LOS MIRABAN DE LEJOS

LOS MIRABAN DE LEJOS

a M. G.

 

 

“de chiquilín te miraba de afuera, como esas cosas que nunca se alcanzan, la ñata contra el vidrio, en un azul de frío…”

  1. Manzi.

 

Los miraban de lejos, era como si se acercaran lentamente dos puntos negros que iban tomando formas varias a medida que se acercaban. Una mujer y un hombre. Ella apenas rubia, o con una tonalidad que tanta oscuridad no dejaba ver, el pelo suelto y las manos perceptibles que lo acomodaban detrás de una oreja en un gesto delicado, o acaso, la sencillez de las facciones: delgada o desgarbada, restos milimétricos de una adolescencia perdida tantas veces recobrada, movimientos dóciles, suaves, en una cadencia de silencio la fragilidad entera de sus pasos, parejos, acompasando los pasos de su compañero, ahora a su lado: hombros gruesos, labios gruesos, seño fruncido, piernas claramente chuecas formando un extraño y gracioso paréntesis a la distancia, pasos pesados como golpes, perfil romano,  nubes grises en la mirada que evidencian larga lucha por despejarse. Caminan de la mano, no se sueltan, van como riendo, van por calle Valenzuela, Buenos Aires, San Telmo, día viernes de invierno, por la noche. Está oscuro, algunas farolas iluminan las esquinas dónde todavía, a esa hora,  se avizora cierto movimiento.

Los miraban de lejos, pero ahora están cada vez más cerca y a sólo pocos metros, la pareja no los vé o parece que sí, pasan delante de ellos pero los ignoran. Martín y Mariana están tirados en el piso sobre un costado de la vereda, comparten una botella de cerveza que Martín pudo comprar con las monedas que junta todas las tardes cuidando autos en Bilinghurst y Corrientes.

 

– Son lindos, -dice Mariana – ella se ríe todo el tiempo, él seguro que se la pasa diciéndole pavadas…

– Vos lo decís de envidiosa… es porque te gusta la pilcha que llevan-. Martín se enfurece, siente impotencia cada vez que su novia se pone a mirar a la gente que pasa y hace comentarios sobre ropa, movimientos, caras, etc. Para Martín, su chica es como su mamá frente al televisor, todo el día hablando sobre la pilcha de la Legrand, que el auto de Susana Giménez, viste los zapatos de Tinnelli…

– Podemos seguirlos – dice Martín- veamos qué pasa, a dónde van; a mí me parece que el tipo ese no es más que un cheto, un porteño cajetilla que se quiere levantar a la minita, se cree que ésta es su noche; sinó mirá como camina el muy ganso, a estos me los conozco de memoria, les cuido el auto todos los días…

– Dale, Martín, vamos, te apuesto lo que quieras que el tipo lleva a la chica a cenar a un lugar bárbaro.

 

Martín piensa que esa noche no tiene un mango, que le gustaría llevar a Mariana a comer unos ravioles con tuco a la Fonda de doña Chola, jugar unos pool con bermucito, y terminar haciendo el amor borrachos de vino en el telo del rioba. Pero esas son fantasías, vuelve a pensar Martín, cuando no hay guita, no hay guita.

Aproximadamente treinta metros más adelante sigue caminando la pareja ensimismada en su charla, engolosinados en un aire de encantamiento, un halo mutuo que impide se contagie o distraiga con banalidades de la calle. Se abrazan, se besan, caminan unos pasos, se ríen cómplices, se vuelven a abrazar, se besan, caminan. Atrás, Martín y Mariana los siguen mientras observan cada actitud, cada movimiento que clasifican y comentan entre ellos con suma curiosidad. Cómo les gustaría ser aquellos dos, aunque sea por esa noche, naufragar así bajo el mismo encanto, la misma mirada, la misma cadencia: Martín pisando fuerte, Mariana levitando dócil. Dejar atrás esa calamitosa realidad que los persigue desde chicos, desvestirse de su condición social al menos esa noche. Soñar es lo único que pueden hacer. Pueden abusar de los sueños, piensa Martín ya casi a dos metros de la pareja.

De pronto, los ven ingresar a un taberna conocida de San Telmo, allí parece hay mucha gente, se sientan afuera, bajo el toldo en una mesa larga tipo tablón, en la que hay sentada otra pareja. Adentro suena una guitarra, las voces de la gente confunden la melodía del instrumento en un cuchicheo ruidoso y  sucio. Martín y Mariana están afuera, los observan perplejos desde la vereda y a través de un pequeño ángulo que deja abierto el toldo. La pareja toma la carta y sigue departiendo vaya a saber sobre que tema; de repente ella se para y se dirige hacia dentro, quizás al baño, quizás a preguntar algo. Allí Martín decide entrar en escena, Mariana lo intenta detener, Martín se abalanza hacia el hombre que ahora está sentado justo en la cabecera de la mesa leyendo concentrado la carta.

 

– Señor, disculpe, tiene una moneda para el micro,– El hombre ni siquiera lo mira, lleva automáticamente la mano a su bolsillo derecho y le extiende una moneda de un peso sin siquiera llevar los ojos hacia arriba. Martín agradece y sale enfurecido.

 

Mariana observa los movimientos de su compañero, por momentos le da mucha gracia la situación desopilante que desencadenó su comentario que los llevó hasta allí. Por momentos, Mariana alcanza a sentir una profunda tristeza por estar ahí parada; más ahora que regresa Martín cargado de frustración y total impotencia.

 

– Me dio una moneda de un peso ese hijo de puta…

 

Ahora los dos se sientan en el cordón, Martín saca un montón de moneditas del bolsillo, las cuenta: cuatro pesos con veinticinco centavos. Lo dice con euforia, como dándose ganas:

 

– ¡Cuatro pesos con veinticinco centavos!

 

Mariana suspira, lo mira con la misma tristeza que hace un instante, lo piensa: “las locuras de Martín, lo amo profundamente…”.

La noche está estrellada, fría noche de viernes. San Telmo comienza a llenarse de gente. El tiempo corre, pero Mariana y Martín siguen atrapados con los movimientos de esa pareja, están como obsesionados, en cada mirada se proyectan en ellos como si alguna vez también pudieran estar allí sentados, cenando, sin todo ese desasosiego que hoy llevan adentro.

El hombre, sigue muy cómodo en la cabecera del tablón, la chica a un costado lo escucha, o hace como que lo escucha, tienen sobre la mesa una bandeja enorme de papas fritas que, ante el asombro de Martín, han dejado intacta casi sin probar bocado. El hombre habla y habla con pasión, mueve las manos acompañando sus palabras con gestos, hace dibujos explicativos en el aire como si fueran la performance de un político que trata de convencer a un inocente ciudadano. De tanto en tanto ella se sonríe y le replica algo, parece muy precisa, juiciosa, sin exabruptos y con pocas palabras se afirma ante la vista del otro que ya parece resignarse. De lejos pareciera que están teniendo una larga conversación sobre los amores de la vida, de alguien en especial quizás, de tiempos perdidos, de frustraciones, sentidos de la vida… no lo sabemos. El hombre frunce el rostro como en desacuerdo, pero luego de unos segundos estalla en una sonrisa, se abrazan, se besan, brindan con un vino al que Martín, siguiéndolos de lejos con la mirada, le trata de descifrar la etiqueta, sabiendo que quizás nunca en su vida tenga la posibilidad de probar.

Pero ahora, extrañamente, conversan con una pareja sentada a su lado en la misma mesa. Cómo puede ser, piensa Mariana, si estaban solos, qué rápido se hace amiga esta gente…

 

– No te digo, estos son muy chetos, negrita, ni se conocen y ya se ponen a hablar como que son amigos de toda la vida…te digo que así son los de la farándula, no vistes la revista esa, cómo se llama, CARAS, son todos conocidos esos…- Martín sigue enfurecido, tiene como ganas de llorar, pero prefiere reservarse ante Mariana.

 

Pasada una hora de charla, una de las parejas se retira de la mesa. El hombre y la muchacha siguen abrazados sobre la cabecera, se ríen, de ellos, de la charla con los otros, nunca lo sabremos; lo cierto es que ahora están sumidos en un mutuo silencio, ya no hablan. Se tocarán debajo de la mesa…, piensa Martín. Pero en eso, piden la cuenta, pagan y se retiran. Pasan justo caminando al lado de Martín y Mariana que siguen entrelazados en el cordón.

 

– Viste, nada, ni una miradita, nada, somos como basura, somos como insectos,- dice Mariana-, ni nos miran esos chetos…

 

La pareja cruza la calle y se dirige al boliche ubicado frente al restaurant: “Moliere”, consigna un cartel sobre la esquina. Se forman en una cola de gente que está entrando y comienzan a avanzar. No tardan en verlos ingresar.

 

– Hasta aquí llegamos,- dice Mariana.- ya está, ellos adentro, nosotros afuera. Así es como debió ser desde un principio, esta vez: nada de buscar rendijas para pispiar…

– ¡Ni minga!,- explota Martín.- nos quedamos acá hasta que salgan… por culpa tuya llegamos hasta acá, ahora te la bancas hasta que salgan, negrita.

 

Estuvieron hora y media contemplando la calle; de tanto en tanto, se merodeaba un policía que cuidaba la cuadra, pero con mucha suerte Martín lo conocía, así que no decía nada. El “vigi” pasaba silbando para hacerse notar nomás, para que la gente lo vea que estaba allí, paseando la gorra, haciendo su trabajo para dejar tranquilos a los comerciantes y a los consumidores de San Telmo. Sólo para que no se aparezcan a molestar gente como ellos. Por si las moscas, piensa Martín y se ríe tirado todavía en el suelo.

Cuando salieron estaban como amodorrados, Mariana empezaba a dormirse sobre las rodillas de su compañero, así que tuvieron que pararse de un gólpe y seguirlos de cerca, romper con ese estado letárgico que los comenzaba a envolver, caminar rápido para que el frescor les pegue bien en la cara, al trote si era necesario. Los siguieron dos cuadras, hasta un estacionamiento privado. En eso los ven subir a un auto color verde agua y salir a paso de tortuga por calle Chile hacia Medrano. En ese instante, Martín siente que se le echa a perder toda esa noche:

 

– No se pueden ir, no ahora, ¡No se pueden ir…!

 

En eso pasa un Taxi. Martín lo para y piensa en los cuatro pesos con veinticinco centavos en monedas que tiene guardado en su bolsillo. Se suben y le piden al taxista que siga ese Renault verde. Hacen varias cuadras, el coche se detiene, el Taxi también. Por suerte la pareja no se da cuenta que los están siguiendo, desde atrás, Martín y Mariana  alcanzan a divisar sombras que se cruzas entre los asientos.

 

– Se están besando,- dice por lo bajo Mariana y se retuerce ahora tan enfurecida como su compañero.

 

El auto vuelve a arrancar, dan varias vueltas sin un sentido lógico alguno. Qué hacen piensa Martín, están locos, a dónde van… Van y vuelven por dos transversales de San Telmo, qué buscan… El marcador del Taxi lleva tres pesos con ochenta centavos, si no paran en cuatro cuadras estamos perdidos, piensan ahora desesperados Martín y Mariana.

 

– Que paren ya o estamos muertos, que paren, que paren….

 

Por una casualidad telepática que desconocemos, el auto verde se detiene y estaciona frente a un Hotel Alojamiento conocido del barrio de San Telmo. La pareja se baja rápidamente y desaparece. Mientras tanto, Martín y Mariana intentan explicarle al Taxista que solo tienen cuatro pesos con veinticinco centavos y les faltan veinticinco más para completar los cuatro cincuenta que dice el marcador.

Cuando bajan del Taxi, se dan cuenta que se quedaron solos, que ellos ya no están,  que están perdidos, a algún lado se fueron, la noche misteriosamente se los tragó. Pues la noche ya estaba preparada de antemano para tragarlos, al menos, eso estaba escrito en el mapa de sus rostros y no lo supieron leer… Recordemos a un inicio: eran dos puntos traídos por la noche desde la distancia que, tarde o temprano, cierta inercia o ley gravitatoria desconocida, tendía a unirlos y hacerlos desaparecer en la misma distancia. O como bien le gusta decir a Eduardo Galeano: “ellos eran dos, que por error, la noche corrige…”.

 

– En fin,  estarán ahora en vaya a saber uno que habitación de ese Hotel de mierda haciendo el amor y nosotros acá, muertos de frío y sin un mango…,- dice Mariana sumida al límite de la mayor frustración.

 

Martín estudia el auto verde estacionado, lo mira con detenimiento y exclama:

 

– Este gil deja el auto así en la calle como si nada, y ni siquiera tiene Alarma… queso servido a las ratas sin trampera… mirá que linda compactera que tiene… el Rulo me la compra por buena guita…

– Qué vas a hacer Martín…, ¡Ni se te ocurra que vamos en cana, che!, ¡Martín!, ¡Martín!.

 

Mariana lo trata de parar, pero Martín se sulfura a patadas contra el vidrio del lado del acompañante, se ayuda con una laja que arranca de la vereda y lo hace estallar. Saltan miles de partículas de vidrio por todos lados, no hay tiempo, el sereno del Hotel se va avivar y avisarle a la policía, hay que actuar rápido, piensa Martín. Su novia lo mira azorada, ya está hecho, ahora no tiene tiempo para retarlo, lo tiene que ayudar, lo tiene que ayudar. Juntos tiran del aparato de música, está bien agarrado al tablero, hacen fuerza, palanca con los pies, en esa acción Martín descarga toda la impotencia acumulada esa noche, Mariana toda su tristeza. Después de unos segundos de tirar, logran arrancar de cuajo el aparato, los cables cuelgan atrás como tendones flácidos, desnudos, jirones ateridos a la intemperie.

 

– ¡Lo hicimos!, ¡lo hicimos!,- exclaman triunfantes los dos a la vez momentos antes de salir corriendo y tomar al azar unos discos compactos de la guantera.

 

Martín corre con todas sus fuerzas, lleva el aparato de música debajo de la remera.  Mariana lleva bien agarrados los discos compactos que pudo manotear a tientas. Los dos se ríen de felicidad mientras corren. Todavía queda tiempo, piensa Martín para sí, queda tiempo para llevar a Mariana a sentarse en aquél tablón de San Telmo y comer papas fritas, y charlar con los de la misma mesa y tomar unos vinos de esa etiqueta extraña…

 

– Qué contradicción, y pensar que mi trabajo consiste en cuidar coches en Bilinghurst y Corrientes…,- dice Martín y se ríe, se ríe a carcajadas de sí mismo.

 

Corren rápido, corren hacia la inmensidad de la noche, como si una estampida los siguiera y les rozara los talones para luego pasarlos por encima. Lo hacen con tal intensidad, que ellos también pueden ser observados a la distancia. Como nosotros, que los vemos  perderse como dos puntos oscuros que se van disolviendo en uno.

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