeano: “ellos eran dos, que por error, la noche corrige…”.

 

– En fin,  estarán ahora en vaya a saber uno que habitación de ese Hotel de mierda haciendo el amor y nosotros acá, muertos de frío y sin un mango…,- dice Mariana sumida al límite de la mayor frustración.

 

Martín estudia el auto verde estacionado, lo mira con detenimiento y exclama:

 

– Este gil deja el auto así en la calle como si nada, y ni siquiera tiene Alarma… queso servido a las ratas sin trampera… mirá que linda compactera que tiene… el Rulo me la compra por buena guita…

– Qué vas a hacer Martín…, ¡Ni se te ocurra que vamos en cana, che!, ¡Martín!, ¡Martín!.

 

Mariana lo trata de parar, pero Martín se sulfura a patadas contra el vidrio del lado del acompañante, se ayuda con una laja que arranca de la vereda y lo hace estallar. Saltan miles de partículas de vidrio por todos lados, no hay tiempo, el sereno del Hotel se va avivar y avisarle a la policía, hay que actuar rápido, piensa Martín. Su novia lo mira azorada, ya está hecho, ahora no tiene tiempo para retarlo, lo tiene que ayudar, lo tiene que ayudar. Juntos tiran del aparato de música, está bien agarrado al tablero, hacen fuerza, palanca con los pies, en esa acción Martín descarga toda la impotencia acumulada esa noche, Mariana toda su tristeza. Después de unos segundos de tirar, logran arrancar de cuajo el aparato, los cables cuelgan atrás como tendones flácidos, desnudos, jirones ateridos a la intemperie.

 

– ¡Lo hicimos!, ¡lo hicimos!,- exclaman triunfantes los dos a la vez momentos antes de salir corriendo y tomar al azar unos discos compactos de la guantera.

 

Martín corre con todas sus fuerzas, lleva el aparato de música debajo de la remera.  Mariana lleva bien agarrados los discos compactos que pudo manotear a tientas. Los dos se ríen de felicidad mientras corren. Todavía queda tiempo, piensa Martín para sí, queda tiempo para llevar a Mariana a sentarse en aquél tablón de San Telmo y comer papas fritas, y charlar con los de la misma mesa y tomar unos vinos de esa etiqueta extraña…

 

– Qué contradicción, y pensar que mi trabajo consiste en cuidar coches en Bilinghurst y Corrientes…,- dice Martín y se ríe, se ríe a carcajadas de sí mismo.

 

Corren rápido, corren hacia la inmensidad de la noche, como si una estampida los siguiera y les rozara los talones para luego pasarlos por encima. Lo hacen con tal intensidad, que ellos también pueden ser observados a la distancia. Como nosotros, que los vemos  perderse como dos puntos oscuros que se van disolviendo en uno.

TIEMPO FUTURO Pos-memoria, poesía y justicia

 

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TIEMPO FUTURO

Pos-memoria, poesía y justicia

Julián Axat

 

El proceso de memoria, verdad y justicia en la argentina viene siendo un hito fundamental para la reconstrucción del pasado y del presente, frente a las nuevas generaciones que re-conocen lo que ocurrió entre 1976/1983 con mayores elementos y matices a tener en cuenta hasta antes de iniciados los juicios. La complejidad política y jurídica del andamiaje judicial que se inicia a partir del año 2005 por el esfuerzo de los organismos de derechos humanos y otros actores sociales, deja expuesto nuevas aristas sobre los crímenes perpetrados: así el rol y presencia de los verdugos en las salas, la trama de su silencio en sus rostros, la complicidad civil expuesta, la aparición de inéditas fuentes probatorias, la introducción del concepto de genocidio como contexto del terrorismo de Estado, y especialmente el relato judicial de los hijos de las víctimas desaparecidas ante los estrados.

Estas nuevas aristas arrojan en su dinamismo una dimensión simbólico-ritual, a la vez que nuevas formas de representación de lo ocurrido en la transmisión generacional y pos-memoria, llevando la figura del testimonio hacia otro lugar. Estos verdaderos “rituales de la memoria” (Mora, 2005) que representan los juicios, tienen cierto efecto reparador en términos de ordenamiento de la catástrofe dejada por el horror (Gatti, 2011), como el de resignificar tramas de palabras-cosas hacia las víctimas y su entorno.  Aunque el desarrollo de ese plano ritual permite una resignificación que, paradójicamente, presente limitaciones de todo tipo, incluyendo a aquellas señaladas por esos mismos organismos que trataron de ir solucionándolas en el camino.[1]

Como sostiene Nora Strejilevich: “Dar testimonio es una forma de confrontar al horror otorgándole sentido no al pasado sino al presente” (2006:17). El testimonio como modalidad de escritura o como fuente de la historia ha sido la clave como instrumento jurídico o modo de reconstrucción del pasado, permitiendo la condena al terrorismo de estado y la elaboración del duelo. Ese recorrido del testimonio debe ser buscado ante la CONADEP. El testimonio en el Juicio a las Juntas. El testimonio ante los juicios por la Verdad. Finalmente el testimonio en los juicios de lesa humanidad, que incluye el testimonio judicial de la generación posterior y que nacía durante el exterminio.

Allí donde los perpetradores destruyeron las pruebas, el cúmulo de todos esos testimonios públicos de sobrevivientes se erigió como la contracara del silencio que aun se perpetúa como vacío. Pues en ese esfuerzo de testimoniar (dar la voz de los desaparecidos que no pueden hablar, no pueden testimoniar) el testigo víctima representa esa inevitable imposibilidad que deja huella en términos de transmisión de verdad, memoria, y la justicia.

El presente trabajo intenta mostrar los rituales judiciales de la memoria en los nuevos juicios, como lugar para receptar las voces de aquellos que recién se constituyen en carácter de testigos (judiciales), pues ya tienen edad para declarar y contar su historia, dándole un sentido y orden representacional; una transmisión generacional a lo ocurrido. Asimismo, me interesan los impactos que, este nuevo orden representacional, tiene en algunos campos del arte, en especial en la poesía. Es decir, el presente artículo intenta cruzar aspectos antropológicos, jurídicos y literarios, sobre la posmemoria y la transferencia generacional de las víctimas.

 

Tensiones del testimonio judicial

La memoria es un bien común, un deber y una necesidad jurídica, moral y política (Sarlo, 2005). Para Primo Levi, su testimonio sobre el exterminio nazi no tiene que ver con el establecimiento de los hechos en vistas de un proceso judicial. No es el juicio criminal lo que le importa. Importa la narración de los hechos tal como sucedieron y los vivió, simplemente recordándolo todo, la inevitable narración escrita fundada en razones psicológicas y morales. Por eso la preocupación de Primo Levi durante los primeros años de posguerra es ser escuchado y creído: “estoy en paz conmigo mismo porque he testimoniado” (Levi, 1998: 65). Aunque esto no signifique que no deba llevarse a cabo un proceso judicial, “si han cometido un crimen, entonces tienen que pagar” dice Levi, pero para él, la esfera jurídica del testimonio trae otros problemas de representación.

Lo decisivo entonces es solo que las dos cosas no se confundan, que el derecho no albergue la pretensión de agotar el problema. La verdad tiene una consistencia no jurídica, en virtud de la cual la questio facti no debe confundirse con la questio juris (Levi, 1998: 64). Las categorías jurídicas que envuelven al testimonio jurídico implican referir a la culpa, la responsabilidad, la inocencia, el juicio y la absolución.  En el mismo sentido, Giorgio Agamben, siguiendo a Levi, los juicios de Núremberg  impidieron pensar Auschwitz durante decenios. Por necesario que fueran esos procesos contribuyeron a difundir la idea de que el problema había ya quedado superado. Ha sido preciso que transcurriera medio siglo para llegar a comprender que el derecho no había agotado el problema, sino que este era tan enorme que ponía en tela de juicio el derecho mismo (Agamben, 2002:18).

Si en Alemania, los doce procesos celebrados en Núremberg marcaron de inmediato la forma del testimonio, poniendo en tensión –como sostiene Primo Levi– una forma no jurídica del mismo; en Argentina la obturación de los testimonios jurídicos, hacen proliferar en paralelo los testimonios en otro tipo de archivo o registros. O dicho de otro modo, el testigo judicial del horror en argentina, va apareciendo con lentitud en un proceso de selecciones, límites y aperturas a medida que se consolida la democracia.

Así, recién en el juicio a las juntas de 1984, los fiscales se vieron obligados a elegir entre cientos de testigos “judiciales”, cuya palabra permitió la prueba central sobre las que se fundaron las condenas (Nino: 1997). Poco tiempo después, en los procesos llamados “juicios por la verdad” funcionaron con la presencia de testigos sobrevivientes que nunca habían declarado y, pese a la obturación de las leyes de impunidad, pudieron dar su primer testimonio judicial sobre lo ocurrido. Pero también, no sólo en sede judicial, sino en distintas instancias administrativas, como ante en organismos nacionales e internacionales de derechos humanos (Informe CELS, 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, etc).

Por otra parte, a lo largo del proceso argentino de búsqueda de la verdad y la justicia los testimonios de las víctimas se han ido enriqueciendo. Así, mientras que en los ochenta el objetivo era denunciar las atrocidades, identificar a los responsables, recordar a los compañeros desaparecidos, y no tanto hablar en primera persona sobre los propios padecimientos, los juicios actuales parece caracterizarse por profundizar en las experiencias de cada una de las víctimas, haciendo a un lado el relato más estructurado para dar lugar, si se quiere, a un concepto ampliado de “tortura”, que contempla todo el padecimiento sufrido desde el momento del secuestro, la vivencia dentro del centro clandestino, la recuperación posterior de la libertad y su repercusión en el entorno. De esta manera, la víctima ha pasado a tener un rol preponderante mediante el relato de los hechos en primera persona, a diferencia de lo que sucedió en el Juicio a las Juntas (Varsky, 2011: 54). En este sentido, el lento proceso de construcción del testigo judicial de los juicios de derechos humanos en argentina, está dado por la idea de aquellas personas que pueden proveer los elementos para probar el hecho criminal del terror de estado. Ya sea porque fue víctima, vio a la víctima, porque estuvo en el momento de la comisión o porque se enteró de manera directa o indirecta de la existencia de los crímenes (Varsky, 2011: 49).

Siguiendo a Fabiana Rousseaux (2014), el proceso de construcción del testigo, en los juicios en la Argentina, podría clasificarse de este modo:

  1. a) Testigos que han dado declaración inmediatamente luego de su liberación en los CCD. Son los que muchas veces se denominan “testigos históricos”. Han aportado datos acerca de lo vivido por ellos en su cautiverio y sobre el funcionamiento de los CCD y han brindado testimonio en innumerables oportunidades.
  2. b) Testigos que pueden relatar los hechos de acuerdo con lo que han vivido en tanto familiares de detenidos-desaparecidos, constituyéndose ellos mismos en testigos-víctimas, porque estos hechos han marcado sus vidas de modo radical.
  3. c) Testigos que relatan lo ocurrido como compañeros de militancia o de trabajo, vecinos, etcétera, de detenidos-desaparecidos.
  4. d) Testigos que habiendo integrado de modo forzado alguno de los circuitos concentracionarios como conscriptos, enfermeros o empleados de las morgues y cementerios, describen lo visto y oído.
  5. e) Testigos-sobrevivientes o familiares directos que nunca han dado testimonio y lo hacen por primera vez, luego de tres décadas o más. Son testimonios nuevos que impactan por la estructura que recubre al relato en relación con la actualidad que cobran las palabras, una vez que éstas se ponen en marcha.

 

En todos ellos se juega el temor intenso de no recordar todos los detalles, debido a la cantidad de años transcurridos. La sacralización de la memoria, el mandato moral sobre la memoria intacta se torna un peso muy difícil de domeñar cuando se aproximan las fechas de juicio (Rousseaux, 2014). Los testigos se sienten aprisionados entre el deber memorístico y las evidencias de los desfiladeros de la memoria, que siempre se articulan a un recuerdo, y los recuerdos se inscriben en una lógica temporal y subjetiva totalmente diversa a la temporalidad de los hechos históricos. Es por esto que los dilemas que se abren en este campo del testimonio, desde el punto de vista jurídico, son insoslayables.

En definitiva, y volviendo a Primo Levi- Agamben, en nuestro país la irrupción del testimonio judicial, lejos ha contribuido a difundir la idea de que el problema de la representación horror ha quedado superado. Por el contrario, su negación institucional temprana o su restricción, implica re-pensar su incidencia posterior en el proceso de construcción de la figura del testigo/verdad. De allí que las tensiones del testimonio judicial-no judicial que marcan estos autores, no deben ser pensados en el mismo sentido que en Alemania de posguerra, pues el testimonio judicial como parte de la verdad procesal argentina, tarde o temprano, resulta necesaria a la luz de la reconstrucción de “la ley” en función de la memoria y la justicia de las víctimas y de la sociedad civil. La referencia a la culpa, la responsabilidad, la inocencia, el juicio y la absolución; si bien abren un juicio sobre lo ocurrido desde un plano que circunscribe a las formas jurídicas, terminan siendo elementos inevitablemente ordenadores (como ley) de la catástrofe sobre palabras y cosas dejadas por el horror, a más de cuarenta años de ocurrido el último golpe militar.

Si como dijimos, en la argentina la mayoría de los testimonios de las víctimas no va a ser judicializado de entrada, y si se trata de un proceso lento de recepción, existirá en paralelo testimonios en relatos y narrativas en otro tipo de registros y campos. Aparece aquí (especialmente en tiempos de “impunidad”) un florecimiento de discursos testimoniales (otras formas del testimonio, ahora sí en el sentido que le da Primo Levi a la representación del horror) en libros de memoria, archivos, documentos historiográficos, registros periodísticos, documentales, artísticos y cinematográficos; que al decir de Beatriz Sarlo (2005:49) son el proliferar de narraciones llamadas “no ficcionales”: historias de vida, entrevistas, autobiografías, recuerdos y memorias, relatos identitarios, etc. La dimensión intensamente subjetiva (un verdadero renacimiento del sujeto que se creyó muerto en los años sesenta y setenta) caracteriza ese presente.

Es en este proceso que también aparecen los hijos de desaparecidos y su “recuerdo” del tiempo pasado. Algunos podrán recordar lo vivido porque eran pequeños y serán testigos directos. Otros quizás no, pero no significan que no lo hayan vivido aun cuando reconstruyan esas imágenes a partir del relato de otros. El concepto de posmemoria que utiliza Marianne Hirch define la memoria de generación siguiente a la que padeció o protagonizó los acontecimientos (Hirch, 2015).  Nos interesa aquí la manera en que cobra vigencia ese concepto a partir del levantamiento de la veda judicial en 2005, y de los juicios que permiten no solo recuperar la voz del testigo, sino receptar las declaraciones judiciales de los hijos ante los estrados y la presencia en el espacio de sus hijos, los nietos.

Entiendo que el estudio de las declaraciones judiciales de los hijos o los nietos ante los estrados pone en juego aspectos novedosos del testimonio que hasta el momento no se han tenido en cuenta. Con especial efecto sobre las producciones extrajudiciales o registros de representación narrativa o poética de transmisión generacional de la memoria.

 

Del escrache al testimonio judicial de los hijos pos 40

El paso del tiempo ha llevado a la transmisión de la memoria generacional de distintos modos. El testigo y el archivo no solo han estado ante el estrado público, sino que han plasmado su interrelación en una forma íntima de transmisión: la carta, las memorias, la novela, el poema, el teatro, el cine.[2] Tales han sido y siguen siendo luego de cuarenta años, los registros de reconstrucción de la memoria del horror, en forma de pesquisa de las víctimas-testigos, muchas veces donde la formula poética y la construcción de una voz, como clave que se perpetúa en el tiempo de la representación y su transmisión generacional.

Como se pregunta Gabriel Gatti (2011,101): ¿De qué pueden hablar los que aunque lo rondaron, no experimentaron el horror hasta su extremo? ¿Cómo dar cuenta de estas catástrofes del lenguaje? Y luego se responde siguiendo a Agamben: “Algunos ex-desaparecidos optan por un giro: hablar del hueco que se abre entre el desaparecido (el hecho en su intensidad) y ellos, los testigos (capaces de la representación del hecho). En ese hueco se sitúa el testimonio y es esa la tensión que expresa: aquella, terrible, a la que la desaparición forzada somete al lenguaje… Así es, los sobrevivientes «testimonian de un testimonio que falta. Dan testimonio de la imposibilidad de testimoniar»… El testimonio da palabras a la catástrofe de la desaparición forzada: señala hacia los fallos, los huecos, las hendiduras de la representación”.

Me interesa los testigos de la desaparición forzada que hoy tienen entre 39 y 40 años, son víctimas directas, y son hijos o considerados generación pos-dictadura que han elaborado su propio testimonio para contar lo ocurrido con sus vidas. Sigo nuevamente a Gatti (2011, 102): “… En Argentina, entre 2005 y 2008, me encontré con ciudadanos que, sin salir de su lugar —víctimas—, reclamaban el derecho a hablar y a hablar de otra manera que, a priori, el hecho de ocupar ese lugar les negaba. Son hijos de desaparecidos, niños cuando desaparecieron sus padres, adultos hoy de entre treinta y cuarenta y pocos años… Si entre los setenta y los noventa dominó —y aún domina— la poderosa retórica, trágica, dura, militante, de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, ahora el tono es otro, y los protagonistas cambiaron: Quiero desmitificar la figura de los desaparecidos como estatuas de mármol intocables y grandes héroes. Correrlos de lugar, sacarles protagonismo. Y decir: ‘bueno, okay, está bien, esto pasó, ellos fueron protagonistas de una época. Ahora me toca a mí’ (Eh). Estamos pues ante un colectivo, el de los hijos de desaparecidos, compuesto por sujetos que han elaborado una cierta experiencia normalizada de la catástrofe, la de los casi cuarenta años pasados desde la desaparición de sus padres…”.

No hay algo así como una única memoria generacional de los hijos o de quienes nacieron o tenían pocos años durante la dictadura. Hay formas diversas de la memoria y experiencias de la desaparición forzada cortadas por diferentes marcas de origen, de clase, hasta de edad y género. Los testimonios tienen esa variedad, todo, color, vacío, peso o levedad. En todos estos casos el tipo de testimonio –poco, nada, bastante estandarizado- que enfrenta al pasado, transmite al presente-futuro una experiencia que supone la reconstrucción de una verdad con valor ético, psicológico y hasta literario, no necesariamente vinculado a una verdad procesal.

Si el testimonio artístico, político, documental ha significado un modo de reordenar el vacío de la catástrofe con la propia voz en un archivo (pienso desde los escraches, hasta películas hechas por Hijos, obras literarias o artísticas), tanto el escrache como el dispositivo judicial que recoge esos relatos a partir de los juicios de derechos humanos que se inician con la nulidad de los indultos y la reapertura de los juicios (2005), supone un nuevo salto en el archivo, por el tipo de representación performática. Pues tanto el escrache como el testimonio judicial suponen un rol “performático” representativo de la voz de los hijos en el espacio público. Una irrupción social con cierta capacidad de incidencia institucional-interpelación.

En el caso de los “escraches”, en tanto practica -marcada claramente como novedad e imperativo generacional- implicaron la irrupción en los años en los que el contexto político buscaba la impunidad y una clausura en función de la “reconciliación”. “Si no hay justicia, hay escrache” fue la consigna de HIJOS que interpela como práctica política, no literaria, y vinculada a la no aceptación de la interrupción en la transmisión del legado traumático, un grito de rebelión que buscaba y sigue buscando un vinculo no solo con los padres ausentes, sino con una generación ausente en su rol de paternidad, en su ejercicio de la responsabilidad y la justicia, en su rol paternal de autoridad en tanto “dador de ley” (Feierstein; 2012:173; también Da Silva Catela; 2001:262). Dichas interpelaciones pueden ser identificadas también en gran parte de las obras literarias, artísticas y creativas de la segunda generación, sea en el modo de la interrogación o en el de la confrontación, ya sea que provenga directamente de los hijos de desaparecidos o simplemente de los miembros de una generación de “hijos” de quienes vivieron el terror reorganizador (Feierstein; 2012:174)

Con el proceso de memoria, verdad y justicia cuya potencia está en el rol de los organismos de derechos humanos, más que en cualquier política gubernamental oficial que los haya reconocido, la aparición de las voces de los hijos en los juicios marca otro hito de incidencia, tan importante como aquel de los escraches; ya sea en el modo de la interrogación, en el de la confrontación y en el de la constitución de una voz ante los estrados judiciales. El testimonio judicial de los hijos apunta a una verdad procesal con un sentido final en el sentimiento de justicia; es en cierta forma: “una nueva narrativa de la memoria o de la posmemoria”, que impone efectos hacia el futuro (como transferencia generacional), y vuelve a la re-lectura de esos otros archivos-testimonios no judiciales realizados antes de los juicios.

 

Los hijos ante la ley – rutina judicial y escenario ante el Mal

Pasaron ya tres años de la publicación de un breve texto que escribí para un periódico argentino. Ocurrió momentos antes de mi declaración en el juicio por la desaparición de mis padres.[3] Allí exponía una serie de apuntes y el significado que tenía, para mí, la declaración como testigo judicial de los hechos de mi vida, ante un tribunal.[4]

Cavilaba en la noche, en la víspera de aquel momento crucial de mi vida, que tanto había anhelado. La situación la describí como “de vértigo”; estar ante un abismo y una pregunta que excedía mi posición de sujeto individual, pues sentía un lugar colectivo, de deuda generacional enfrentada ante la ley. Pues se trataba de la misma pregunta que sentían mis pares hurgando en sus memorias para enfrentar un “qué decir” ante los jueces. Transcribo aquí parte de aquella nota:

“En la víspera de una declaración judicial me atraviesa un vértigo sobre qué contar y no contar. Conozco perfectamente la forma de los relatos judiciales porque convivo a diario con los sistemas judiciales. Ahora seré yo el testigo de mi propio proceso. Pero, ¿cómo ser ese testigo? ¿Cómo hablar de un momento en el que tenía siete meses? Los mejores testigos deberían ser mis padres, aunque esa imposibilidad radical me pone en el banquillo a mí. Pero yo nunca podría ser ellos, como tampoco podría ser la voz de mi tía y de mi abuela. ¿Qué contar en el juicio? ¿Cómo contar mi vida? Estar parado ante la propia Historia en un momento bisagra y después de años de impunidad. ¿Por dónde arrancar? Me siento cual Hamlet generacional, eligiendo mis palabras frente a la verdad, buscando piezas de mí mismo para la construcción de la memoria y la Justicia que, por fin, llegó… Yo quise llegar acá y dejar de ser víctima. Voy a hablar, voy a contar. Por fin soy testigo.”

Ser considerado testigo judicial en un proceso de juzgamiento del genocidio argentino. Visto desde afuera resulta sorprendente la imagen del hijo testigo delante de jueces y, atrás, los presuntos perpetradores observándolo todo. La presencia de los nietos, mirando entre el público a sus padres, hablando de sus abuelos desaparecidos. Tres generaciones transfiriendo memoria frente al sistema de justicia que tanto había tardado en conformar ese espacio de recepción.

La escena judicial en la que los hijos exponen su relato, implica respetar las reglas del proceso y sus rutinas. Otra verdadera “rutina de la memoria”. El ingreso al edificio de Tribunales, la expectativa de las personas en la sala, familiares propios, incluyendo a los familiares de los victimarios. La disposición de la sala. La espera a ser llamado, la citación-notificación, el momento anterior en el cuarto de espera. El juramento de decir la verdad, e sentarse en un banquillo ante el estrado de jueces, los formulismos, la forma de hablar, la evocación y el contenido del relato. Las preguntas de los abogados, las réplicas, la afirmación. La posición del cuerpo sentado y el uso del micrófono. El tono de la voz. El cruce de miradas con los presuntos genocidas y sus familiares.

El ritual de la audiencia se repite a cada semana, familiares y público esperan afuera hasta que los jueces lleguen e inauguren la sesión. Cada juez se sienta en un lugar, en una gran mesa frente al público. Enfrente el banquillo de quien pasa a declarar. Hacia el lado derecho se ubican los abogados de la querella y los fiscales, hacia la derecha los abogados de los acusados, y detrás de ellos –de espaldas al público- hacen ingresar a los acusados-represores que se sientan en varias hileras, pocos metros detrás de quién declara.

La partitura corporal en escena no deja de ser la de cualquier juicio. Y todos estos aspectos implican un aceptar el juego judicial, un tipo de interacción simbólica que no deja de ser el teatro judicial de reconstrucción de ese tipo de verdad buscada como forma de reparación histórica simbólica.

Recuerdo que antes de prestar aquella declaración, recopilé y presencié cantidad de otras declaraciones de hijos de desaparecidos en los juicios. En algunos casos colaboré en pensar esas declaraciones, y encarar preguntas del estilo: ¿Ser testigos o no serlo? El cómo, el qué, el porqué, el cuándo. Esas eran las preguntas antes de llegar a los estrados. Claro que eso implicaba reordenar el propio archivo. Pues el relato en los juicios implicaba una coherencia, un sistema de verdad a construir que implica asumir una identidad.

Así por ejemplo, antes de declarar, reunido con algunos hijos que ya habían declarado, surgían estos aspectos a tener en cuenta: ser espontáneo y hablar esperando a ser atrapado por la catarsis del momento que te lleva a la palabra de tus propias angustias; o bien llevar algo pre-armado para que la palabra no titubee. El dilema: Azar o Predeterminación. Libreto o nada. Es importante que, más allá de este mínimo esquema de preparación, el testigo sepa que en ningún caso puede mentir ni inventar situaciones que no sucedieron. Sin perjuicio del aspecto psicológico, onírico o de sensaciones que puede estar presente como parte del relato de la propia historia.

Antes de declarar, clasifiqué testimonios de otros hijos, y vi distintas formas de declaraciones: más políticas, más intimistas, bien largas, cortas, detallistas, etc. Vuelvo a mi nota periodística:

La búsqueda y construcción de una identidad dentro de los efectos del terrorismo de Estado llevan a la metáfora del detective de la historia, el armador de un rompecabezas que se posiciona como testigo (de la Historia). Mi generación es una generación de armadores de rompecabezas, una generación de detectives (políticos, jurídicos y literarios); por eso testigos de ese armado. Nuestra identidad es el conjunto de piezas sueltas que patearon las botas de los milicos al irrumpir en nuestras casas cuando teníamos pocos meses. Cada pieza que juntamos es una palabra, una caricia perdida; como un fémur, una tibia, la osamenta de un cuerpo que todavía no está y hay que hay que salir a buscar, o reconstruir sobre el terror de la ausencia. La sensación de justicia es cuando el rompecabezas ya casi está armado. El hijo testigo es el momento de poner en funcionamiento la novela de nuestras vidas. La última pieza siempre falta.

Cuando digo que me detuve a pensar-clasificar en declaraciones de otros hijos de desaparecidos que por entonces declararon antes que yo, pienso en sus rompecabezas documentales y en sus posteriores registros judiciales (fueron dejando huellas o componiendo una constelación judicial de historias). Y si reordenaron “las palabras y las cosas” frente al vacio y la legalidad, cada uno tuvo su modo de ser ante el horror. Como también su modo en la voz del testigo ante el estrado, para ordenar su catástrofe en función de la performática judicial individual.

Pero para esto es necesario un acompañamiento. Es importante cierta contención previa. En algunos casos esa contención la brinda el tribunal, en otro son los propios organismos de derechos humanos los que colaboran.[5] Pues como dice Carolina Varsky en un texto ya citado (2011: 57), “… parte importante de esta estrategia es la preparación de los testimonios. Pero ¿qué implica preparar al testigo? Implica, por un lado, contenerlo frente a la inusual situación de tener que declarar en un juicio y, por otro lado, conocer a la persona, leer sus declaraciones previas si las hubiera, para que tenga presente lo que dijo. Parte de la preparación es facilitarle al testigo las declaraciones anteriores, porque muchas veces no conserva una copia, o declaró en los años ochenta y nunca más volvió a leerla. Asimismo, implica anticiparle con qué se va a encontrar en cada caso, en las distintas etapas del proceso…”.

También está la presencia de los acusados y sus familias. Esa presencia impregna toda la sala con su mirada, sobre las espaldas del hijo testigo que declara. Siguiendo a Hannah Arendt (1999), los acusados de delitos de lesa humanidad representan la banalidad del Mal o toda la crueldad sometida a juzgamiento, según el tipo de participación en el terror ejercido. En el caso de los abogados de los represores su posición representa la idea del abogado del Mal, sin perjuicio del principio de inocencia y el legítimo derecho de defensa como aquello que da sustento a todo el proceso de juzgamiento. En otra nota de observación de los juicios he realizado un análisis más pormenorizado de su rol.[6]

El rol de los abogados querellantes que acompañan a los testigos es clave, pues muchos de ellos (como yo) son también hijos de desaparecidos que asumen su propia representación jurídica, o son abogados la organización HIJOS, o bien de familiares de víctimas. La intervención jurídica como querella de los hijos de desaparecidos en los juicios, ya no solo como testigos, sino como promotores de las causas implica otra forma de interpelación y narrativa.[7]

El texto periodístico finaliza de este modo, antes de ingresar ante el estrado:

La escritura o la vida. Pienso si el miércoles debo llevar algo así como un libreto armado a mi declaración. Creo que no. No quiero estar cómodo cuando declare, quiero sentir la adrenalina de estar ahí, y que mi cuerpo hable por mí. Llevo muchas voces guardadas que van a salir en el momento. Ese es mi archivo. Me confío. Llevo mi cuerpo. No voy ya como víctima. Voy a afirmar mi identidad.

 

Memoria, archivo y juicio

Han declarados muchísimos hijos de desaparecidos en los juicios, también en algunos casos lo han hecho sus hijos, es decir, los nietos. Pero quedan todavía muchísimos juicios en marcha, y casos en los que aun no han declarado. Los registros de esas declaraciones existen y revisten una importancia vital en la reorganización simbólica de la catástrofe. También esas declaraciones tienen un efecto sobre el concepto de testimonio, o mejor dicho, sobre las narrativas del testimonio, el sentido y de la posmemoria frente al horror.

Nuestro lugar de “lectores” del testimonio que produce cada testigo, somos nos convoca a la pregunta sobre la consecuencia ética de escuchar esos relatos. ¿Qué se hace con lo que se escucha? Nadie sale igual de allí, ni los jueces, ni los fiscales, ni los profesionales de la salud mental, mucho menos los familiares, los hijos, los compañeros que muchas veces escuchan lo ocurrido por primera vez en las audiencias. Lo que se pone en marcha dentro del esquema “técnico” de los juzgados, en el momento del juicio, arroja sujetos subvertidos en su posición por las palabras que los tocan, pero también por los límites de éstas para enunciar lo irrepresentable. Porque poner a hablar al dolor extremo tiene sus límites. No podemos pretender ir más allá de lo posible. Pues todos sabemos que los testigos deben atravesar las barreras del pudor para narrar –de un modo lógico siempre fallido– poniendo en juego su existencia de manera radical (Rousseaux, 2014)

Vuelvo a la idea de archivo en el juicio de lesa humanidad. Los papeles de mi “mi archivo”, aunque funcione en cierta forma como parte del “corpus del archivo de los hijos testigos en general” que prestaron su declaración ante los juicios.[8] Se puede pensar que los hijos testigos son la estructuración de una identidad a la hora de posicionar el archivo de la memoria individual frente a los jueces que, al fin, llegaron a escuchar ese reservorio biográfico que los constituye como memoria colectiva dinámica (no museística), antes negada.

El momento de declarar en los juicios, a cierta edad en la que incluso superan la edad de sus padres al ser secuestrados (decimos pos 40, pues referimos al tiempo de nacimiento poco antes o durante la dictadura), constituye uno de los momentos más importantes para sus vidas y para la historia institucional en las que están inmersos. El momento de la declaración judicial como un punto de inflexión, como verdad pública ante años de ocultamiento e impunidad. Dado que los represores siguen en su pacto de silencio, quizás el momento de la declaración de los hijos sea uno de los hechos más radicales de los juicios por derechos humanos. Por eso el hijo testigo lo pienso como una suerte de aullido generacional. Como la poesía después de la ex ESMA.[9]

 

Efectos del testimonio judicial – de la narrativa a la poética del sentido.

“Soñé que viajaba al pasado / Y que un milico me decía / vamos a permitir que seas / el defensor de tus padres/ antes que desaparezcan /entonces yo temía ser mal abogado / y perder el juicio que me llevara/ al mismo lugar que cuando desperté”

Julián Axat[10]

Los juicios que en la actualidad se sustancian en la Argentina son un pilar central para la reparación de la memoria dañada y de los efectos devastadores sobre lo social, razón por la cual se hace imprescindible abrir el debate acerca de los efectos directos o indirectos que los juicios traen hacia otros planos, como el cultural y social. La pregunta es si existe cierta indiferencia sobre ese mundo, o el escenario que abren los juicios penetra realmente en la vida de las nuevas generaciones, en sus modos/maneras de expresión, en sus circulaciones.

Desconozco el alcance que tendrá en los próximos años el efecto de los juicios, por eso por ahora, esa pregunta la hago en el plano más directo, que es el de aquellas personas que tienen alguna relación más directa con los juicios. Me interesa pensar esa ordenación, con un efecto sobre el campo narrativo y poético, pues mi hipótesis es que luego de la recepción de estas voces en el registro performático judicial, se producen cambios éticos y estéticos, en las maneras de contar-representar el horror en el imaginario de las víctimas y su entorno.

No todos los hijos de desaparecidos tienen en cuenta el lugar de los juicios para reflexionar-construir identidad. No obstante sí puede decirse que, a medida que los juicios avanzan, abren un espacio inédito con efectos en la carga del sentido narrativo de las voces testigos ante la catástrofe. La relación entre juicios, voces de hijos y literatura, es la relación que aquí nos interesa poner en evidencia (más allá de que los juicios, como hemos dicho no son un espacio literario). Existe, algo así, como un cambio en las formas de contar, desde que los juicios comenzaron.

Aquí solo voy a hacer mención de obras que demuestran lo que estamos diciendo. Así, en el ámbito de la narrativa advierto cambios en obras tematizadas hasta el hartazgo, por ejemplo Félix Bruzzone, quien fuera considerado “huerfanito paródico” (Gatti, 2011) en los últimos tiempos, a partir de su obra performática “El campito”, gira hacia una narrativa del sentido que incorpora a la historia intimista, elementos públicos (testimonios, constancias, etc) de la megacausa Campo de Mayo, de tramite en los Tribunales de San Martín, en los que el propio Bruzzone es víctima y testigo.[11] La Carta a sus padres desaparecidos y a sus hijos, cuyo título es “Paciencia de Tenedores y Cucharas” también es reveladora del lugar de los juicios, como espacio de división del presente en la transmisión de la memoria:

“… Se imaginarán que para mí, que también nací hace casi 40 años, y para todos, hubiera sido lindo que no desaparecieran así. … Tengo tres hijos, por ejemplo, en la vida (tres nietos de ustedes, sí), me pareció bien incluirlos en esta carta. Después de todo, ellos seguro que van a poder leerla. Así que esta carta es también para ustedes, mis pequeños.  Por ejemplo a vos, Valentino, te voy a contar algo: ¿sabes cuál fue la primera pregunta que hiciste sobre tus abuelos desaparecidos? Te lo recuerdo, preguntaste: “¿Y dónde están?”. Y me pareció que era hora de volver a las andadas. Tardé en acomodarme, y todo se fue dando sin ir exactamente atrás de una respuesta. ¿Volver a recorrer organismos de derechos humanos? ¿Ir a ver qué decían las investigaciones judiciales reiniciadas con la reapertura de los juicios? Sí, evidentemente sí. Pero por qué no un poquito más, ya que estaba. Así fue que me clavé varias audiencias de la causa ESMA, como para precalentar. Algo que empecé a hacer así porque sí, como para estar al tanto, estar en tema. Siempre que se mete la cabeza en algún lugar de esos, algo tiene que salir…”.[12]

Con respecto al cine, la película “Tierra de los Padres” (Fatherland- 2011) de Nicolás Prividera, trabaja con la idea de la ley del Padre. A diferencia de “M”, el problema de la nueva película es “La Ley” y la descendencia de los muertos en el sentido de Marx: “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. El problema de la ley, y del juicio, es el problema de los padres. La “Carta al Padre” de Franz Kafka, que aparece todo el tiempo en la obra de Prividera como aceptación-rechazo de un legado que es el juicio posible (un juicio jurídico) del hijo ante la Historia Argentina.[13]

En relación a la Poesía, si el testimonio (incluso el judicial) da palabras a la catástrofe de la desaparición forzada: señala los fallos, huecos, hendiduras de la representación (Gatti, 2011:101),  que el derecho o las formas jurídicas no pueden asir, más allá del registro o acervo judicial. Ante esa imposibilidad de decir (más allá del derecho y los estrados, pero sin quitarlos) emerge la poesía como un lugar para atar agujeros o hacer hablar los agujeros de la representación, después de la misma ley cumplió su fin. Como modo interpelativo del presente y su legado generacional. Es el caso de la poética de Emiliano Bustos en la que el hijo, es un Hijo o los hijos hablando a sus hijos en la lógica del la parodia seria, que no discute el sentido de la ley;[14] o bien en obras colectivas en las que se ha tematizado el problema de la justicia en la poesía (como parte de una justicia poética), en relación a las obras de poesía escritas durante la década de los 90.[15] De la misma forma, quien aquí escribe ha intentado trabajar en registros en la línea de la poesía y el derecho sin perder de vista los fenómenos de la catástrofe actual, sobrevenida del pasado hacia los nuevos músulman.[16]

En la misma línea no puedo dejar de mencionar los recientes obras poéticas de Juan Aiub,[17] María Ester Alonso Morales,[18] Fernando Araldo Oesterheld.[19] En todas ellas parece estar presente la memoria, la aparición de la palabra y los restos corporales de un sentido restaurador, a partir del trabajo hecho por la justicia.

Asimismo, la obra de Andrea Suarez Córica, quien durante los 90 fue una de las primeras hijas que utilizó la narrativa y la poesía para dar testimonio de su historia.[20] Hace muy poco (2016), Andrea llevó a cabo una instalación en el Museo de la Memoria de La Plata (MAM), que llevé por título: “Modos de nombrar y no nombrar”.[21] En ella Andrea a través de una exposición visual interactiva propone al espectador un recorrido por las más de 400 solicitadas en conmemoración por los detenidos desaparecidos, y extrae formas de nombrar el Mal, contabilizando formas distintas de nombramiento: malditos, monstruos o infames hasta puntualmente con sus nombres y apellidos, etc. Lenguaje que nombra y se enriquece con el lenguaje de los juicios, a partir de los testimonios, documentos, sentencias, etc. Claro que en la saturación, no se llega nunca a agotar el concepto de lo que se quiere designar. Un choque de las palabras contra el vacío.

La obra de Angela Urondo Raboy, que parte de su blog “Pedacitos”[22], su libro  “¿Quién te crees que sos?” (2013), hasta su reciente exposición de dibujos y escritos,[23] como finalmente su proyecto –aun inconcluso- de filmación de la historia de su madre Alicia Raboy; muestran una secuencia de expresión vinculada en paralelo a los juicios que la misma Ángela va atravesando, y que determinaron su identidad y sus búsquedas. En algún lugar ella ha dicho que los juicios han sido fundamentales para realizar estos recorridos.[24]

Pero los hijos de desaparecidos, también pueden ser testigos de sus padres, y la poesía recoger esa experiencia como otra forma del testimonio, incluso de la instancia judicial de recepción de la historia que potencia el relato de la víctima. Me interesa aquí caso de Paula Bombara, hija de Andrea Fasani artista plástica sonora visual Andrea Fasani, quien a través de una suerte de poema en prosa explica la relación con la memoria del momento en que su madre-víctima-testigo-sobreviviente declara en el juicio que se lleva a cabo en Bahía Blanca.[25] Dice Paula:

“… En esta semana siempre reina, como astro, la mirada de mi padre y esa sonrisa. / Me gusta pensar que esa sonrisa era para mí sola, pero sé que no, sé que era también para quien estaba del otro lado, tomando la fotografía. / El amor que sentía por mi madre era inmenso. / Y dando cuenta de eso, este veinticuatro, / ella es mi sol. / Mi madre tenía 22 años cuando quedó “viuda”. No existe palabra para esa viudez nunca cuajada. En su magma emocional, recién pudo resolver esa viudez en 2011, cuando estuvo a solas con los huesitos de su compañero y primer marido. Y tenía 24 cuando nos secuestraron y la desaparecieron por un no-tiempo. / Este año, a los 63, mi madre dio testimonio en Comodoro Py por esos hechos. / Su voz tiene una resonancia que se siente muy cálida en los oídos. No lastima con tintes agudos inesperados, aunque a veces arremete cargando de fuerza alguna sílaba o alguna palabra que quiere destacar. / Es una voz que alerta, pero no altera. / Era tan claro el relato que cuando calló, le hicieron muchas preguntas. Su testimonio, además del último del día, fue muy largo. Preguntó, incluso, el defensor de sus torturadores. Pienso que cuando un relato aporta datos precisos pero, sobre todo, cuando un relato aporta silencios que significan, la pregunta que ahonda, escarba, busca, se presenta. Incluso aquella que provoca indignación. Ella respondió hasta que el juez dio por terminado el testimonio. / Nunca la había escuchado relatar los hechos vividos en ese sin-tiempo de su desaparición de modo cronológico e ininterrumpido. Cuando trabajé esos diálogos madre/hija en “El mar y la serpiente”, sus aportes estaban mechados por mil comentarios al margen que alivianaban los datos. Cuando dio su testimonio en el Juicio de Lesa Humanidad de Bahía Blanca, testimonié después de ella así que no pude escucharla. / Ojalá la justicia tuviera la lucidez del relato de mi madre. / Fue la primera vez que escuché sobre lo que le sucedía durante y después de cada sesión de tortura. Cómo la llenaba el dolor, cómo se sentía caer en la locura. Dijo “era el infierno del Dante”. No fue escabrosa, fue recatada, incluso, pero cada vez que usó la palabra “interrogatorio” sonó con toda su capacidad de lastimar./ Cuando finalizó y cruzó la puerta de vidrio que nos separaba la abracé estrechamente, intentando que sintiera mi orgullo, mi admiración, mi compasión, mi comprensión, mi amor. / Al salir de Comodoro Py la llovizna fue un alivio para las dos. Hablamos de la lluvia, de que no teníamos paraguas, y, de pronto, cruzando una avenida, me percaté de que no había hablado de su boca. Se lo mencioné, “no dijiste nada de tus dientes”. Y ella me miró con asombro y dijo que era cierto, que se había olvidado, “qué significativo ¿no?”. / Le hicieron pedazos la dentadura. Y el dolor en la boca y en los recuerdos se multiplicó infinitas veces pues tuvo que hacerse muchos, muchísimos, tratamientos odontológicos. Al olvidar, protegió a todos de su dolor, uno que la mayoría de nosotros conocemos apenas superficialmente y que hubiera provocado en varios el gesto de taparse la boca con la mano. / Cuando Suárez Mason la soltó, lo que se veía era una mujer sin dientes de veinticuatro años. Pero la verdad es que, por más que la rompieron, jamás, jamás, jamás lograron que fuera una mujer sin mordida. / También por esa incisiva manera de estar en la vida, la amaba mi padre. / También por esa manera apasionada de morder el día a día, con ideas y gestos siempre sorprendentes, con un modo leonino de querernos, la amamos mi hermana y yo…”.[26]

Hay algo que los juicios dispararan en e imaginario, una maquinaria del relato que la víctima recompone, y que la segunda generación de sobrevivientes como testigos del testimonio que, a su vez son, como hijos vuelven a recomponer y se atreven a decir. En el caso de la representación del testimonio judicial a través del testimonio poético, el indecible que el registro judicial no puede receptar, completado por el posterior poema que empuña la descendencia como pase generacional de la memoria de lo no dicho, en nuevas palabras.

En definitiva, las formas jurídicas han empapado a las formas literarias, en el decir de la catástrofe y en el proceso de memoria, verdad y justicia de los hijos de desaparecidos y su entorno. Pues algo pasó en el medio y; y si bien en la actualidad los juicios sufren un declive producto de la nueva derecha que gobierna la argentina desde fines de 2015, es un hecho objetivo que desde hace más de diez años en la argentina, los juicios de lesa humanidad modificaron muchas cosas. Entre ellas, como vimos, el lugar del testigo y las maneras de contar, producir narrativa y poética ante lo que ocurrió entre 1976/1983. La generación de los hijos, y sus hijos perciben ese cambio.

El testimonio judicial de los hijos de desaparecidos apunta a una verdad procesal con un sentido final en el sentimiento de justicia; es en cierta forma: “una nueva narrativa de la memoria o de la posmemoria”, pero que impone efectos hacia el futuro (como transferencia generacional), y vuelve a la re-lectura de otros archivos-testimonios no judiciales realizados antes de los juicios y luego de ellos. Hay algo en el espacio público que, en la sentencia sobre los cuerpos, en la indagatoria del verdugo o en el testimonio de las víctimas, modificó el plano de relato íntimo y hasta ficcional, la manera de mirar lo que pasó.

Cuando referí al hijo detective de la historia, al armador de un rompecabezas que se posiciona como testigo, hablo de una generación de armadores de rompecabezas, (políticos, jurídicos y literarios); pero testigos al fin de ese armado en otro plano.  Cuando digo que traté de recopilar los testimonios de hijos que estaban transcriptos y los puse sobre la mesa, digo que los puse todos juntos: como composición oral-escrita-judicial y más tarde literaria. Pues los fui analizando uno a uno, clasificando por maneras de decir: declaraciones de hijos con fuerte impronta política, más de tipo intimistas, más historiográficas y detallistas, etc. Más tarde su recepción narrativa y poética. El laberinto de las palabras y las cosas que da orden de “ley” y “justicia” al sentido de la catástrofe que trajo aparejada la desaparición forzada de personas. Como justicia y ley humanas, tan imperfectas, que recogen voces y rutinas de la memoria con espacios vacíos, con huecos, pero que buscan dar sentido a su lugar. Cierta “enciclopedia china de la memoria” de las víctimas del terrorismo de Estado argentino, que implica -a su vez- formas inéditas, exóticas y hasta maneras estandarizadas o normalizadas de decir la catástrofe. En el fondo, todas formas desgarradoras de decir la verdad, todas genuinas maneras particulares en el orden que tiene cada hijo frente a su historia, que es a la vez una historia coral de la historia trágica de este país.[27]

 

 

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2002), Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homos Sacer III. Pre Textos, Valencia.

Arendt, Hannah (1999), Eichmann en Jerusalén, Un estudio sobre la banalidad del mal; Barcelona, Lumen.

Catela, Ludmila Da Silva (2001), No habrá flores en la tumba del pasado. La experiencia de la reconstrucción del mundo de los familiares desaparecidos, Edic. Al Margen, La Plata.

Feierstein, Daniel (2012), Memorias y Representaciones. Sobre la elaboración del genocidio. FCE.

Gatti, Gabriel, 2011: El lenguaje de las víctimas: silencios (ruidosos) y parodias (serias) para hablar (sin hacerlo) de la desaparición forzada de personas; Universidad del Páis Vasco, En: http://revistas.javeriana.edu.co/index.php/univhumanistica/article/viewFile/2148/1391

Hirch, Marianne, La generación de la posmemoria. Escritura y cultura visual después del Holocausto. Madrid, Carpe Noctem, 2015.

Levi, Primo, 1998. Entrevistas y Conversaciones, Península. Barcelona.

Mora, Belén, 2005,”Juicios por la Verdad, rituales de la memoria. La reparación de una trama en Mar del Plata” Tesis de Licenciatura, UBA. En: http://www.antropojuridica.com.ar/wp-content/uploads/2012/03/Mora.pdf

Fernando Reati y Margherita Cannavacciuolo (2016) De la cercanía emocional a la distancia histórica, representaciones del terrorismo de estado, 40 años después. Comp., Edit. Prometeo, Bs. As.

Rousseaux, Fabiana (2014), Testigo-Víctima, en Pagina/12, 24/5/2014: https://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-247278-2014-05-29.html

Strejilevich, Nora (2006). El arte de no olvidar. Literatura testimonial en Chile, Argentina y Uruguay entre los 80 y los 90, Bs As, Catalogos.

Varsky, Carolina, Hacer Justicia, CELS-Siglo XXI, 2011. En:  http://www.cels.org.ar/common/documentos/CELS-Hacer%20justicia.pdf

[1] Véase, “Los Límites del testimonio” 24/4/211, Pagina/12: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166903-2011-04-24.html

[2] Véase De la cercanía emocional a la distancia histórica, representaciones del terrorismo de estado, 40 años después. Comp. Fernando Reati y Margherita Cannavacciuolo, Edit. Prometeo, Bs. As, 2016.

[3] Diario Página/12, “El Hijo y el archivo”, martes 27 de mayo de 2014. Véase: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-247159-2014-05-27.html

[4] El audio de la declaración puede bajarse del siguiente sitio: https://elniniorizoma.wordpress.com/2014/06/03/audio-declaracion-juicio-a-la-cacha-julian-axat/

[5] En este sentido, han sido importantes la creación de espacios de contención y acompañamiento de las víctimas previo a las declaraciones, así la importancia del Centro “Ulloa” en el ámbito de la Secretaria de DDHH de la Nación (hoy desmantelado por el actual gobierno), o espacios como el CODESEH, o espacios de salud mental como los del CELS y la APDH.

[6] Véase: Los abogados del diablo o sobre La Legitimidad de los juicios de lesa humanidad, en Página/12, 3/5/2015: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-280828-2015-09-03.html

[7] Para un análisis del juicio a la Cacha, y las declaraciones de los HIJOS, véase “La Cacha pesa menos” SEDICI-UNLP, en: http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/53537/Documento_completo__.pdf-PDFA.pdf?sequence=1

[8] Ese gran archivo se está construyendo, por ejemplo HIJOS La Plata, se encuentra en etapa de plena elaboración de una página web que contenga todas las declaraciones de los hijos de desparecidos realizadas hasta el presente.

[9] Véase: Si Hamlet duda, le daremos muerte, en Página/12: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-20213-2003-05-19.html

[10] Rimbaud en la CGT, La Talita Dorada, 2014.

[11] “Campo de Mayo, territorio y guarnición militar en una performance intimista”: http://www.avestruz.com.ar/infojus/archivo/2015/11/07/campo-de-mayo-territorio-y-guarnicion-militar-en-una-performance-intimista-10457/

[12] “Paciencia de Tenedores y Cucharas”, Revista Anfibia, 40 años del Golpe: http://www.revistaanfibia.com/cronica/paciencia-de-tenedores-y-cucharas/

[13] Véase también la Carta al Padre escrita por Nicolás en el libro “Restos de Restos”, publicado por La Talita dorada (2011). Hay una versión en: https://enciernesepistolarias.wordpress.com/2011/08/14/carta-a-los-padres/

[14]  Emiliano Bustos, en Gotas de Crítica Común, la talita dorada (2012) ; o Poemas hijos de Rosaura, Argonauta (2016).

[15]  Véase: Los detectives jacobinos y la poética de los hijos de desaparecidos, en Estudios de Teoría Literaria – Revista digital: artes, letras y humanidades – Año de inicio: 2012. Puede verse en: http://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/etl/article/view/962

[16] “La poesía es un dialogo con los muertos”, entrevista Fernando Reati, Revista Kamchatka, 2016, véase: https://ojs.uv.es/index.php/kamchatka/article/view/7282

[17] Subcutáneo, la talita dorada (2013)

[18] Entre dos orillas, la talita dorada (2014). “Me convertí en detective, recogiendo fragmentos esparcidos”, en Infojus, 30/5/2015: http://www.avestruz.com.ar/infojus/archivo/2015/05/30/me-converti-en-detective-recogiendo-fragmentos-esparcidos-8671/

[19] “Un veneno de sí”. Edit Mansalva (2015). Véase “El reencuentro”, en Página 12, 30/6/2012: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-223402-2013-06-30.html

[20] Atravesando la noche (1996) Editorial La Campana, La Plata.

[21] Véase, “Nombrar es una forma de poder ”, Revista Andar, 2016: http://www.andaragencia.org/nombrar-es-una-forma-de-poder/

[22] http://pedacitosdeangelita.blogspot.com.ar/

[23] “El ruido de la memoria”, exposición de dibujos y escritos de Ángela Urondo Raboy, exposición realizada durante marzo de 2016 en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC)

[24] Así por ejemplo, véase: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-283864-2015-10-15.html

[25] Véase, “El primer desaparecido de Bahía”: https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-216541-2013-03-25.html

[26] Del Blog “Desde mi Cristal”: http://paulabombara.blogspot.com.ar/2017/03/mi-madre.html?m=1

[27]  Véase mi poema “Enciclopedia China Miguel Ángel Bustos”, en el Libro Rimbaud en la CGT, la talita dorada (2015). También puede leerse aquí: http://coleccionlosdetectivessalvajes.blogspot.com.ar/2013/06/enciclopedia-china-miguel-angel-bustos.html

EL MAL Y EL JUZGADOR

EL MAL Y EL JUZGADOR (el pacto fáustico y la Corte Suprema)

                                                                                                                         Por Julián Axat,

 

Fausto

Luego del dictado del reciente fallo de la Corte, he tratado de reflexionar profundamente sobre un doble problema que surge desde sus entrañas. En primer lugar, el problema moral y ético que surge para los jueces frente a la aplicación de criterios de benignidad a condenados por delitos de lesa humanidad; es decir, el tipo de razonamiento y valoración legal que utilizaron en el caso. El segundo lugar, la forma en la que se echó mano a argumentos falaces, de mala fe, como consecuencia de lo primero. La apariencia de argumentos de racionalidad y corrección, como artificio (ardid) que esconde la banalización de lo ocurrido a partir del 24 de marzo de 1976.

El dilema moral del juzgador ante el Mal radical, aparece siguiendo a Hannah Arendt, ante “la dificultad de responder al Mal con medidas ordinarias que aplicamos a criminales comunes”.  Y como dice el propio Nino (citado en el fallo que aquí comentamos, pero para justificar el criterio contrario): “la mera aplicación del derecho penal ordinario es, tal vez, esperar demasiado. Al estudiar el derecho penal aplicado a las violaciones masivas de derechos humanos lo que vemos generalmente son amnistías o indultos, un ominoso silencio…” (Juicio al Mal absoluto, Pág. 8). La aplicación de las reglas comunes a hechos no comunes, implica un esfuerzo argumentativo que intenta forzar la ética para la que se pensó lo extraordinario al castigar crímenes de masa. Pues un supuesto hecho banal (la benignidad ante la senilidad del genocida y su soltura ante la estupefacción de la víctima) está  muchas veces aquello que constituye lo siniestro.

Juzgar es más que pensar, y las palabras que se elijan para justificar la valoración del juzgamiento serán claves para racionalizar el lugar que ocupa el daño más grave sobre lo humano que se haya probado. En términos de lo ocurrido en la ESMA o  Auswitch el juicio es superior a la escala normal de juzgamiento sobre hechos comunes. Hay insuficiencia de juicio y capacidad reflexión en el uso de reglas (procesales) banales o simples, que puedan conducir al ocultamiento del Mal, es decir, su repetición, venganza o efecto de amnesia general.

Veámoslo concretamente en el voto en mayoría de uno de los jueces: “… Que esta Corte no puede soslayar el dilema moral que plantea en el juzgador la aplicación de un criterio de benignidad a condenados por delitos de lesa humanidad. Se trata de un dilema que debe ser resuelto con la aplicación de la Constitución y las leyes…”

El juez constitucional no es un mero burócrata aplicador de leyes, debe cotejar valores y su guía ante estos casos –si dilema- es el reconocimiento de los derechos humanos como valor constitucional universal. Esa es la ética que lo guía, la Constitución en su art 75 inc. 22 guía al juez a resolver este dilema moral con los tratados de derechos humanos en mano y que colocan a los delitos de lesa humanidad en un lugar supremo, por encima de la valoración que supone la aplicación de reglas del derecho común de derecho interno que favorecen a condenados por hechos comunes en su ultractividad o retroactividad. La inclinación del juzgador a aplicar criterios de benignidad a delitos aberrantes, resuelve el dilema por el lado del perpetrador y se desliga de otros criterios de Cortes internacionales de DDHH que previnieron en similares casos (véase por ej. Fallo Corte IDH “la Masacre de Rochela”).

Entonces, la confesión que el Juez hace de su dilema moral, y su inclinación por una solución que no contempla la profundidad del horror pasado, sino la aplicación de un criterio de benignidad común al Mal juzgado, evidencia un pacto Faustico. Tres jueces de corte más alta de justicia de la Argentina han cedido su inclinación moral a una suerte de Mefistófeles jurídico, quien ha comprado sus almas a bajo precio ocultando el desgarro de lo humano en las víctimas y sus descendientes. La falacia en la argumentación deviene de este pacto fáustico con la protección legal de un sector social claro, y comprende en estirar proposiciones normativas para adecuarlas a hechos (de excepción) que no fueron contemplados por esas proposiciones. Esto es, ni más ni menos, que el uso instrumental del derecho como regla, extensible para casos no contemplados.

El decisionismo político para utilizar la regla normativa a piacere, tal como Carl Schmitt y otros juristas del horror enseñaron aparece aquí con toda vigencia. Esto es, en este pacto fáustico con el Mal, la retórica del juzgador justifica la operación que le permite a genocidio alterar la interpretación de leyes anteriores a su concepción como tal, es decir, que por la correlación de fuerzas del momento ni siquiera previeron esa situación como excepción. Así el fallo: “… y en este caso las normas aplicables son concluyentes, máxime cuando se repara que conforme al texto de la ley 24.390 la naturaleza o gravedad del delito no constituyen condición de aplicabilidad de sus disposiciones… dicho de otro modo: el legislador, único sujeto jurídico habilitado para hacerlo, no previó un régimen diferenciado que excluyera la aplicación de los arts. 2° y 3° del Código Penal a los delitos de lesa humanidad…”.

La mala fe de esta interpretación está en un engaño, dijimos ardid de argumentación; pues como consecuencia de las leyes de impunidad existentes para 1994 y aun en 2001, el legislador que sanciona y deroga la 24.390 no podía prever por entonces una realidad de los juicios de lesa humanidad como los que desde 2006 se llevan a cabo en la Argentina. De allí que no podría inferir por entonces una excepción como la que hoy construye la Corte, concediendo esa excepción del 2×1  pretorianamente. Contrariamente a lo que ella misma argumenta, la Corte se convierte en legisladora de la excepción y otorga benignidad en una operación semántica débil, transformando por fuerza de la argumentación fáustica, al criminal de masas en un criminal común y corriente frente a la ley. Esta es, en cierta forma, la banalización del Mal. Aquí el juzgador oculta el Mal a través de retorica. El uso decisionista del derecho tal como enseñaba Carl Schmitt, en tanto la política y el derecho es también la guerra por otros medios.

El fallo en mayoría dictado por la Corte, abre sobre el suelo Argentino una grieta profunda. El mismo posee una cáscara de tecnicismos muy inteligentes, uso de citas, dogmática, diría que es lógicamente impecable, aunque axiológicamente débil. En la matriz de sus argumentos la ESMA configura un espacio que desborda sus categorías pensantes, sigue siendo un vacío o un silencio que susurra tras sus palabras. Desde una mirada de la filosofía del derecho, podríamos decir que ha ganado la racionalidad instrumental del derecho sobre la poesía y el rostro de lo humano. Como dice Martha Nussbaum citando a Walt Whitman (Justicia poética, Pág. 115), algún día llegarán los jueces que “no juzgue como el juez, sino como el sol alumbrando a una criatura indefensa”. Jueces cuyo imaginario sea el de alumbrar, escuchar voces mudas, excluidas, y no encubrir el Mal con imaginarios retóricos y tecnicistas.

La noche es la catástrofe que asoma debajo de las palabras, y eso no se encubre fácilmente con operaciones lingüísticas, pues se trata del susurro de los muertos y desaparecidos que aun se escucha si uno es perceptivo con el aire de la Historia. Incluso lo escuchan los verdugos sueltos o encerrados; en una de esas lo escucharon estos jueces cuando redactaban el contrato fáustico de sus almas.