Saqueos y reclutamiento juvenil. Por Julián Axat

 

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Hace varios años que se habla de reclutamiento de menores para el delito, pero nunca se termina de apreciar profundamente el fenómeno. En el 2008 un juez se atrevió a denunciar que en la Provincia de Buenos Aires los menores eran instrumento de organizaciones criminales, incluyendo a la policía bonaerense que los usaba como mano de obra barata, y después se descartaba de ellos. Poco después, el Ministro de Seguridad de entonces que había criticado a aquel juez, recogió el guante, y antes de presentar la renuncia a su cargo denunció ante la justicia que aquella hipótesis era cierta, y que menores habían sido reclutados para una seguidilla de crímenes de mujeres, a la vez que esos mismo hechos eran parte de un pase de factura (a su gestión) por haber cercenado ciertos negocios espurios en el área de la Dirección de Automotores. La denuncia (IPP 41416-09) que hoy está en un cajón, decía: “se hizo un reclutamiento de menores y mayores de edad en asentamientos de emergencia… les encomendarían tareas delictivas, bajo patrones criminales comunes…”, y terminaba definiendo que estos hechos ocurrieron “con intención de desestabilizar al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires”.  

 

Aun cuando los dichos de aquel Ministro representen la etapa de su defección, estas temáticas retornar una y otra vez y deben ser tomadas con seriedad. El robo de automotores y los robos de casas marcadas, han sido las modalidades del reclutamiento juvenil. Apareció en el caso “Urbani”, donde por primera vez un reclutador fue condenado. En cambio en el caso “Barrenechea” se hizo todo lo posible por invisibilizar la trama oculta policial de marcación de casas, y condenar solo a los menores que ingresaron a ellas. Pero la imagen de grupos adolescentes irrumpiendo en supermercados a saquearlos con cierta capacidad de coordinación y repliegue, no huele a espontánea, y habla de otra de las formas o modalidades en las que aparece –en estos tiempos-. el reclutamiento juvenil. Las imágenes muestran a gran cantidad jóvenes en un mismo espacio, moviéndose sin tomar demasiada distancia entre sí, chocan con las fuerzas de seguridad en grupo, avanzan y retroceden. El mismo patrón, en varios lugares del país, con escasa diferencia de tiempo.

 

La Argentina no posee el problema de las Maras centroamericanas, la idea de “pandilla” autóctona es la de los “pibes en banda”, una suerte de composición aleatoria más funcional al reclutamiento, por menos pertenencia y autodefinición; es decir,  trayectorias con identidad más débiles, por lo tanto más propensas al aprovechamiento policial, al narcotráfico, a los barras bravas, o de esbirros políticos o parasindicales. Negar las tramas de reclutamiento, es negar la forma en la que se va perfilando en el contexto sociológico, un tipo de criminalidad que excede la idea de amateurismo delincuencial. En todo caso, la sociología habla de un “bardo flotante” compuesto por subculturas y trayectorias de adolescentes pertenecientes a zonas de vida diezmadas por un contexto de degradación histórica-heredado, en el que ciertas capas juveniles se mueven a toda velocidad reproduciendo un capital de violencia y energía tosco, que irrumpe como aislado delito amateur, pero otras veces, sin llegar a profesionalizarse, es organizado-gestionado por “otros” que lo pagan sin exponerse.

 

Por su complejidad, el fenómeno del reclutamiento es a corto plazo y hoy excede el lugar de políticas sociales universales o basada en planes focalizados. Hay que traspasar la negación epistemológica entrenada en ver la punta del iceberg de la delincuencia juvenil, donde la tercerización del delito es día a día y desaparece por tramas de discurso hegemónico que la niega; ya sea por demagogia punitiva, o por romanticismo bienpensante. Una política social que aborda estas problemáticas depende del diseño de nuevas herramientas de análisis cuantitativas y cualitativas. Democratizar las burocracias policiales que conviven en esos territorios también resulta imprescindible. Parafraseando a Borges, lo que importa es qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías. 

 

Julián Axat. Defensor Penal Juvenil

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