La Pharresía, el poder y la palabra de las nuevas generaciones

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A la hora y treinta de la película Néstor Kirchner, la versión filmada por Adrián Caetano, y que recién ahora circula, se lo puede ver a Néstor, miembro de la Asamblea Constituyente de 1994 pedir la palabra. Comienza su discurso denunciando un dictamen de comisión federal cocinado entre bambalinas entre el bloque radical y  peronista. Néstor habla desde el dolor que le causa (así lo dice) la falta de discusión dentro de su propio partido. De pronto la cámara apunta a Alfonsín, y Néstor le expresa desilusionado “yo a usted lo admiraba…”. Alfonsín lo mira azorado ante semejante desparpajo, pues cómo se atreve… La anécdota es elocuente de una forma. Néstor asume la palabra con coraje de verdad. Dice la verdad, aun cuando nadie se atreve a exponerla. Denuncia el conciliábulo del que ha sido echado; porque él ya está percibiendo (nueve años antes) que esa disputa, es el desplazamiento y la necesidad de decir la verdad, es el camino de un futuro que se está gestando con otra palabra y acción.

Denunciar al poder desde la franqueza es hablar a los ojos de los líderes ruborizados, asumir el costo de pronunciar con honestidad lo que el poder no quiere terminar de decir, pero de tanto simular, oculta con descaro y deja en evidencia. Quizás algún día la psicología pueda explicar si los proyectos políticos que cambian una era, nacen de la hendija mesiánica de lo no dicho; es decir, el lugar de la sospecha donde el proyecto anterior deja un vacío sobre el cual se monta el nuevo proyecto. Me refiero a cómo de pronto aparece un sujeto político que coloca la palabra negada y al decir la verdad con coraje, permite el recambio generacional. A la larga, es el pueblo quien termina legitimando a esa figura. Pero claro que no se trata de un héroe, sino de un proyecto embrionario que muestra al rey desnudo para cambiar de rey.

En sus últimas investigaciones,  Michel Foucault desarrolló el concepto de “Pharresía”, como manera del discurso en el cual el que habla públicamente, lo hace abierta y sinceramente acerca de sí mismo, sin recurrir a la retórica, la manipulación o la generalización. Según Foucault, en la Grecia antigua los “parrhesiastas” poseen la cualidad moral de revelar la verdad, colocándose en una posición de peligro por el hecho de decirla. El que practica la pharresía debe estar en una posición social más débil que aquel a quien se las revela, siendo éste último quien por lo general coincide con el que ejerce el poder, y busca escamotear la verdad para seguir perpetuándose.

Los pusilánimes, indolentes, mercenarios, especuladores, burócratas odian a los pharresiastas, porque la verdad los hace temblar en su cómoda posición de poder que aparta a los más débiles. El proyecto de poder reinante no quiere recambios, ni disputas. Menos con la verdad. La verdad deja desnudo al poder, solo, muestra la miseria sobre la que se basa todo poder. La valentía de quien desde el ejemplo y la coherencia sostiene sus convicciones, aun cuando éstas puedan ser erradas, es una voz desafío que descoloca, por eso intentará que sea ignorada, hostigada, estigmatizada, censurada, eliminada.

Los pharresiastas no se inmolan. Por el contrario tienen el coraje de la poesía para denunciar la verdad; y lo hacen con suma honestidad, dando el ejemplo con el propio cuerpo y acción. La grieta en el poder está dada. En ese recorrido suman adeptos, y hasta en algún momento pueden llegar a ser premiados por la historia, claro que no siempre. Los sofistas, en cambio, hacen retórica, especulan con la verdad, hacen de la palabra un juego en el vacío para la demagogia y confusión. Sócrates es el caso modélico del parrhesiastas que por llevar la verdad hasta las últimas consecuencias es juzgado y condenado por el poder. Jesús también lo fue. Galileo lo fue. El Che lo fue. El Subcomandante Marcos lo es. Todos nuestros desaparecidos durante la última dictadura lo fueron.

El coraje de decir la verdad y asumirla con franqueza frente al poder; implica asumir el riesgo de la muerte. La profunda meditación sobre los contextos sociales y el peligro de llevar la pharresía hasta las últimas consecuencias, es una decisión que le cabe al pharresiasta. Se puede detener en un punto o puede avanzar. El poder siempre estará expectante con sus esbirros, observando hasta qué límite es capaz de llegar el pharresiasta.

Hoy asistimos a un modelo de denuncia política basado en la tergiversación, la especulación y la mentira. Esa no es para nada la enseñanza de la pharresía de nuestros padres desaparecidos. Quien habla de conspiraciones y corruptelas, parece  hacerlo desde un lugar montado por otra corruptela y así…  Hay personajes de la política que vaticinan para los medios el Apocalipsis, o están los otros que denuncian cosas sobre el poder que a la larga no pueden sostener en ningún estrado. La figura es la del Sofista, no la del Pharresiasta.

La memoria de la pharresía es la marca a fuego que llevamos, como memoria pharresiasta de los 30.000 desaparecidos que se jugaron por un proyecto de mundo. Esa pharresía es todo lo contrario del “decir la verdad” de los representantes mediáticos de las corporaciones, el poder detrás del poder que seguirá oprimiendo a los más débiles pero elegirá el prime time para denunciar supuestas corrupciones.

La pregunta por la Pharresía esta lejos del espectáculo de bufones buscando a toda costa bajar la imagen electoral para el próximo sufragio, para fabricar un candidato demasiado parecido a sus intereses. 

Muchos jóvenes no temen y reconocen las farsas. Esos jóvenes que hoy se embarran de política o aun están por hacerlo, avanzan lentamente en sus convicciones, lo hacen con el sol en la frente de una bisagra generacional recogiendo una posta, aspectos de un sueño pasado que todavía está por verse.

El coraje de decir la verdad es un punto de inflexión en la política. Los riesgos son las burocracias y verticalismos militantes que temen a la pharresía y votan por los oscurantismos. Pero eso también forma parte del coraje de las nuevas generaciones en el decir la verdad: desafiar a las propias estructuras militantes que muchas veces se osifican, compartimentan y no dinamizan.

El coraje de la verdad no depende de carismas o representaciones delegadas desde arriba que median voces de abajo. En todo caso es la frescura de una actitud disruptiva sin especulaciones que presiona desde la bases, es la pregunta por la construcción de un sujeto político colectivo basado en la otredad sincera, que a la vez que da el ejemplo, es solidario, pero no le tiembla el pulso a la hora de pronunciarse contra aquellos que mantienen a raya a los más débiles.

Para convertirse en un sujeto que ejerce la pharresía hay que recorrer un camino, asumir un riesgo, posicionarse con valentía frente a cualquier forma en la que se estructure el poder (incluso dentro y fuera de uno mismo).

Quien se expresa contra el poder desde el ejemplo y la convicción, quien además lo hace con un sentido de justicia, verdad, y franqueza; se cuela por la hendija del proyecto político que está por venir.

Julián Axat

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