LINCHAMIENTO Y PRESENCIA ESTATAL. Por julián Axat

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El fenómeno del linchamiento tiene varias aristas que me parece deben analizarse en profundidad. La primera es si la repetición de una escena de linchamiento, lleva a fabricar copycats de linchadores. O dicho de otro modo en forma de pregunta: ¿Es posible que recrudezca esa forma de violencia, si los medios y redes bombardean los casos? Creo que a la hora de tomar estado público un linchamiento, se pone a prueba a la sociedad toda, se la testea para saber qué capacidad moral de aceptación o rechazo tiene, eso no implica el nacimiento espontáneo de linchadores por imitación. Ahora bien, eso no implica un efecto reproductor, a menos que como consecuencia de ese testeo o interpelación por la imagen del linchamiento, la sociedad termine banalizando-naturalizando simbólicamente la crueldad el caso difundido. Ya lo decía Susan Sontag, en un ensayo sobre la naturalización del horror por medio de la fotografía (Ante el dolor de los demás), la puesta en evidencia de la imagen, a la larga anestesia el ojo del espectador. ¿Qué sentimos internamente al ver la escena de un linchamiento cuando es captada por una cámara? ¿Nos indignamos? ¿Hacemos algo? ¿Nos paraliza? ¿Quién empatiza de tal manera que tiende a repetir el acto de linchar?De todos los arcos sociales y políticos se ha salido a repudiar el fenómeno linchamiento, aunque para muchos ha sido considerado un directo asesinato, para otros un ajusticiamiento, muchos han dicho justicia por mano propia, ausencia de estado, etc. Cada uno de estos matices no representa lo mismo, y muestra formas de reacción de las poblaciones diversas reflejadas en la voz de los dirigentes que también son testeados-interpelados ante el fenómeno. La indignación ante la sensación de inseguridad que lleva a un dirigente político a decir que está mal linchar, pero -a la vez- lo entiende comprensible como parte de la reacción de la gente cansada, produce un efecto social distinto a al de otro referente o dirigente político que lo repugna sin más, y lo trata como un homicidio, Entre el linchamiento considerado como lineal asesinato, y la idea de ausencia de estado, hay un abismo ideológico y político; pero principalmente un abismo humano y de indolencia (quizás en ese balanceo se pongan a prueba todos los valores adquiridos en democracia sobre el alcance de los derechos humanos). La puesta a prueba del problema “linchamientos” en estos días, la capacidad de tolerancia social y simbólica al fenómeno de esa magnitud de violencia, es lo que los medios concentrados están instrumentalizando; y con ello retroalimentan o inciden sobre el sentimiento de miedo y de inseguridad de cara a las encuestas de imagen de los candidatos que les interesan proyección para el 2015. Vuelvo a la pregunta: ¿Es posible que recrudezca una forma de violencia, si los medios y redes visualizan los casos con mayor intensidad? Descreo de una epidemia de linchamientos por mero anoticiar o fogonear en la voz de empresarios morales que hacen circo. Creo, de todos modos, que la gente asume posiciones violentas y crueles, por otros factores, no por hipodermia mediática (recuerdo el caso de Alex y en película La Naranja Mecánica, sometido a escenas de violencia cinematográfica, para curarse de su violencia). El lenguaje de los medios claro que incita a la violencia no por mostrar linchamientos, sino porque utiliza otros elementos: prejuicios, rumores y sutilezas lingüísticas al envolverla escena del linchar que se repite. La víctima propiciatoria, es un chivo emisario construido por estereotipos fijos: preferencia adolescente, morocho, vestido con ropas deportivas, usa determinada ropa, etc. El efecto es adormecer el ojo de los espectadores incautos por repetición visual de la escena, hasta perder el dolor de cada golpe que recibe un cuerpo que ya no se mueve en el suelo. Y si este problema conduce a la visibilidad repentina y espasmódica, también plantea el problema de la invisibilidad de los linchamientos, a su no espectacularización. Hace muchos años que como defensor penal juvenil me ha tocado casos de linchamientos lesivos de jóvenes al momento de su detención, ya sea con participación de civiles o con connivencia de policías (torturas y apremios como parte del linchar). Me atrevo a decir que de un 80% de detenciones de adolescentes pobres en la provincia de Buenos Aires, por motivos de flagrancia, en el momento de su aprehensión, reciben represalias de todo tipo (golpes, patadas, cachetazos, empujones, escupidas, etc.). Pues la policía o los particulares cuando se da el caso de que logran reducir a quien se supone cometió un delito, llevan a cabo despliegues de todo tipo, y es como si estuviera “aceptado” en el imaginario policial (aun cuando sea absolutamente ilegal) ejercer una inmediata reprimenda o “correctivo” (hay varios estudios de antropología criminal juvenil que hablan de la pena informal o accesoria anticipada a la pena formal que reciben los jóvenes infractores de las periferias urbanas, ante la policía). Muchísimas veces me ha tocado atender a jóvenes que se presentaban detenidos ante la justicia que provenían de una detención violenta, y a los que se les había aplicado un “correctivo” vía linchamiento de las víctimas (a quienes la policía incitó a que participen en el correctivo, o directamente lo hicieron por motus propio). También he denunciado una serie de ejecuciones sumarias de adolescentes como consecuencia de supuestos enfrentamientos con policías de civil (durante 2012 y 2013, denuncié ante la Corte Provincial siete homicidios de adolescentes por gatillo fácil). La sombra del linchamiento la he notado en esos casos, cuando en alguno de ellos, el cuerpo del adolescente estaba molido a golpes y la bala ingresara por la nuca (todo indicaría un remate tras la golpiza). Lo cierto es que estos casos, pese a tener formas de linchamiento, nunca toman estado público, pues a los medios dominantes no les ha interesado en lo más mínimo cada vez que se hicieron públicos. Desde ya que son casos sin conveniencia política, pues se pone a prueba a la estructura de la propia policía y la justicia. La violencia institucional no parece ser conveniencia de los grupos de poder, por eso no la vinculan al fenómeno de linchamiento, pues siendo que la vinculan solapadamente a la idea de “justicia por propia mano” habría un mínimo de “justicia en el accionar” separada de cualquier contacto con las fuerzas de seguridad. Es decir, solo se presentaría como una reacción popular espontánea, una indignación por agotamiento, un día de furia, como si del folklórico Fuenteovejuna de Lope de Vega se tratara. Sostengo que e trata de una reducción discursiva y de publicidad comunicacional, que invisibiliza la presencia del actor policial desgobernado, con incidencia poblacional en el territorio de lo que es seguro de lo que no. Este esquema solo puede ser funcional a las condiciones de crecimiento y ascensión de un príncipe político que hace eje de su campaña en la ley y el orden que viene a suplir un vacío que no es tal. No es tal porque estoy convencido que ningún linchamiento puede ser pensado sin la gestión de las fuerzas de seguridad, ya sea por presencia u omisión deliberada. Y esto no se trata de ausencia de Estado, se trata de su absoluta presencia y regulación de la violencia civil de los espacios de lo que denominamos lo “seguro” y lo“inseguro”. Si un adolescente es detenido por particulares en un flagrante delito y aquellos que lo detienen comienzan una golpiza, en algún momento siempre llega la policía. La cuestión es si esta interviene, para la cosa, deja hacer, o comienza a participar en la golpiza. O de otro modo, si cuando la policía llega averigua quienes participaron del asesinato y los conduce ante la justicia. Como sabemos, esto último nunca ocurre. Y la impunidad de los linchamientos son los que más generan el clima de repetición de los linchamientos. No son los medios, es la policía y la justicia los que no los detienen. Por eso el límite del fenómeno invisible y repetido, y de golpe visibilizado por los medios y redes, está asociado directamente con la democratización de las fuerzas de seguridad, mucho más que con el tratamiento de la noticia, que si bien posee poder naturalizante, solo es reproductor de un clima subyacente anterior gobernado por quien regula los territorios.

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