ETECHECOLATZ EN JERUSALEM

ETECHECOLATZ EN JERUSALEM

Por Julián Axat

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“la mente de un miserable, solo puede odiar y hacer el mal. Lo justos aman”

Bataille

 

Otra vez me están llevando al juicio a ver el rostro de esos jueces. Estoy harto de verle la cara a ese juez que me condenó ya tres veces. Sueño todas las noches con el juez, sueño que me tiro encima de él y me deshago del mismo modo que me deshice de todos los terroristas de este país. Le pedí a mi abogado que no me lleve a ese circo de nuevo que voy a fingir otra recaída, me voy a descomponer delante de todos en el medio de la lectura de la sentencia. Pero no. Me dice que tengo que ver de nuevo la cara del juez. Estoy cansado, quiero quedarme en Marcos Paz. Otra perpetua más; cuántas más van a seguir colocándome sobre la espalda. Mi cuerpo es una sentencia. No se dan cuenta que yo actué por el bien de este país. Todos están confundidos. Este gobierno se está vengando de los que salvamos a la patria hace 37 años. Las empresas que me pagaron por acabar con los rojos hoy no pasan por estos juicios que me tocan. No pasan los banqueros que me financiaron. La justicia era nuestra hace diez años. ¿Qué pasó? Debo rezar, debo rezar, mi rosario y mi biblia de bolsillo. Ahí me vienen a buscar. Ni mi abogado ni ninguno de los abogados de mis compañeros de ruta pudieron evitar hoy nuestra presencia en la sala del juicio. Defensores oficiales, abogados inútiles de pacotilla, ahora me llevan entre cuatro penitenciarios fornidos y un enfermero, a los que antes yo les daba ordenes, y ahora me tratan como a un trapo viejo. Yo que era amo y señor de la vida cuando salíamos a la caza de subversivos. Nos meten en la camioneta blindada. Les pido que me quiten las manos de encima no se dan cuenta que yo alguna vez manejé a todas las fuerzas y limpié este país de bacterias. Me sientan al lado de otro compañero de armas, está más desaforado que yo, lo deberían haber dopado antes como hacían conmigo, encima lo intentan retener entre tres, el resto están con cara de ir al cadalso. “¡Levanten los rostros compañeros! ¡Alta la moral!” les grito. Pero nada, me miran como zombies desmoralizados. Estos tipos que alguna vez fueran gigantes carniceros como yo, con capacidad para infiltrarse, delatar, meter máquina a niños, abuelos y embarazadas. No importaban los medios, solo los fines nos decían los milicos y curas que nos bendecían. Qué quedó de toda esta contrainsurgencia sino una pandilla de gerontes zombies lista para recibir perpetuas. Pero ya llegamos, nos bajan como vacas al matadero. Somos los 17 de “La Cacha” con la frente marchita. Demasiados esta vez. Nos meten en los buzones de la espera de sus señorías. Yo soy el que más condenas colecciono, algunos de los que están acá eran civiles haciendo inteligencia, y se pensaban que la iban a sacar gratis porque se ocultaron en la sociedad. No se daban cuenta que todos tenían su legajo guardado, a todos les hicimos legajo y los condecoramos para que se sepa cuando ganáramos… Ya nos llevan a la sala de este teatro judío repleto de marxista hasta los dientes. Por el pasillo, al final veo la luz y los cánticos de los familiares de los subversivos, nos esperan a los gritos. Ahí empieza de nuevo esa musiquita insoportable, ¡por favor! “… Olé, Olé, como a los Nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar…” ¡por favor! “Olé, Olé…” ¡Es como una mosca en mi tímpano! Me aferro al rosario y a mi biblia de bolsillo. Le pido al enfermero que me acompaña que me tapone los oídos. El gordo penitenciario a mi lado, antes carnicero ahora un geronte bobo, es un animal que bufa y hace ademanes a la gente. Yo lo ayudo, me odian, los odio. Muchedumbre de terroristas, debimos hacerlos desaparecer a todos. Los familiares de mis colegas están callados en el piso de arriba detrás de policías, ahí los veo de reojo, y los federales que los custodian. Se escuchan murmullos. Se produce un silencio, y ahí entra mi verdugo con los otros dos jueces timoratos, vienen con las perpetuas redactadas en la mano. Cierro los ojos y vuelvo atrás, a los 90´. A los tiempos en los que podía decir lo que quería. A los tiempos de mi indulto, del perdón y la obediencia debida. Tiempos en los que podía llevar mi arma reglamentaria y amenazar de muerte a los subversivos y la escoria subsiguiente, el albañil que ya no está y no va a seguir estando… Memoria completa para un país de terroristas. Este gobierno es la venganza de los que hicimos desaparecer. Es el retorno de mi odio. Pero ya mi verdugo lee, pide silencio en la sala y le una y otra vez los nombres completos de los que limpiamos. Los repite tantas veces que me los recuerdo de memoria, cada rostro, cada bala que metimos. Estoy asqueado, necesito vomitar, gritar, patear. Las perpetuas se suceden, y se suceden en cascada. La mía llega otra vez. Por cuarta vez. No me arrepiento de nada. No me arrepiento. Perpetua por cumplir mi deber. ¡Perpetua! ¡Exonerado por cumplir mi deber! Otra vez mi verdugo juez de la democracia habla de “Genocidio” y me mira a los ojos fijo. Y cada perpetua leída es un aplauso de subversivos. Las palmas zumban en mis oídos, y el maldito enfermero me sostiene con los brazos la espalda, quiero esculpirlos mientras aplauden. Mis compañeros van recibiendo las perpetuas y lloran como niños. Estos no son mis camaradas, ¡lloran tipos que sabían trabajar! ¡Qué pasa muchachos! ¡Ahora se hacen pis en los pantalones, no se la bancan! Estos eran blandos en realidad. Ya terminan de leer, y empiezan de nuevo A-S-E-S-I-N-O-S-A-S-E-S-I-N-O-S. “Olé, Olé, como a los Nazis les va a pasar…” Basta por favor. Basta. Piedad para este viejo. Piedad…pero veo a mi verdugo que ya termina de leer su veredicto, y a esos dos jueces que lo acompañan. Quiero morderlos, lastimarlos, matarlos ya. Trato de saltar de la silla, le pido a mis colegas que me ayuden, tenemos que asesinar de nuevo… Vuelvo a mi celda de Marcos Paz. Mañana leeré los diarios de nuevo hablando de la nosotros y de la justicia de este país hablando de Derechos Humanos. Cuánto falta, cuántas condenas para pagar todos los crímenes que cometimos y de los que nos nos terminamos de arrepentir. Es claro, en Marcos Paz somos una especie a punto de extinguir. Por lo demás, vuelvo a mi biblia de bolsillo y a mi rosario. Me pudro en esta celda. Nos pudrimos con la sentencia escrita en la espalda.

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