La inseguridad en el asentamiento

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(Entre Peajes, timing policial y justicia por mano propia)

La escena ocurre el día sábado 30 de marzo, y se desarrolla de la siguiente manera: un joven de 22 años y un amigo, deciden ir a comprar una cerveza a un kiosco ubicado a una cuadra de donde viven. El barrio es el llamado “Altos de San Lorenzo”, de los más humildes en las afueras de La Plata. Cuando salen, es ya de noche, una bandita en la esquina los para y les exige peaje.

“Pagar peaje” es una practica violenta arraigada en muchos barrios del conurbano. Los pibes históricos se la cobran a los recién llegados que pasan por su cuadra, y es una forma de generar señoríos y dominios sobre la fragmentación espacial. La apropiación de la cuadra es una practica cultural pocas veces tematizadas, y que en el fondo reproduce patrones narco-policiales (los dueños del territorio). Golbert Rocha, acababa de llegar de Bolivia para trabajar como albañil junto a su familia. Para Golbert Rocha, como recién llegado que era, pagar peaje era una puesta a prueba, la expectativa del dominio de “los otros” (que alguna vez también lo pagaron cuando desembarcaron en el barrio). Claro que si el peaje no se paga, entonces suele haber consecuencias. En el caso, la negativa al pago implicó amenazas, una pelea, y alguien que sacó un revolver y mató a Golbert en el acto.

Este tipo de homicidios dolosos coincide con los patrones e índices arrojados en el estudio publicado  por la Corte a fines de 2012, es decir, una modalidad cada vez más común de crímenes hacia dentro de las villas y asentamientos, que es producto de los procesos de pauperización simbólica y la violencia que la acompaña. Ahora bien, lo que por lo general no se analiza es cómo funciona o cómo se reproduce esta fragmentación en el tiempo de la re-victimización, y cómo cada uno de esos hechos vuelve a aparecer a partir del tipo de intervención policial, en cierta forma implicada. Me refiero a la gobernabilidad de la fragmentación y la violencia que desencadena los hechos.

En la historia que contamos aparece la policía, primero fuera de escena. Más tarde como el sujeto central que la gobierna en el hacer y no hacer. La policía del barrio suele tener una maqueta y prontuario de los dueños de la esquina que cobran peaje. Pues la policía, a su vez, les cobra peaje a los que cobran peaje; y ello puede venir con el paquete completo de menudeo y otros trabajos ilegales. Por eso el asesinato cometido por estas banditas, es desencadenante de una lógica policial que está siendo puesta a prueba, y corre riesgos de perder negocios. En esa lógica, nada mejor que la cautela, la espera, el tanteo o el olfato sobre las víctimas y su entorno. Esperar a su capacidad de visibilizar los hechos sin la ayuda policial, y en todo caso recién ahí intervenir o brindar su versión.

Ocurrido el asesinato de Golbert, pasan las horas y la policía no detiene a nadie. El malestar crece, los rumores sobre los posibles sospechosos pasan a tener nombre y apellido en una lista vecinal que enardece a la comunidad boliviana. Gente muy trabajadora y de la más cohesionada dentro del asentamiento, el crimen es un ramalazo, además de una afrenta interna a su origen y condición nacional. La reacción no se deja esperar y deviene pueblada hacia la comisaría. Los policías entonces salen a buscar nombres de un listado, y –a falta de verdaderas pruebas- los trae detenidos por supuestas contravenciones que nada tienen que ver con el más grave investigado. Luego los pasea por los calabozos para obtener información. El comisario se toma su tiempo, los lleva a reconocimiento médico, se comunica con la justicia, pero la explicación de la demora es para el fiscal irrazonable. El malestar de la comunidad boliviana ante la demora y la repentina liberación de los sospechosos, es percibido como tomada de pelo.

A partir de ahí nace la idea de hacer justicia por mano propia. La policía no lo desconoce. Solo maneja los hilos y tiempos. La justicia penal no actúa, porque espera que la delegación policial le traiga pruebas. La policía no lleva pruebas y es consciente de que aun no las tiene. La gente en su desesperación busca hacer algo que mitigue el dolor. Lo que sigue es una escena anunciada y repetida en el conurbano, y de la que tampoco existen estudios que den cuenta de ella: los vecinos retornan al barrio y una horda prende fuego cinco casillas en la que viven los supuestos sospechosos junto con sus familias y cantidad de niños.

Al otro día los hechos salen publicados en los diarios locales, sin mencionar los incendios (http://www.eldia.com.ar/edis/20130331/Asesinan-tiro-cabeza-joven-Altos-San-Lorenzo-policiales0.htm), y toda la información está basada en fuentes policiales que, además, anuncia un posible sospechoso que pronto estará detenido. Los comentaristas on line piden mano dura, escuadrones y pena de muerte para los asesinos.

En algún momento de la tarde este defensor intenta hacer algo con la situación de treinta niños que quedaron esperando al lado de sus casas incendiadas. Pero como es Pascua, el único interlocutor posible sigue siendo la policía. Más tarde llega el agua y las inundaciones. El asentaiento es un lago. Aquí no ha pasado nada.

VIDEOS DE LOS INCENDIOS POR MANO PROPIA PUBLICADOS AL DÍA SIGUIENTE:  http://www.eldia.com.ar/edis/20130331/Furia-tension-Altos-San-Lorenzo-incendian-cuatro-casas-20130331143001.htm

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