“Te quemo”. Una historia del fuego. Por Julián Axat

 

Hace poco intervine en la defensa de un adolescente que me contó cómo su pareja se prendió fuego un año atrás. El hecho que motivaba la entrevista era un robo, y la acostumbrada pregunta sobre antecedentes anteriores disparó el relato de cuando también quedara detenido. La historia era así (siempre según su relato): su ex pareja estaba muy mal desde que la conoció. Peleas con los padres, drogas, trifulcas con anteriores novios “ella buscaba un suicidio de a dos, prendiéndonos fuego nos purificábamos, decía”. Una tarde en la que discutían se puso violenta y le roció alcohol, pero como él logró zafarse, su pareja en señal de venganza tomó distancia y se echó el frasco por la cabeza. Prendió el encendedor ante su vista. Él trató de mojarla, tirarle mantas, pero no hubo forma. Murió a las pocas horas en el hospital. 

 

Mientras me contaba esta historia, ingresé al sistema y analicé las constancias. Efectivamente surgía la causa en la que el joven había sido detenido hace más de un año, pero liberado a los pocos días. La investigación fue breve. Existieron testigos que vieron la escena de lejos (por la ventana!) y dieron credibilidad a sus dichos. Hubo un Ferretero que contó a la policía cómo la mujer compró la botella de alcohol un día antes del episodio. Por otra parte existía un precedente similar en el que había intentado ejecutar el mismo acto en presencia de otro novio; y hasta una prima que se había suicidado de esa misma forma y a la que la chica idolatraba. Entonces la justicia creyó la versión del joven. Ahora, un año después, lo tenía ante mí por un robo en un kiosco y rememoraba el hecho rompiendo en un llanto: “No me puedo sacar la imagen de ella en el fuego ninguna noche, hay veces que siento ganas de hacer lo mismo, irme con ella…”.

 

La historia me llevó a investigar un poco más la cuestión. No por descreer la versión del joven, sino porque me inquietaba saber de casos que siguieran esa secuencia. Por lo visto, los suicidios a lo bonzo son menos, o encubren feminicidios. De Camboya a México y de Sudáfrica a Canadá, miles de mujeres viven con las marcas en su rostro de la violencia machista que usa como arma el fuego o el ácido. No hay estadísticas oficiales para evaluar fehacientemente cuántas son las víctimas de este instrumento de terror pero, según cálculos de la organización Acid Survivors Trust International (ASTI), se producen 1.500 de este tipo de agresiones al año, de las que, en su gran mayoría (el 80%) son víctimas las mujeres. El 90% de los atacantes son hombres; casi siempre conocidos o con alguna relación con la agredida.

 

Según un matutino en Argentina “… prenderse fuego entre parejas pareciera ser que ha sido la ultima moda a la hora de asesinar o dañar al supuesto ser amado. Entre el 2012 y 2013 se han registrado al menos diez casos de este tipo en su mayoría femicidios…” (La Gaceta, 2013) En Argentina, fue un símbolo el caso de Wanda Taddei, que murió en febrero de 2010, con graves lesiones luego de que su pareja (hoy condenado a 18 años de cárcel) la roció con alcohol y le prendió fuego. Desde entonces, más de 50 mujeres murieron quemadas en todo el país según el Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano”, coordinado por la asociación civil “La Casa del Encuentro”.

 

Pero la crónica periodística no se reduce al feminicidios. También da cuenta de mujeres que, por despecho o venganza, cierran la puerta de su casa y queman a su pareja adentro mientras ésta duerme. Presos que se queman entre sí, o prenden colchones en señal de protesta mientras sus carceleros no hacen nada para impedirlo (La masacre de Magdalena). Quemaduras de todos los grados rociándose con alcohol entre adultos y niños, o entre estos últimos “jugando”, situaciones que pone al descubierto la opacidad de estadística hospitalaria donde se presentan con la apariencia de accidentes domésticos, pero que los residentes saben bien se trata de violencia doméstica.

 

Hay sectores que tienen capacidad de invisibilizar o naturalizar los rastros de la violencia machista gracias al tándem policial-judicial que le es funcional, entre los sectores populares se hace más visible por la vulnerabilidad a la que están expuestos. La escena que más me impresiona es un fenómeno de extrema crueldad, del que pocas veces se habla: el linchamiento o ajusticiamiento popular en asentamientos que suele incluir el incendio de las casas (con o sin el agredido adentro) de supuestos violadores o asesinos en los barrios, cuando los vecinos descreen de la justicia, y la policía no se mete o libera la zona.  

 

Entre los sectores populares, en lugares donde no hay gas natural ni embasado, el fuego sigue siendo elemento central, metafórico y hasta literal del sistema de reproducción de la agresión. La frase “Te quemo” lo dice todo, y con ella se excede lo doméstico para pasar al ámbito netamente criminal. En el “Te quemo” está la ley del talión, también la apropiación de lo ajeno, y la inmolación; es decir, toda una cadena de violencia de espacios de disgregación, donde la idea de la purificación agresiva es mítica o, mejor dicho, arquetípica (Torquemada y la bruja en la hoguera).

 

Vuelvo a mi entrevista con el adolescente. Sus ojos clavados en la nada, como inyectados hablando de la perdida. En algún momento dudé, pero le pedí el nombre de la prima de su pareja; hurgué en el sistema. Todo se repetía: ferretería, familiares que observaban, amenazas anteriores y novio que contaba antecedentes similares de suicidio. Pensé en un falso copycat. Pensé en el tipo de justicia al que pertenecía. Miré a mi asistido, y continuamos con su robo. Declaró, y a los pocos días, recuperó la libertad.

 

 

 http://www.youtube.com/watch?v=fGg4uaSOygE

 

 

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