PRESENTACIÓN “CUANDO LAS GASOLINERAS SEAN RUINAS ROMÁNTICAS” BUKOWSKI BAR 15/6/2019

 

 

El armapoesías de City Bell (presentación de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” de Julián Axat)

Por Enrique Schmukler

1.Días atrás, cuando me invitó a participar de esta presentación, tuvimos con Julián un breve intercambio por WhatsApp sobre algunos temas próximos a su poesía. Recuerdo que hablamos de la poesía de Nicolás Prividera, del concepto de pos-memoria y de la idea de ruina (Julián me envió la imagen de tapa de un libro de Jean-Yves Jouannais que se ocupa de la relación entre las ruinas y la literatura y que, según él, lo había inspirado para escribir este libro). En ese momento, casi estropeo nuestra conversación respondiéndole con uno de esos pulgarcitos para arriba de color amarillo, seguido de la palabra “interesante”.Por suerte, él continuó su reflexión escribiéndome que lo que a él le interesaba de las ruinas es que vinieran del futuro; que esas ruinas románticas de las gasolineras de los Epigramas de Ernesto Cardenal llegaran (¿por primera vez?) del futuro.

De ese diálogo, en el que mi participación no fue muy destacada, Julián extrajo un germen para darle continuidad a la conversación y, sobre todo, a su propia reflexión. Cuando me pregunto por qué me gusta charlar con Julián hace tantos años, no encuentro otra respuesta que esta: Julián garantiza que las palabras nunca caigan en saco roto, que la amistad sea, como quería Blanchot, una “conversación infinita”.

Hay un poema, en “Cuando las gasolineras…” que resume muy bien esto que quiero decir. El poema se llama “Matilda & el armapoesías de City Bell” y en él se habla de un juego privado entre Julián y su hija Matilda en el que se despliegan palabras sobre una mesa para armar con ellas poesías. No sé cómo es ese juego, no me lo imagino; en el poema solo se precisa que se busca con él que “las oraciones encajen con palabras”. Verso original: que las oraciones encajen con palabras. Yo hubiera jurado que en general funcionamos al revés; que hacemos que las palabras encajen en oraciones. En todo caso, ese poema invita a una lectura especular: si hay algo que nos llega de la poética de Julián casi como una experiencia inmediata, es que la palabra es el núcleo de vida que irradia la potencia del poema.

Recuerdo algo más de ese diálogo por WhatsApp: el final. Cuando Julián me dijo que le interesaba la idea, paradójica, de que las ruinas vinieran del futuro, yo le contesté que eso no me parecía tan raro porque lo que hacemos, en realidad, yendo hacia el futuro, es ir al pasado; que el futuro, siempre viene del pasado.

2.Pero todo este ida y vuelta se había producido antes de que me sentara a leer el libro. Cuando por fin lo hice, cuál no fue mi sorpresa al constatar que ambas concepciones del tiempo y de las ruinas estaban presentes. “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es una urgente conjetura poética sobre el tiempo y la historia que hay que leer en clave benjaminiana. De hecho, Julián no oculta esa procedencia, todo lo contrario. No le hace falta mencionar el Angelus Novus en el poema “Sueño con el cuadro de Klee” para invitarnos a leer nuestra historia contemporánea a partir de la tesis IX de “Sobre el concepto de historia”.

 

Me pregunto cuántos son los muertos

que se apilan a los pies de la Historia.

Cuál es su peso

Su posible gravamen

La dimensión de sus rostros

Y la pila en el cuadro de Klee moviéndose como torre oscura.

 

Haciéndose eco de la crítica progresista benjaminiana, creo que Julián transforma el Angelus Novus en un Gran Vidrio duchampiano. Al igual que el Ángel de Klee, sobrecogido observa las catástrofes del pasado, la derrota pretérita, y no esquiva ni se desentiende de la impotencia que nos devuelve la “alquimia del verbo”. Quiero decir: no es indiferente, Julián, a que, pese a nuestros esfuerzos, no conseguiremos despertar a los muertos para que se “venguen”.

“Cuando la torre de muertos /

supera siempre la de los vivos /

no alcanza a doblegar su destino humillante”;

Y, sin embargo, el verbo consigue ver más allá; consigue a pesar de todo apartar de sí los ojos sesgados del Ángel esclavo dela muerte y el trauma para, inventándole unos ojos “no retinianos”, conseguir una mirada periférica que permita ver en todas direcciones y, sobre todo, ver hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo. Porque aunque la derrota le haga fantasear melancólicamente con una “daga” que impida sentirse tan solo “o acaso tan existencial”, es la poesía, máquina soltera, la que se encargará de asegurar la transmisión; de traernos una vez más el combustible de las ruinas del futuro; ese mismo combustible que, por ejemplo, tal vez haga arder, en el poema “Sueño de Francisco”, la Catedral de Buenos Aires y que terminará por despertar de un sobresalto al jesuita mientras duerme entre sus almidonadas sábanas vaticanas. El poema debería llamarse, en realidad, la “Pesadilla de Francisco”, porque lo que sueña el soñado por Julián son carretas colmadas de cabezas guillotinadas luego de pasar por el cadalso, una Argentina bajo el “terror” de un Roberspierre criollo y, entre otras ruinas, los “restos de un Cabildo (no abierto) / más bien descuartizado (jesuíticamente un resto jeroglífico)”. La pregunta es: ¿Logrará despertarse, al fin, el jesuita, de la pesadilla revolucionaria que lo subyuga?

Pero el combustible que hará arder la historia es, también, el de otra gasolinera (llamada, entre nosotros, estación de servicio). El poema se llama “Estación Shell Autopista La Plata Buenos Aires”. Allí, el armapoesías se encuentra con el Negro Chaves, compañero de militancia de su padre en los años 1970. Los pocos minutos que dura la conversación les alcanzan, al compañero y al hijo, para “entrarle a la derrota”, ese “tema que nadie quiere tocar por estos tiempos /pero al que acaba de dedicarle [Chaves] un libro”. ¿Quién es aquí el Ángelus Novus? ¿El “cabizbajo como siempre ‘Negro Chaves’” o el poeta? Nuevamente la alquimia del verbo. El poeta busca en los ojos del pasado el oráculo que, sonrisa ladina, le devuelve, como una inscripción votiva hallada entre las ruinas de la derrota, otra cita del derrotado Benjamin. Deja caer Chaves: “la Historia voraz un fárrago de posibilidades / el futuro hay que inventarlo”. Julián entonces va hasta su auto y regresa con un regalo: uno de sus libros de poemas. ¿Qué significa ese intercambio? No creo que el libro sea un regalo en señal de agradecimiento ni nada por el estilo. Es otra cosa. Es una transacción tan paradójica como las ruinas que vienen del futuro. Quiero decir: no ya el viejo militante legando un testimonio, una memoria, para que el menor atesore, sino que es el hijo quien le hereda al pasado (que es el fantasma del padre desaparecido, claro) devenido presente un mensaje cifrado de lo que pudo haber sido y no fue,aunque puede serlo algún día.

3.“Entrarle a la derrota” para que el futuro nos permita imaginar una Historia voraz de posibilidades, es una de las divisas de este libro y, diría, de toda la poesía de Julián.

Quisiera, para terminar, detenerme en un último poema titulado “Armando puzzles luego de la destrucción” en el cual el rompecabezas del título hace posible que aquello que “fue pulverizado /deje un lugar para nacer”. De manera que el puzzle –y quien dice puzzle, también podría decir montaje, collage, azar y demás palabras claves de la vanguardia– es un procedimiento que, en Julián, establece una distancia que vuelve experimentable “la derrota”.  Y a la derrota, deja en claro el poeta, hay que experimentarla. A la derrota hay que vivirla, “entrarle”, poder mirarla de frente,pues el nuevo objeto creado, el nuevo “orden”, el Poema, “la germinación” siempre será “la esperanza de la Ruina de las “nuevas generaciones / ante la catástrofe:

 

Pues así ha sido siempre / &

Es así la Historia con los olvidados

Tarde o temprano

El objeto ha crecido

Para volver a

Su destrucción

 

Yo creo que en estos versos circulares del poema se teje la gran apuesta de este libro que es, en verdad, una pregunta que nos interpela a todos en el presente, como nos ha interpelado en tantos otros momentos. La pregunta sería la siguiente: “Si “tarde o temprano / El objeto ha crecido / para volver a / su destrucción”, si “con los restos de la destrucción se arma cierto orden nuevo natural”, si “la germinación es la esperanza de la ruina, para que nazca y crezca el objeto que habrá de “volver a su destrucción”, la pregunta sería, insisto, entonces “¿cómo deberíamos sentirnos ante la derrota?”. La respuesta de “Cuando las gasolineras sean ruinas románticas” es utópica pero no candorosa, estos tiempos no nos permiten darnos el lujo de la ingenuidad: “Entrarle a la derrota”, mirar la muerte a los ojos para darnos cuentas de que, al inversa de Pavese, ella no puede, ni debe, tener nuestros ojos, supone, para Julián, concederle a la derrota, a la muerte y al olvido el poder de lo fatalmente real; no es otra la fatalidad que, por suerte, hace que necesitemos desempolvar, todas las veces que sea necesario, el “armapoesías”.

 

 

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