Profunda esta noche

Profunda esta noche

                                                                      a MNC

 

“Penetrate the evening that the city sleeps to hide…”

Jim Morrison. Moonlight Drive

 

 

Conocí a N. un viernes de invierno. En realidad, debo decir que ya nos habíamos cruzado varias veces, por momentos en los pasillos de la Universidad, alguna que otra vez en la típica monotonía nocturna de esta ciudad. Yo la miraba de reojo al pasar, ella me clavaba la vista sin vacilaciones. No recuerdo las primeras palabras de N. cuando me acerqué para bailar, solo vienen a mi los detalles de sus ojos suavemente achinados que me miraban, y me miraban; y sus labios que con el transcurrir de la noche se acercaban a mis oídos para susurrar algo que yo apenas escuchaba sino a jirones; siempre distraído en las formas que tomaban, tornándose cada vez mas sensuales, moviéndose como si succionaran con frenesí algún objeto extraño contemplado en el vacío.

Esa noche hablamos poco, pero lo suficiente y sincero como para presentarnos; y lograr darme cuenta que esa mujer era un todo indisoluble de alma y cuerpo, mientras yo me perfilaba como una pieza afilada y cortante, que gustaba diseccionar falsos platonismos. Recuerdo que la acompañé a su casa, y sin dudarlo me invitó a pasar. No recuerdo cuantas veces estuvimos follando, pero sí recuerdo que desperté a eso del mediodía y N. todavía dormida, sostenía mi cuerpo entre sus finos brazos, mientras me acariciaba la cabeza con tanta dulzura y dedicación que hasta llegué a emocionarme (N. es la única mujer que puede mantener la caricia durante toda la noche mientras permanece dormida).

Por aquellos días mi mujer y mi hija estaban de viaje, por lo que volvimos a encontrarnos con la misma intensidad la noche siguiente, y desayunamos juntos, y se hizo la tarde del domingo, y nos contamos con detalle cada una de nuestras historias. Algo me decía que esa velada no podría repetirse de la misma forma sin que yo me iniciara en toda una preocupación por los tiempos en los que se daría cada encuentro. Pero de algo estaba seguro: cada momento sería infinito, podría perderme en los brazos de N. y avanzar en la noche como si tocara fondo, como si nunca llegase a hacerse de día.

La historia de N. no me parecía tan compleja. Vivía con su hermano G. unos años menor que ella, quien permanecía poco en la casa. Sin embargo, cuando él se aparecía gustaba recluirse sigilosamente en la cocina, sentarse a comer y mirar televisión durante horas, sin molestar a N. (siempre preocupada por la vida y los movimientos de aquel personaje ermitaño). Se notaba que entre el uno y el otro había bastante respeto.

De tanto en tanto, los visitaba también su madre, una mujer de una belleza sumamente extravagante, pero con una impostura afrancesada en la voz, que le alejaba rápidamente la simpleza tan particular de aquellos rasgos finísimos y delicados. Ella entraba, observaba el estado general de la casa, lavaba los platos, barría los pisos, y se marchaba dando alguna que otra instrucción a su hija que la miraba distanciada, casi sin escucharla, como si el largo silencio mantenido entre ellas de pronto se fuera a romper, y aquellas palabras tensadas se convirtieran en un largo llanto alguna vez apagado con el propósito de no culparse. Pero N. en realidad me contaba que sufría por su papá, quien por alguna rara casualidad llevaba un nombre muy breve, que comenzaba con la misma letra que el mío, pero que a su vez, por alguna misteriosa coincidencia, era también el segundo nombre de mi padre. Y cuando hablaba de él, sus ojos achinados se cerraban mas de lo normal, dejando entrever una pequeña angustia instalada por un momento en su pecho, hasta que una gota se perdía entre los vértices de su lagrimal.

  1. se llamaba su padre. Era abogado. N. ya a punto de recibirse seguía sus pasos; y para justificarlo se despachaba de las injusticias sociales, de cuando lo echaron del laburo, de todo lo que sufrió, de su desgano actual ante el mundo. Algo me decía que seguir la profesión de su papá, mas que una vocación, en N. se transformaba en alguna forma de esperanza, una fuerza o incentivo paralelo que le permitiría redimirse y devolver la alegría perdida que existiera alguna vez sobre el rostro de su progenitura .

Como siempre, no tardé en despacharle a N. toda mi historia de ser hijo de desaparecidos, historia que – si bien desde un principio no parece tan simple -, la mayoría de las veces se torna en un vanidoso relato de presentación, un señuelo, una carta, un trofeo, la pantalla que tarde o temprano me hace mas parecido al “otro” de lo que yo intento apartarme. Solo para mostrarme extravagante.

Recuerdo nuevamente aquella noche en la que nos conocimos. Fue muy breve. Habíamos dejado de bailar y estábamos sentados en un rincón del salón. N., a pesar de la música a todo volumen, me escuchaba con dedicada atención: “Sabes como viene la mano con los desaparecidos” – le dije, “… Sí, creo que sí” – dijo N. pensativa, “… tengo una amiga que también tiene los padres desaparecidos y vive con la abuela, lo raro es que nosotras siempre lo supimos y ella nunca jamás hizo un comentario al respecto. Alguna vez me gustaría tener la posibilidad de hablar con ella y que me cuente un poco lo que le pasó, que se yo, darle un abrazo, preguntarle como se siente. Pero el tema de la muerte … sí eso sí lo viví bastante de cerca, mi tío enfermó y falleció también hace un tiempo. Fue para todos una tragedia, los chicos se quedaron solos…, pero igual sé que el tema no tiene nada que ver con lo tuyo…”. Y cuando terminó de decir estas palabras me abalancé sorpresivamente sobre sus labios, y no recuerdo cuanto tiempo pasó, ni que movimiento hicimos; si sé que por un momento abrí los ojos y no había ni música, ni gente, ni nada mas que N. y yo sentados frente a frente. Creo que esa noche faltaba el mundo.

Hablamos mas de la muerte, de los caminos de la memoria, de la lucha perdida de los setenta, de la lucha actual; en fin, debo decir que en principio subestimé un poco a N.. Poco después, creo que fue cuando me escribió una carta titulada “Ella y Él”, cuando pude darme cuenta que no solo me equivocaba, sino que por el contrario, N. tenía toda la capacidad para fundirse en todo mi asunto. La carta que hoy conservo dice algo así:

 

“Mamá: perfección de la pureza, ojos de almendra, simpleza; Papá retrato de la dureza, del hombre trabajador, de aquel que utiliza la fuerza con fines loables, J. : síntesis, el tercero, que se pregunta si debía llorar más… mamá, ella, se pregunta si su hijo la extraña, lo necesita, desespera, llora, sufre. Todo a solas. ¿Por qué?, ¿Qué perseguía?. Todo estaba hablado de antemano, todo se sabía. Se había arreglado con quién y en manos de quién quedaría J. . Papá: tiene la seguridad de que el amor de su mujer lo haría mas fuerte. Sabía que ella era incondicional. Que dejaría todo por él. Que sin él no podría soportar la vida, que su hijo, el único, el que amo y desea desde la concepción. Sí, desde el primer momento en que ella con su mirada espejada, llena de lagrimas le comunicó que dejarían de ser dos, para pasar a ser tres. Pero quien se haría cargo de esa pequeña vida. Ellos sabían el destino. Estaba escrito en sus corazones. El objetivo era firme, los ideales también. Entonces, lo dejaron a salvo, cual mecías que recorre un río sin tener conciencia del destino final. El amor de estos seres proféticos se proyecta en el tercero, que es la vida, la proyección del amor. Es lo único que dejaron, le dejaron la carga mas pesada que un hombre puede tener … encontrar la mujer que personifique a ella, y llegar a ser el hombre que lo personifique a él.”.

 

Firmaba simplemente M.N.C. Con estas palabras sabía que N. sería inolvidable, al punto que  ya comenzaba a sentir un poco de miedo.

El circulo vicioso lo llamábamos; sí, algo que iba y venía, el eterno retorno de lo mismo (Nietzsche!!), el rostro de N. que nunca envejece hoy en mi memoria y se repite incansable como los días; y la veo acercarse tan aniñada, me abre la puerta de su casa llevando en todo momento una sonrisa cargada de suma dulzura, y se sonríe picara diciéndome que pase, mientras me besa con falsa inocencia la mejilla. Esta escena o retrato se repite como en Wilde, como la primer novela que le regalé a N., que mejor dicho le arrojé por debajo de la puerta para sorprenderla, y ella al otro día ya la tenía leída, y se desesperaba por enseñarme cada uno de sus comentarios.

La voracidad intelectual de N. no tenía fin, leía cuanto le prestaba, le regalaban y le llegaba de alguna que otra forma a sus manos: filosofía, historia política Argentina, arte, literatura, derecho; no paraba de leer, quería intercambiar sus opiniones con migo, quería enseñarme su punto de vista del mundo antes o después de hacer el amor. Yo la miraba y me perdía nuevamente en el movimiento de sus labios, en sus ojos levemente achinados. Y se viene de pronto a mi mente la obra de Cortázar, recuerdo aquella tarde tirados en los largos pastos de la plaza San Martín cuando le regalé aquella novela monumental llamada Rayuela, que rápidamente pasó a ser fragmentos de cada encuentro, de nuestras palabras, de sus ojos que ya no serían los de N., sino los de la Maga, del lugar que se convertiría rápidamente en un Paris del exilio; del Capitulo 9, poniéndonos a jugar al cíclope, de las idas y venidas de Horacio. La Maga, – dijo N.: … sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora es la noche, su puente el Pont des Arts … y mirá que apenas nos conocíamos, y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente (escrito detrás de una vieja foto en blanco y negro, con la carita de una chinita regordeta y hermosa que no debe tener mas de un año).

Pero al fin y al cabo, por pequeños momentos que duraran cada uno de nuestros abrazos, siempre eran tan intensos y frugales que perdía toda noción del mínimo de racionalidad que alguna vez me caracterizara; porque sin duda, yo tenía absolutamente fuera de control toda la situación. Así vivía: me escapaba por las noches en forma sigilosa mientras mi mujer dormía (o se hacía la que dormía). Sin duda, estaba desenfrenadamente obnubilado con el cuerpo de N. que me esperaba y recibía con urgencia abierto, desnudo en la profundidad de la noche para envolverme, y yo la penetraba mientras cerraba los ojos sin querer nunca mas abrirlos, susurrándole al oído cosas perversas y maravillosas, hasta que bien en lo alto de no se qué epicentro, mareados de placer, nos dejábamos caer al precipicio, hasta que el sufrimiento aparecía rápido, efectivo, cortante (en realidad, de alguna forma ya estaba instalado desde un inicio), y nos despegábamos suavemente del aluvión de flujo que nos unía, porque tenía que dejarla, sí, en ese mismo y preciso lugar en el que me había recibido, ahora tan fría y sola arrojada en su propio regazo. Cuando me despedía, yo presentía que N. luego lloraba mucho; mucho, mucho. Pero no sé porqué tenía la falsa esperanza de que pronto se quedaría dormida.

Ese año fue bastante difícil para mí, estaba cansado de trabajar en la Obra Social, la militancia, estaba como delegado gremial, la difícil o casi imposible convivencia con mi mujer, mi hija que crecía y necesitaba de su papá, también escribía un poco cuando podía (puros mamarrachos), el ritmo de la terapia, y hasta las últimas materias que me quedaban de la maldita facultad; sí, el bodriejo de Abogacía que de un último esfuerzo pude terminar. En todo este fabulosos marasmo, en este cóctel explosivo de circunstancias, N. (sin dejar de ser ajena a toda esa confusión), pretendía ayudarme, me alentaba, me decía que no me preocupara, que si no me recibía ese año lo haría como ella el año entrante. Yo apenas la escuchaba, en todo caso, prefería perderme en sus ojos o en el silencio de cada una de sus caricias.

Estudié mucho recuerdo, aquellos últimos meses se mezclan con bastantes cosas yendo y viniendo en mi cabeza. Pobre N., ahora me doy cuenta en el medio de qué embrollo la tenía metida. Pero lo hablábamos, yo le trataba de explicar lo transitorio de las circunstancias, ella parecía entender (o eso es lo que yo creía). Y asentía con su cabeza sin indiferencia como segura de lo que hacía, tomándome de la mano, buscando mostrarse como una verdadera compañera mientras me decía que aquello no tenía un santo remedio, que la ausencia no se llena así tan fácil de un golpe y se acabó. A esto viene la siguiente parábola que N. me escribió por aquellos días:

 

“A J. le falta una pieza. La perdió y no se acuerda dónde la dejó. Piensa que no la va a encontrar más, que la pieza es de tamaño tan pequeño, y a la vez de importancia tan grande, que no la hallará nunca. Él está convencido (o cree estarlo) del hecho de que si no obtiene esa pieza, el rompecabezas forma una figura que no consigue ser perfecta. Lo que no sabe J. es que a todos los hombres les sucede lo mismo (Nota: esta generalización nunca me gustó). Si abriera el corazón, si se dejara llevar por el amor, si me dejara entrar en él despacito, de a poco, por ahí, quien sabe, el rompecabezas no le pesaría tanto.”

 

Lo titulaba Rompecabezas, y volvía a firmar M.N.C.

El año terminaba y mi cabeza estaba a punto de estallar. Se vino la inevitable separación con mi mujer, se precipitó a su vez el viaje a Europa planeado desde hacía una década con mi amigo F. Para ese entonces yo estaba muy mal, pero recuerdo que N. todavía estaba ahí, y la frecuentaba mas seguido, dormía en su casa muchas noches y hacíamos el amor con desenfreno durante horas, como recuperando todo ese tiempo que nos faltaba para el cuerpo y nos tenía tan limitados. Para ese entonces N. se había mudado a la habitación de sus padres, un lugar bastante húmedo, cerrado y desolado en el medio de la casa, que por su estado general, daba la sensación de que nadie dormía allí desde hacía bastante tiempo. Ella ponía el despertador bien temprano, se levantaba, preparaba dos tazas de café con leche bien caliente, y me despertaba con besos suaves y puntuales, hasta que volvíamos a hacer el amor, y salíamos con otra frescura cada uno para nuestros respectivos trabajos. Pasaron unos días y me contó que había soñado con migo, “Yo nunca sueño con un hombre que me hace el amor”- me dijo, “Solo con A. pude alguna vez soñar”. A. era su antiguo novio al que ya poco se cruzaba. Entonces volví a tener miedo, y le dije a N. que la quería mucho. Para ese entonces creo que la quería demasiado.

En los días que siguieron, a veces buscaba distanciarme a propósito de N., pero cuando pasaba nuevamente por su casa, la encontraba angustiada, con tantas ganas de llorar; y me preguntaba porqué me no había pasado a verla. Qué le podía decir. Nada. Solo necesitaba que la abrazara, y así lo hacía, durante un largo rato. No sé exactamente cuanto.

Viajé a Madrid a fines de Diciembre, el viejo mundo me esperaba con los brazos abiertos. Necesitaba despejarme un poco, caminar solo, conocer lugares, sumergirme en otros aires.  N. sabía que a mi regreso algo iba a cambiar, eso era seguro, porque así lo habíamos hablado. Sin embargo, mantuvimos una extensa correspondencia electrónica donde yo la hacía parte de cada uno de los detalles que vivía; ella me narraba los cambios internos que estaba sufriendo, por momentos dejaba traslucir cierta melancolía, por otros me daba letra y se despachaba risueña de las travesuras que uno podría llegar a hacer en todo aquel inolvidable periplo.

Fue por aquellos días que caminando por las callecitas de la deslumbrante y renacentista Florencia, cuando compré el gastado libro de lomo antiguo y de páginas amarillentas con el que completé día a día las cosas que me iban sucediendo, los lugares que visitaba adobado con fragmentos de prosa que desde meses atrás ya eran parte de nuestro mundo. El diario de viaje o mejor dicho: el cuaderno de bitácora, estaba dedicado a N.: Esa maravillosa mujer…, y significaba para mi, de alguna que otra manera, la necesidad de actualizar su presencia en ese lugar; en definitiva: todo lo que la extrañaba.  Esas páginas garabateadas a tientas con un desgarbado lápiz, las recibió de mis manos la noche misma que nos volvimos a ver.

En efecto, volví del Viaje a principios de Febrero,  bajé del avión y esperé a N. en un Hotel de la ciudad como habíamos convenido. Todo un pacto secreto tejido sobre el reencuentro. No tardó en llegar, sonriendo como siempre en la noche, pero algo andaba mal, no sé, sus ojos que intentaban decir algo que su boca le prohibía. Yo percibía de a poco su preocupación. El abrazo de ese reencuentro fue uno de los mas hermosos que recibí en mi vida, estuvimos entrelazados bajo un árbol de la plaza durante mucho tiempo, yo apretaba a N. contra mi pecho, y ella hacía esfuerzos por contener el llanto. Cogimos, follamos, hicimos el amor con desenfreno casi toda la noche. Le conté algo mas sobre el viaje (ya era una experta del recorrido). Por la mañana tomamos una ducha  juntos, nos secamos cuidadosamente, y en eso, justo cuando comenzaba a vestirse aproveché para tomarle las dos fotos que aún me quedaban cargadas en la cámara. Le apunté ahí, contra la ventana que daba a la plaza, y de pronto sentí como si gatillara sobre su imagen buscando un movimiento de captura, como si en aquella foto le estuviera robando el alma para siempre. Sé que en principio, cuando se las mostré no le gustaron (eran fotografías en blanco y negro que dejaban ver los detalles mas pequeños de su rostro), pero luego supe que las había pegado en su habitación, y todo aquel que por alguna casualidad por allí pasaba, siempre le elogiaba la imagen. La foto. Repito lo que dije en un principio, N era indisoluble, pero a partir de ese momento N. había dejado de tener alma.

Pasaron varias semanas y volví a encontrarme con N.. Hicimos el amor solo algunas veces mas. Una de esas noches insistí nuevamente en fotografiarla, pero esta vez sería sin nada, completamente desnuda. Pensé que se negaría, pero accedió sin problemas. Ella se tapaba el rostro y yo jugaba a ser un pequeño panóptico u ojo que se metía donde quería, de forma de ir cortando y atrapando con cautela cada porción suelta de su alma. Detrás de aquellas íntimas postales hoy rezan algunas frases que una noche solitario y extasiado apunté:

 

“Ruedan tus cabellos

         por tus cándidas formas

  como un extraño río,

       que esparce

           su raudal

           crespo y sombrío

                     y las rosas

encendidas de mis besos

alguna vez

           en esta imagen,

    yo agónico

          y sediento,

           pertinaz vampiro

que de tu sangre pude dar sustento,

       solo tengo

                  la sombra

 la que esa vez se desprendió

de tu cuerpo

                      para duplicarte,

   y me hace el amor todas las noches,

mantiene los pezones

                               trémulos

                                     erguidos

    y me los clava

                   cuando suspiro,

    así te recuerdo.

                       N…”

 

¡Cuántas poesías como esta quedaron guardadas en mis alforjas durante aquellos tiempos!. N.  recibía solo alguna de tanto en tanto. Como siempre se las encontraba arrojadas por debajo del portón del garaje. A veces me pregunto que habrá hecho con todas ellas, ¿las tiró?, ¿las conservó?, ¿las leyó…?. Sé que al principio las tenía todas juntas apiladas en la biblioteca de su cuarto, ahí también había otros libros regalados, cartas, escritos cifrados en servilletas; en definitiva, un montón de mensajes – manuscritos no solo bajo la sencilla característica de la inutilidad (como este cuento que escribo!!!), sino que guardan, a su vez, la opacidad propia de la mayoría de las poéticas ensimismadas y jactanciosas (suena a falsa modestia, pero es así).

En fin, creo que para esa altura sus padres y amigas estaban demasiado preocupados por ella, todo nuestro asunto ya se había tornado en un entramado complejo y oscuro, por lo que para N. significó, una difícil pero necesaria decisión: cortar con toda esta locura de una buena vez.

El último roce con N. se sucede dentro de un boliche justo al lado de su casa, creo que ella estaba borracha, yo había tomado bastante, pero podía controlar perfectamente lo que ella hacía. N., ya sin alma (puro cuerpo), está con las amigas, no me ve; o como siempre se hace la que no me ve. Yo me le acerco lentamente – hay mucha gente en ese lugar -, ella le sonríe a su gran amiga, la hermosa señorita L., quien acostumbra a sostener su cigarro con absoluta seguridad y elegancia, para luego arrojar el humo en uno de los gestos mas sensuales que haya podido observar en mi vida (no sé porqué, pero me gustaría atribuirle este encanto a un exceso de psicoanálisis). En eso N. me ve, la sonrisa se le borra de la cara. Le pido de hablar, duda por un momento, pero se acerca. Al principio conversamos solo pavadas, volvemos a perdernos alrededor de toda esa gente, como la primera vez que la conocí, solo ella y yo, entre las voces, el humo, y la música que se cruza disonante. Todos están como si no estuvieran. No interesan. N. me pide que la acompañe afuera, que sus amigos están reunidos en su casa. La acompaño entonces a la entrada de la casa, de pronto se acerca y en un instante la sostengo con fuerza contra mi pecho. N. por fin se relaja, y se deja abrazar, pero continúa triste, muy triste; lo sé porque a pesar de estar un tanto borracha, guarda silencio, un silencio sepulcral. Me alejo mientras la miro, ella me saluda para siempre y entra a la casa.

***

Hasta acá, y por todo lo que he contado, se supone que mi actitud ante N. ha sido siempre demasiado cobarde, arrojado a una inútil y estúpida distancia contemplativa, una especie de voyeurismo insípido del lenguaje y de la poética, que además de no llevar a nada, ponía en funcionamiento esa máquina absurda de la vanidad que permite desear, permite sentir, permite querer; pero uno, en el mismo juego, como si estuviera masturbándose a cada instante, nunca se termina decidiendo – valga la redundancia- , mas que por uno mismo.

Pero N. siempre ahí, sola y su cuerpo. No olvidemos aquel momento…  puro cuerpo.

Lo que sucedió después nadie lo sabe, ni siquiera N. Lo cierto es que volví del viaje a Europa y me alquilé con urgencia un departamento para vivir solo (esto sí lo sabe N., porque creo que pasó allí una noche), y en él estuve encerrado por bastante tiempo. No veía a nadie, solo leía y pensaba en todas las cosas que entraban, estallaban y se fugaban de mi cabeza sin dejar un mensaje consistente. A veces N. estaba presente en aquellas reflexiones; pero ya solo por esas frases escritas fechadas el 21/IX/00. Hacía ya un tiempo que ella se había encargado de llevar la nota muy temprano a mi trabajo, en un sobre cerrado que decía tan solo: “Para J.”. Su contenido acá lo transcribo:

 

“Me pregunto que pensarás o sentirás por mí. A veces te siento tan distante, que te invento y creo cerca de mí. Disfruto extrañarte … pero mas disfruto estar a tu lado. No se sentís lo mismo que yo… Cómo saberlo?. Nunca dudes de mis sentimientos. Te advierto que mis actitudes pueden darte a pensar que no tengo interés en vos. De hecho me interesas mas de lo que te imaginas. Es muy finita la imaginación?. Si tu imaginación es grande, proyectá un jardín para los dos. Quiero vivir ahí, pero no sola, te deseo a mi lado. Te llenaría de besos, de flores, de mi olor. Te bañaría y cuidaría. A veces pienso que necesitas muchos mimos. A mi me encanta hacer mimos. Vos necesitas lo que yo tengo. Si vos querés, algún día … en ese jardín te voy a dar eso que andas buscando.”

 

Esta vez solo firmaba N.

Releí la nota tantas veces que ya me la sabía de memoria. Y la recitaba para mi mismo mientras caminaba, le modificaba las oraciones de lugar al punto de analizar si tenía algún mensaje oculto que por imprevisión yo hubiese pasado por alto.

Una de esas noches no pude dormir, las palabras de N. (ahora la arrogante Dra. N.) bailaban con desenfreno en mi cabeza: pro-yec-ta-un-jar-dín-pa-ra-los-dos-vi-vir-a-hí-te-de-se-o-be-sos-flo-res… Salí temprano, creo que eran eso de las siete de la mañana. Estaba decidido a dejarlo todo por ella, no me importaba nada mas que tocarla por primera vez (solo cuerpo), dejar atrás la esterilidad de las palabras para mostrarle efectivamente todo lo que la amaba. Y volver a abrazarla; sí, abrazarla hasta el cansancio, consumirla entre mis brazos, acariciarla con toda la  dedicación que ella me había dado durante esos días. Volver a la potencia infernal de la primer vez que nos fundiéramos (en la noche), como cuando volví de Europa (en la noche), como la última vez que nos habíamos visto (en la noche).

Mientras caminaba para su casa, N. seguía ahí, revoloteando en las ideas (ahora también mi cuerpo), punzando mi cabeza casi a punto de estallar. De pronto recordé:

 

“Por lo menos una vez al día siempre me imagino tu rostro. Qué difícil, siempre tan lleno de grises, de surcos abiertos como en tinieblas…”.

 

Pero al llegar a la puerta algo me dijo que todo esto era una locura. Pero decidí seguir adelante con el inicial impulso de llegar hasta allí. En ese instante, justo allí parado, vacilé mareado: ¿dónde está N.?., ¿N. existe?, ¿quién escribe N.?, ¿estoy enfermo …?. Alguien salió de la casa como de golpe, no me vio; yo me hice a un lado en un rápido movimiento impensado, quise estirar mi brazo y alcanzar ese cuerpo, pero nadie me reconoció. Seguí sobre sus pasos lentamente, acechando una sombra, un espectro sin nombre, mi suplica desesperada que se perdía, se desencontraba convirtiéndose en un grito de desgarro sin respuesta.

 

***

Me casé con N. hace ya unos años. Tenemos tres hijos de los cuales dos son de ella. Vivimos lejos del ruido, mas precisamente en el campo. Olvidamos los desencuentros, y con ello la poesía que se vive, la ausencia de la que se habla, las angustias y rencores que se acumulan. Hace ya un tiempo que con N. decidimos dejar juntos la maldita profesión. Ahora disfruto solo su cuerpo, y en silencio. Acá sobra el silencio. Y el roce de su mano sobre mi espalda meciéndose lentamente durante la noche; porque N. todavía me seduce con los encantos y el misterio del mimo mientras duerme. Hay mucha humildad en todo esto. Durante el día cocina para todos, y yo la ayudo. N. parece feliz, y ahora le gusta sonreír en cada abrazo que nos pierde.

 

 

 Tandil. Agosto del 2002.

 

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