Para una criminología en motocicleta. Por Julián Axat, defensor juvenil

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– ¿Cómo es el tema de las motos?

– Yo nunca me dediqué al robo de motos, siempre me compraba motos clonadas. Vos tenés una moto en Capital y yo tengo la misma moto en La Plata con el mismo número de patente, con todo igual. Una es la original, la otra trucha.

– ¿Pero estas motos caen en operativos?

– No siempre, ahora vienen bien marcadas, solo con lupa se ve el cambio. Si te paran y se avivan te sacan la moto, pero después no las reclama nadie, los dueños originarios ya se cobraron el seguro y el seguro casi siempre las abandona en la cana… que te hacen negociar si la reporta o no como encubrimiento. A la cana que anda de civil también le gustan las motos…

– ¿Y a vos te sacaron la moto y estuviste que negociar alguna vez…?

– Si, obviamente, y pagué…

– ¿y la volviste a recuperar?

– Si, varias veces. La cana hace plata con el peaje, pero también con el corte…

vos no te tenés que zarpar. Si te compras una moto legal, después tenés que tener cuidado porque en el barrio te la ojean para robartela, y después la despedazan.

– ¿Desarmaderos de motos?

– Hoy una moto se desarma en pocos minutos. A los pibitos que te hacen las motos les llaman los “cortatruchos”, y el transa de motos se las paga bien, después está el que que hace corte en taller, lo único que te dejan es el cuadro…

– ¿Qué onda en el barrio con las motos truchas?

– En el barrio las truchas se respetan más que las nuevas. Con la trucha vas a una esquina, te paseas guachin con tu moto, la moto piola es rápida y furiosa, aunque el riesgo siempre es el taquero. Con la moto podés hacer de todo, llevar y traer cosas, menudear, trabajitos…

– ¿Y salir de caño con la moto?

– Es lo más rápido y cómodo, el problema en el centro de una ciudad es salir y que no te agarre la yuta… hoy hay pinzas, cerrojos y mucha cámara en las esquinas; una vez que cruzas la circunvalación es más facil, con la moto te escondes facil. En el barrio te las prestan, a cambio que después dejes algo…

De este fragmento de entrevista con un adolescente imputado de delitos, queda a la vista un fenómeno que pocas veces se visibiliza. Me refiero al impacto cada vez mayor de las motocicletas en la vida de determinados sectores juveniles. Las motos son obsesión de muchos jóvenes que pertenecen a grupos sociales y barrios vulnerables, donde -con esfuerzo- si acceden en forma legal, o desde que tienen a mano todo un mercado negro de motocicletas de varias gamas y variantes (prestadas, robadas, desarmadas, limadas, etc). Dede mi función he notado cómo la motocicleta es percibida por muchos adolescenets marginales como un bien de lujo y diferenciación social, en muchos casos como medio de transporte (es común ver viajar una familia entera en motos de baja cilindrada), pero también como bien de ostentación; y finalmente -que es lo que aquí nos interea- como instrumento del delito.

En la mayoría de los delitos rústicos que cometen los jóvenes a diario suele haber una motocicleta involucrada. Ya sea como medio de transporte del victimario o de la víctima, el tipo de incidencia de motocicletas en hechos de características violentas no es relevado como corresponde por la política criminal. Si bien en los últimos años, la cantidad de motocicletas creció a una tasa de entre el 20 y el 22 por ciento anual, contra un 4,8 por ciento al año para los demás vehículos. Para fines de 2013 hay patentadas ya 5.500.000 motos en todo el país (datos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial). Ahora bien, un alto porcentaje de aquella cifra en espectacular progesión, ingresó al circuito o mercado negro de motos y moto-partes, gestionado por el mundo delictivo del que no son ajenos muchos jóvenes.

Lo cierto es que no existe, a nivel porvincial ni nacional, una estadística seria sobre este fenómeno. Solo se exhiben datos sobre la cantidad de operativos de control y secuestro de motos ilegales (por provincia), o por motivos de ebriedad, por no llevar documentación y casco (por municipio). Es decir, se desconoce la incidencia real de motocicletas en los hechos delictivos actuales, algo que debería medirse y desagregarse en forma cuidadosa por una política criminal focalizada; pues la trama delictiva que subyace es componente complejo que alienta todo un mundo: intermediadiores de motopartes, reclutamiento de personas (muchas veces menores) para robar motos o cortarlas; proveedores de motos para usarlas en robos al voleo, ajustes de cuentas (con ejecuciones extrajudiciales incluidas en el robo de motos); y además de todo, los mecanismos de complicidad policial para reciclar el circuito donde todo el tiempo también se recicla determinado tipo de violencia.

Cuenta el criminólogo D. Garland que la aparición del automóvil como bien de consumo masivo a mediados del siglo XX en Estados Unidos, trajo aparejado un nuevo blanco altamente atractivo para el delito, disponible en todas las calles de la ciudad, entonces los robos de y en vehículos se convirtieron en la principal categoría de delitos contra la propiedad. No sería extraño que el exponencial crecimiento del mercado de consumo de motos en nuestro país, conlleve a un fenómeno complejo en relación al delito y a la incidencia que tiene sobre los jóvenes. Es importante que la criminología avance en el analisis de este tipo de fenómenos, e intente incidir en la creación de estrategias y controles específicos, para la disminución de las nuevas modalidades delictivas.

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