EL JUEZ POETA. POR CESAR AIRA

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(Yo era una niña de siete años. Por César Aira. CAP VII – Fragmento obsequiado generosamente por Ileana Arduino para este Blog)

 

Otro rango de genio de papá fue encontrarles una función a los poetas, clase escarnecida y despreciada que en todos los Estados civilizados ha sido vista invariablemente como el epítome de la inutilidad y la vagancia. En realidad no les encontró esta función a todos los poetas sino a uno solo, pero en esta clase particular de ciudadanos, uno equivalía a todos.

Lo nombró juez, con jurisdicción sobre todo el reino, juez errante, que podía actuar en todos los fueros y todas las instancias, para “hacer justicia allí donde no llegara la justicia”. La idea la tomó de la China, de donde tomó tanto. Los sabios Emperadores de la antigüedad habían percibido que el aparato judicial, igualitario e implacable como debía ser,  era ciego al capricho y la miniatura del mundo, lo que daba lugar a penosas injusticias que los mismos jueces no tenían poder para impedir. Ahí intervenían los jueces extrajudiciales, los jueces errantes: en todos los incidentes que sin ellos caían en el campo del “qué se le va a hacer”, “así son las cosas” o “la crueldad de la vida”. Se necesitaba un alma muy fina y detallista para tomar esta previsión, y los chinos la habían tenido, un alma que no se resignaba a la fatalidad y tenía el temple necesario para intervenir en su delicado verosímil. Ése había sido el modelo de papá.

Pero lo perfeccionó al darle el cargo a un poeta. Era el modo de aprovechar ese “resto” que siempre había sido inaprovechable en los poetas, la frivolidad de sacrificarlo todo al sonido de las palabras. Porque el fin de cuentas, la vida socia la especie humana está hecha de lenguaje, y toda la justicia que piden los hombres es una rectificación de las palabras. Es cierto que nadie en sus cabales soñaría con pedirle a la lógica absurda de un poeta una rectificación en regla; para eso estaba la política. Pero más allá de la política, “allí donde no llegaba la justicia”, el sinsentido de las palabras podía llegar a arreglar las cosas”

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