JULIÁN

Nacio

JULIÁN

                                                            Por Enrique Schmukler

Estábamos en el homenaje a los desaparecidos que en el año 96, por septiembre creo, hicieron en el patio del Colegio Nacional. Es triste el patio. Cada día de la primavera los pelotones de egresados pintan sus nombres con la ilusión de un minúsculo porvenir sobre cada laja del piso, pero al año siguiente otros más jóvenes, más alegres y con una pintura más espesa, los cubren, los hacen desparecer a casi todos. Hacía dos años que habíamos egresado Julián y yo del colegio y ya dos generaciones nos habían barrido de las lajas. De los nombres, tengo nada más el recuerdo de unas letras pintadas en color amarillo.

Había mucha gente entre el público y de pronto Lucía García, me acuerdo muy bien de ella porque había sido compañera de mi hermana Julieta en la secundaria y también, creo, como yo, estudiaba periodismo (o no, pero siempre la veía en los pasillos de la Facultad de calle 44 con los de la Haroldo Conti), desde arriba del escenario de tirantes instalado cerca de los baños que dan al área de física, Lucía García, que más o menos para cuando yo me vine a París se fue a vivir a Brasil con un novio matemático y hacía no mucho había sido una de las fundadoras de HIJOS, micrófono en mano, dijo: entre otras cosas que todos aquellos que lo desearan podían subir al escenario a decir lo suyo.

Entonces Julián, indómito –esta es una palabra que le encanta, que en sus libros siempre aparece–, indómito y salvaje podría agregar, pero discretamente, se fue desplazando hacia el escenario. Como el observador de ojos maliciosos que soy, un tanto perdido y al mismo tiempo presente, yo avanzaba detrás de él en mi impune segundo plano. Dejamos atrás algunas sillas ubicadas en fila para la ocasión y nos detuvimos sobre la margen derecha del gentío.

En verdad no creía que nos acercáramos por eso. Suponía que no se animaría aunque el verbo es impertinente. No, animarse, no. Simplemente lo conocía. O lo leía desde mi confusión de esa época y me confundiera al pensarlo. Suponía que no le interesaría subir al escenario y hablar ante la multitud. Que no era su estilo. O que pudiendo formar parte de su estilo, su inteligencia, su compleja inteligencia no le permitiría decir algo perceptible para la multitud.

Hubo de mi parte un segundo de distracción. Lucía estaba de pie en medio del escenario secundada por otros Hijos. Comenzó a decir:

–Ahora les quiero presentar a un compañero, a un Hijo como nosotros… que también es egresado del Colegio… Julián, a ver, haganlé paso a Julián.

Julián se hizo paso entre el grupo de laderos de Lucía, tomó el micrófono y habló. Me acuerdo perfectamente lo que dijo porque fue en cierta manera escandalizador. Bochornoso. Pero de un modo raro. Una frase corta. Me corrijo: más que una frase fue una fórmula. O más que una fórmula, el resultado de una fórmula. Mi sensación fue que se trataba de una fórmula complejísima y subversiva que sólo en apariencia, por el resultado, parecía simple.

Dijo:

–Sólo decir que nunca fui yo… sino ellos.

Acto seguido devolvió el micrófono y se bajó del escenario. Yo comencé a regocijarme por la evidencia incontestable de que nadie comprendiera un pomo y en eso lancé una mirada especular. Vi ex-alumnos de generaciones más grandes, padres de familias o quizás abuelos ya cruzar miradas incrédulas. Puede que me causara gracia lo que no debía, y que mi reacción fuera inmoral. Lo cierto es que reía.

Julián me buscó entre la gente y vino a mi lado. Nos quedamos de pie sin decir nada. En el escenario una banda de rock adolescente comenzaba a instalar sus instrumentos. Detrás, Lucía García y su mirada extraviada por la impotencia en el intento de completar el espacio en blanco que había dejado Julián tras su paso. Creo que tosió dos veces antes de volver a tomar la palabra.

–Luego de las palabras del compañero… esperaremos a que los chicos terminen de enchufar los instrumentos. Son alumnos de quinto año del Colegio Nacional. El grupo se llama Don Otario. Van a hacer covers del rock nacional.

Al terminar de decir eso se movió hacia un costado. La banda comenzó por una versión de “Heroína”, de Sumo.

Para mí el homenaje no daba para más (su sentido había sido clausurado por la fórmula ¿desquiciada? de un hijo de desaparecidos). Sin embargo, nuestra salida se vio demorada por un hombre con barba candado y el típico aspecto de militante setentista en épocas menemistas. Le habló a Julián:

– Yo fui compañero de secundaria de tu viejo, ¿sabés? Podrías haber dicho algo más… qué sé yo… emotivo.

Yo no creía estar riendo ya en ese momento. Igualmente, el pelado me increpó.

– ¿Vos de que te reís? –me miró. No dije nada.

Luego dio media vuelta y volvió a donde su esposa los esperaba con un nene en brazos.

– Entiendo –dijo Julián.

Pero no me lo dijo a mí ni se lo dijo al compañero de secundaria de su papá que ya no podía escucharlo. Se lo dijo a él mismo y al mismo tiempo dudo que fuera una respuesta. Dijo: “entiendo” robóticamente. A nadie.

Con el bullicio creado por los rockeros novatos de fondo llegamos al puestito de hamburguesas emplazado a las puertas del Colegio. Bajo la arboleda de tilos, era célebre el polígono de chapa verde no por las hamburguesas que ahí se cocinaban, sino porque el tipo que atendía, al menos en esa época, vendía marihuana fuera del horario de clases. O quizás únicamente a nosotros, que éramos fumadores precoces, nos vendía marihuana. Nos sentamos a una mesa de acrílico blanco y pedimos una Quilmes.

 

 

Recuerdo una noche increíble. Vestíamos remeras de manga corta y eso tenía un atractivo especial pues era la salida del invierno y se sentía la hermosa frescura de una renovación en la piel. Yo tenía por costumbre, y ya era un hábito inmodificable, una pared solidísima, jamás preguntarle nada a Julián sobre lo que le había pasado a sus papás. No preguntaba porque no sabía qué preguntar. Porque en todo caso ¿qué más había que saber? ¿Qué necesitaba saber yo además de lo que ya era vox populi? Esa noche no fue la excepción, no pregunté sobre lo que había pasado con sus viejos. Pero sí dije que no había entendido un carajo de cuanto había ocurrido arriba del escenario.

– No sos vos… sino ellos… ¿porque no recordás? –pregunté y me arrepentí.

Como toda respuesta se limitó a decir:

– Fue una limadez –y se sonrió.

No sé por qué pero me tranquilicé. En algún instante entre mi pregunta y su respuesta, temí que algo irremediable pudiera ocurrir en la vida futura de Julián y en nuestra amistad. O dicho de otro modo: siempre fue importante para mí saber que Julián se mantenía erguido. Era necesario no sólo para mí, diría para todos tener la convicción de que no se quebraría por nada del mundo. Se trataba de mi reaseguro. Julián cumplía el rol de guía explorador en mi vida y no podía flaquear. ¿Qué podía llegar a quebrarse para siempre? No lo sé. Pero al mismo tiempo no me podía sacar de la cabeza aquello que había pensado. Lo entendía o creía entenderlo recién en ese momento: no tenía ningún recuerdo de ellos. Si no tiene recuerdos es lógico que él fuera ellos. Todo eso pensé en ese instante y volví a arrepentirme de haber llegado a esa misma conclusión. Pero no dije nada. Me atuve, como se dice, a las consecuencias.

Debí anticipar o sospechar que Julián no iba a dejar que aquella fuera su última respuesta. Entonces dijo que tenía un sueño que volvía una y otra vez desde que era chico.

– ¡¿Desde cuándo?!

– Desde quinto grado. Pero no siempre –insistió

Yo pensé en quinto grado y me di cuenta de que fue en ese momento que nos hicimos amigos, Fran, él y yo, que antes no éramos amigos. Íbamos al mismo grado de la escuela Anexa pero no éramos amigos. En cualquier caso, el 87 había sido un año soleado de enero a diciembre. Pensé en los skates y en una herida de diez puntos de sutura debajo de mi rodilla derecha. También en lo mucho que me gustaba Luciana Pagani en quinto grado. Luciana, cuándo no, había sido novia de Julián, pero en séptimo.

Entonces Julián tocó por primera y única vez el único el secreto, quizás. Y lo develó esa noche luego de un homenaje impersonal a los desaparecidos de nuestro colegio secundario.

– Es un sueño no muy original… –me advirtió apenas–. Estoy en el departamento de mi abuela Chicha a una edad como de quince años. La impresión es que soy alguien que ya da sus opiniones y que es escuchado. Está mamá y está papá. Y está mi abuela con un bebé en brazos que soy yo. Es la noche en que los chupan, de eso estoy seguro. Yo miro a mis viejos pero ellos no me miran. Fuman nerviosos y apenas, de cuando en cuando, se ponen de pie y lanzan miradas por el balcón. Yo siempre veo ese balcón y pienso en tirarnos. En que si llegaran a irrumpir los milicos por la puerta de entrada nos podríamos tirar todos por el balcón y yo, en el sueño, sé que no nos moriríamos. Que a pesar de ser un séptimo piso caeríamos de pie mis papás, la abuela conmigo en brazos y yo. Zafaríamos y nos iríamos corriendo hasta el presente. Pero en el sueño nunca pasa eso. Lo que pasa es que mientras mis viejos deliberan (a veces veo dos revólveres recostados sobre el cubrecama), yo me preocupo sobre todo por mi abuela Chicha y por el bebé. Es más, a veces, mis viejos me piden opinión sobre qué hacer, como zafar de los milicos y yo en cambio digo o creo que digo cosas sin ganas y me vuelvo hacia donde está mi abuela y hacia donde estoy yo. Eso pasa en todos los sueños, irremediablemente. Lo que más me gusta es que mi abuela está recontenta y yo a veces logro no estar preocupado. Como si fuera un problema real, pero no tan grave. Económico. Como si a mis papás los fueran a echar del trabajo o ya los hubieran echado y no que los fueran a chupar para siempre. Pero entonces caen los milicos. Pero en el sueño no se manifiestan. O yo no los veo. Pero sé que cayeron. Que en la habitación de mi abuela está pasando algo terrible mientras yo me escondo con el bebé en brazos en un armario de la cocina donde se guardan las escobas. Entonces, sí, sé (no los escucho) que mi abuela pega dos o tres gritos. Después nuevamente la calma. Salgo del armario acaricio al bebé y mi abuela me dice: “Ya pasó, Julián”.

Julián se frenó de pronto y yo serví más cerveza. Como no recomenzaba y me parecía que le faltaba algo al sueño, le pregunté.

– ¿Y después?

– Y… se termina el sueño. Me despierto ¿Qué más querés que pase?

– No sé, creía que había algo más

– No –me dijo serio– en general es eso lo que pasa. Yo no tengo recuerdos de mis viejos pero tengo ese sueño.

– ¿En general?

– Sí. Tiene pequeñas variaciones. Hay veces en que el sueño sigue un poco más. Yo salgo a caminar indómito por la calle nocturna con el bebé en brazos y trato de buscar un banco para sentarme. Termino en la plaza Moreno que queda a dos cuadras y me siento en un banco. Entonces, a veces, dejo el bebé sobre el banco y me escapo corriendo yo también

– ¿Y a dónde te vas? –le pregunté.

– No sé –me dijo y miró en dirección a la avenida uno, desierta.

No dije una palabra durante un lapso prolongado pues no sabía qué agregar. Así y todo el sueño seguía pareciéndome inconcluso. Por no insistir sobre ese punto iba a decirle que hacía un rato me había puesto a buscar los nombres de mi división, quinto octava, en las lajas del piso del patio, pero que no los había encontrado porque ya había otros nombres. Le iba a preguntar si él había encontrado su nombre, con los de su división, quinto cuarta, en las lajas del piso, pero no alcancé a decir nada porque ya estaba Julián retomando el sueño.

– Me acuerdo… a veces, creo, me voy a las casa de Alicia, mi exnovia, que queda en Plaza Paso. Sí, casi siempre me voy ahí. Pero eso no está muy claro. Y otras veces me voy a una comisaría, ¿no te parece perverso ir a una comisaría? Increíble. Ese es el peor de los finales. Estoy en una comisaría y hay un cana que me habla y me consuela inclusive tocándome el hombro. Y yo, lejos de indignarme, porque la indignación viene cuando me despierto, me tranquilizo, le creo. No sé que me dice el milico pero le creo…

Nos quedamos sin decir nada un momento más. Yo pensé que si ese final no fuera un sueño de Julián, literariamente estaría muy gastado, en efecto no funcionaría por nada del mundo. Pero era así, pasaba.

– Lo más vomitivo es que en el sueño el comisario me habla como si fuera un padre, con ese registro tranquilizador.

Julián se sonrió como con vergüenza.

– Misterios del inconsciente, Quique –dijo y bajó los ojos. Luego tomó el vaso e hizo el ademán de un brindis.

No sé por qué yo seguía un poco decepcionado con al historia. Debe ser mi petulante personalidad. Julián me preguntó si había algo para hacer esa noche. No sé, contesté, caminemos por ahí. Después agregué que por qué no llamábamos a Fran, que él siempre estaba al tanto de algo. Dijimos que sí con titubeos porque la verdad ya era muy tarde y Fran vivía con la mamá.

Antes de que se perdiera definitivamente la conversación volví a preguntar:

– ¿Y desde quinto grado que soñás eso?

– Sí –contestó.

– Desde el ochenta y siete –dije yo–, el año en que nos hicimos amigos.

– Sí, desde el ochenta y siete –coincidió–. Once años.

– ¿Y te gusta?

– ¿El sueño?

– Sí.

– Me gusta y no me gusta. Lo que me gusta es que a la mañana siguiente me levanto con ganas, contento.

Como seguía insatisfecho iba a preguntarle si en general se levantaba triste o si cuando el sueño terminaba con el afecto paternal del comisario abría los ojos al día también contento, pero ya la iba muy de psicólogo. Así que desistí. Además ¿quién se levantaba contento? Pedimos dos cervezas más y las bebimos despacio. A las doce cerró el puestito verde. La noche era un buen lugar para descansar. Despacio dejamos nuestras sillas de plástico y nos pusimos a caminar rumbo al centro por la calle cuarenta y ocho.

 

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